Robert Mapplethorpe: retratos, desnudos y erotismo

Fallecido en 1989, el fotógrafo fue autor de una obra audaz y controvertida, que abarcó desde imágenes de celebridades hasta escenas de sadomasoquismo. De familia católica e íntimo amigo de Patti Smith, Mapplethorpe se involucró de cerca con lo que quería mostrar: la desconocida escena under de Nueva York.

Solo tres meses después de la muerte de Robert Mapplethorpe, en marzo de 1989, a los 43 años, su retrospectiva The Perfect Moment aterrizó en Washington D.C. La muestra exhibía 175 fotografías, entre las que se encontraban sus retratos de celebridades del ambiente neoyorquino, algunos bodegones de naturaleza muerta y sus imágenes más polémicas: el Portafolio X, una serie de fotografías que mostraban escenas de sadomasoquismo y homoerotismo. Las imágenes fueron condenadas por el senador republicano Jesse Helms, quien emprendió una campaña contra el apoyo al arte “obsceno” con fondos públicos. La Corcoran Gallery, sede de la muestra, decidió cancelar la exhibición, que contaba con financiamiento estatal. La polémica se reeditó cuando The Perfect Moment llegó al Centro de Arte Contemporáneo de Cincinnati, en marzo de 1990. Grupos conservadores exigieron para que se retirara la muestra y el museo tuvo que enfrentar un juicio por el contenido exhibido. Finalmente, fueron absueltos de los cargos de obscenidad que se les imputaba.

“¿Qué les dirías a esas personas que te acusan de tener una mente sucia?”, pregunta una reportera al fotógrafo, en una escena del documental Mapplethorpe: Look at the pictures (2016). “No sé qué significa eso exactamente. Creo que todos están involucrados de una manera u otra con la sexualidad, así que si crees que el sexo es sucio, todos tienen una mente sucia”, responde Mapplethorpe.

Más allá de las polémicas por su contenido, la obra de Robert Mapplethorpe significó un punto de inflexión en la fotografía contemporánea. “El trabajo de Mapplethorpe y sus significados no son estables ni estáticos, sino que están continuamente abiertos a la reinterpretación a medida que otros artistas ofrecen enfoques alternativos para la creación de imágenes”, explican a Culto Lauren Hinkson y Susan Thompson, curadoras de Implicit Tensions: Mapplethorpe Now, la muestra que el Museo Guggenheim de Nueva York exhibe hasta 2020.

A 30 años de su muerte, el museo revisa la obra del fotógrafo y también cómo su visión “se ha metabolizado en varios puntos a lo largo de las décadas por sus propios contemporáneos, y por una generación más joven de artistas que trabajan hoy”, añaden desde el Guggenheim, institución que en 1993 recibió la donación de 194 obras del fotógrafo, entregadