La tormentosa historia de Playgirl

La tormentosa historia de Playgirl, la revista que se atrevió a desnudar a los hombres para disfrute de las mujeres.

Fue el reverso de Playboy, una publicación para que ellas admirasen los cuerpos de ellos. Sin embargo, el camino no fue nada fácil.

Algunas portadas de la revistas con rostros famosos. Esto no significaba que necesariamente saliesen desnudos en páginas interiores. Arriba: John Travolta, Mick Jagger, Mark Wahlberg, Brad Pitt y Paul Newman. Abajo: Sylvester Stallone, Richard Gere, Tom Selleck, Nick Nolte y Matt Dillon.

Y entonces a alguien se le ocurrió una idea insólita: que las mujeres también podían querer contemplar a hombres desnudos. Ya estaban en el mercado, y con éxito, revistas para hombres como Playboy y Penthouse. El reverso se llamó Playgirl, que se lanzó en enero de 1973. En las décadas siguientes, esta revista normalizó el desnudo masculino, lo hizo popular, derribó unos cuantos tabúes y se enfrentó a sus propias contradicciones. Esta es su historia.

Hace 45 años la revolución sexual bullía en Estados Unidos gracias a un cóctel de píldora anticonceptiva, feminismo y crisis de todo lo establecido.

La pregunta era: ¿de verdad las mujeres quieren ver a hombres desnudos?

Desde su propio planteamiento, la idea de una revista como Playgirl resultaba conflictiva para muchos. Una cosa era que Playboy hubiese sacado el sexo –siempre desde una mirada masculina y heterosexual– del underground para ponerlo en los quioscos de todo el mundo, haciendo permisible y aceptable de pronto lo que hasta hace nada era considerado pornografía; otra, hacer lo mismo pero al revés, con modelos hombres destinados a un público femenino.

Desde el principio el concepto de “anverso de Playboy estuvo claro, tanto como el nombre de la revista, que no podía ser otro; de hecho, Playboy original demandó a Playgirl en 1973 por “infracción de marca registrada”, pero el caso se resolvió con un acuerdo extrajudicial. La duda principal aquí –una que en Playboy no habían llegado siquiera a plantearse porque la respuesta era obvia– era si en realidad existían mujeres que querían ver hombres desnudos al mismo tiempo que leían interesantes artículos de corte político y cultural.

Cuando a Douglas Lambert, impulsor de Playgirl, su esposa Jenny le propuso la idea, su reacción fue precavida. Pero si existió un tiempo y un lugar para que tal cosa fuera posible, eran los Estados Unidos de los 70. En 1972, la famosa editora estadounidense Helen Gurley Brown consiguió sacar en las páginas centrales de Cosmopolitan un desnudo integral de Burt Reynolds –aunque tapando pudorosamente su pene con la mano– sobre una piel de oso.

El escándalo y la repercusión fueron mayúsculos. Un año después, Playgirl salía al mercado con un número de prueba que mostraba un velludo torso masculino que ocultaba los genitales tras una caja de bombones en forma de corazón. En el interior, además de la carne que prometían, había artículos serios de la escritora Joyce Carol Oates o entrevistas con la abogada y activista Bella Abzug. Desde el principio temas como el aborto, el control de natalidad, el feminismo, la sexualidad y la política estuvieron presentes. En un par de meses, Playgirl agotaba sus tiradas de 600.000 ejemplares y, todavía más significativo, recibía toneladas de cartas de quejas porque en sus páginas interiores no se veían penes. Todavía.

Los penes no tardaron en hacer su aparición en las páginas centrales de la revista –al fin y al cabo, ahí estaba su razón de ser–, pero había un tema candente que los propietarios y el equipo editorial de la revista antes o después tenían que plantearse: ¿cuándo iban a mostrar una erección? Como contaban a Esquire varios modelos masculinos de aquella etapa, había trampas recurrentes, como mostrar erecciones no completas o incluir fotos en piscinas en las que podría decirse que aquello no era un pene erecto sino un pene flotando.

Los propios modelos que participaban en las sesiones de fotos oscilaban entre la vergüenza y el deseo de poder mostrar sus erecciones a pleno rendimiento. Las reuniones editoriales también versaron sobre temas conflictivos en Estados Unidos, como mostrar a modelos no blancos, algo que se normalizó con el paso de las décadas.

La discusión sobre penes sí, penes no, volvió a aparecer en una fecha tan tardía como 1986, cuando una nueva gestión de la revista –que pasó de California a la neoyorquina Blue Horizon– decidió suprimir los genitales esgrimiendo el motivo de: “No vamos a poner penes porque las mujeres no quieren mirar penes”.

El fracaso económico les obligó a revocar su decisión con rapidez, aunque la discusión se mantuvo de forma recurrente incluso en décadas muy recientes. “Lo peor de trabajar en Playgirl era que nos dijesen que las mujeres no somos visuales, que no miramos a los hombres de ese modo y que no somos tan sexuales como los hombres”, nos cuenta por Nicole Caldwell, editora de la cabecera entre 2006 y 2009. En esa época, la revista ofrecía “un pene en cada página”, frase que utilizaron como eslogan.

Sobre el papel, la idea de “una Playboy para mujeres” puede sonar muy potente y revolucionaria, pero a nadie escapa la realidad de que en la práctica, mostrar desnudos masculinos para las mujeres no es del todo lo mismo que a la inversa. “La revista Playgirl es muy contradictoria y ejemplifica muy bien cómo se ha construido la imagen pornográfica en Occidente”, explica Nacho Moreno, especialista en representaciones de género e investigador de la Universidad Complutense de Madrid.

“Por un lado subvierte el sistema de miradas establecidos ya que es la mujer la que mira y el hombre el objeto pasivo que es mirado. Pero como la idea que tenemos de la masculinidad tradicional hace que el hombre siempre tenga que estar al cargo de la situación sexual, los modelos corren el riesgo de ser vistos como más femeninos por ocupar esa posición”, señala Moreno.

Precisamente ese fue uno de los problemas conceptuales a los que se enfrentaron en los inicios: “Nuestro mayor problema era que los modelos solo conocían Playboy, así que los fotógrafos y ellos mismos solo posaban como habían visto que se hacía en Playboy”, explicaba a Esquire Ira Ritter, editor de la revista durante los primeros años. “Estaban fotografiando a hombres como si fuesen mujeres, tirados lánguidamente en sofás”, profundiza el editor de Taschen Dian Hanson. “Ahí hay un tío reposando en un sofá con la polla flácida. Es como, ¿a qué está esperando? Está esperando a que le pagues, es lo que entiendo”, añade.

Con el paso de los años las portadas y fotos interiores fueron evolucionando de las imágenes de parejas heterosexuales envueltas en situaciones que vagamente podrían resultar eróticas a las fotos de grupo de estilo universitario con hombres desnudos y muy musculados que miran a cámara en poses activas. Si la existencia de la propia revista supuso un avance del feminismo por considerar por fin a las mujeres como seres sexuales capaces de sentir deseo, o si caía en las propias contradicciones de la industria del sexo al tratar a los hombres como objetos es un debate que ha durado desde la llegada de la cabecera a los quioscos hasta hoy.

“Playgirl mezclaba contenido pornográfico y un mensaje feminista sin dificultades”, desarrolla Nicole Caldwell, “excepto porque era complicado convencer a la gente de que la revista estaba de verdad diseñada para mujeres. El sexo consensuado es empoderador para todo el que está implicado en él, así que envía de forma sencilla un mensaje feminista. Nunca representamos violencia en nuestras imágenes o a un hombre sometiendo a una mujer. Todo estaba dirigido a mujeres tomando el mando de su propia sexualidad”.

En cuando a la cosificación masculina, concluye Nacho Moreno: “El hombre no puede ser cosificado como una mujer porque el modo en el que se le representa eróticamente siempre depende de subrayar su autonomía y su control, mientras que las representaciones de las mujeres siempre se han basado en subrayar su sumisión y disponibilidad”.

En un ámbito menos abstracto, conviene recordar que aunque siempre ha habido mujeres en el equipo de Playgirl (en los últimos tiempos acompañadas de una horda de becarios sin sueldo)  los propietarios, los dueños del dinero que está detrás, siempre han sido hombres.

Un gran tabú sobrevolaba la realidad de las ventas de Playgirl: el hecho constatable de que gran parte de sus compradores no eran mujeres sino hombres gays. Esta evidencia era negada por los responsables de la revista en los primeros tiempos, que no querían ni oír hablar de dirigirse de forma explícita a este segmento de la población que todavía estaba lejos de ser visto como un jugoso consumidor. Estamos en los setenta: la homosexualidad acababa de salir de la lista de enfermedades mentales e implicarse con el público gay era visto en el mejor de los casos como un error de marketing.

Por supuesto, esta realidad no era ajena tampoco para los heterosexuales, pero formaba parte de uno de esos secretos a media voz que todos viven más cómodos ignorando. Cuando Lorenzo Lamas posó para Playgirl, contaba que uno de los principales motivos de enfado de su padre, el actor Fernando Lamas, es que dio por hecho que la revista estaba dirigida a los gays y que aparecer en ella podría dañar su carrera.

Lo cierto es que buena parte de los que consumían y estaban suscritos a la revista eran hombres gays, cada vez más. Frente a las publicaciones pornográficas dirigidas en concreto al sector, Playgirl era tolerable, permisible y tenía una fachada “respetable” que hacía que acercarse a comprarla –“es para mi novia”– no supusiese un motivo de vergüenza como sí lo era hacerse con alguna de las revistas de supuesto culturismo que publicaba la Athletic Model Guild o incluso en España la revista Party. “Cuando yo trabajaba allí”, nos cuenta Nicole Caldwell sobre su época, la primera década de los 2000, “teníamos exactamente la proporción inversa de lectores hombres-mujeres que Playboy. Playgirl era 60 % lectoras femeninas, 40 % lectores hombres”.

Como con tantos productos culturales populares, puede trazarse una evolución de la sociedad estadounidense a través de los cambios en las portadas e interiores de Playgirl. Y no solo de cambios estéticos, como desaparición (y posterior aparición) del vello masculino o la normalización de los músculos en todos los hombres, sino también de transformaciones más profundas.

De la revista con imágenes de parejas alegres y festivas y un fuerte contenido político y feminista –artículos sobre la guerra de Vietnam o “El casting del sofá: el auténtico escándalo sexual de Hollywood” aparecían en fechas tempranas– se pasó a los frívolos años 80, en los que el compromiso político desapareció en pro de temas menos conflictivos y, sobre todo, de una ola de regreso a valores conservadores.

A Playgirl le costó acostumbrarse a los nuevos tiempos y ocupar un puesto de relevancia cultural a través de los años 90, aunque nunca dejó de manifestar el poder de arrastre de su nombre editando, por ejemplo, varias versiones internacionales de la revista, incluida una efímera en español entre el 92 y el 93. La mujer liberada hija de la revolución sexual a la que se dirigía en el 73 ya no existía o estaba leyendo otras cosas.

Tal vez los últimos momentos de relevancia de la cabecera fueron en 1997, con la publicación de unas fotos de Brad Pitt desnudo durante unas vacaciones en 1995 con su entonces pareja Gwyneth Paltrow, que le valieron la demanda del actor y la retirada del número; y en 2002 conseguir sacar a varios exempleados de Enron en pleno escándalo y bancarrota de la compañía.

La llegada de Internet como un elefante en una cacharrería y la disponibilidad de “un pene en cada página” a solo un clic y gratis terminó por firmar su sentencia de muerte… temporal. La crisis de la misma industria editorial también terminó por manifestarse en Playgirl, que tras una prolongada crisis de lectores dejó de publicarse entre 2009 y 2010 para volver en papel de forma intermitente.

Pese a todo, en ese mismo año de 2010 lograron marcarse un último tanto al publicar con cierto revuelo un posado de Levi Johnston, el exyerno de Sarah Palin, en su web. Sobre esta última época de publicaciones periódicas, resume la editora Nicole Caldwell: “La mejor parte de trabajar en Playgirl fue la posibilidad de enviar un fuerte y singular mensaje feminista: está bien ser la dueña de tu sexualidad. Está bien excitarse. Está bien admitir que tienes necesidades y deseos”.

El último número de la revista hasta hoy (no descartan lanzarla de vez en cuando) data del invierno de 2016, con una portada interracial de jóvenes en bañador y un sumario con reportajes fotográficos de estudiantes universitarios y artículos como “los 10 mejores lugares para tener sexo en público”. Se diría que en la actualidad el sexo sigue vendiendo, pero ya no lo suficiente.

Fuente: Icon. Autora: Raquel Piñeiro.

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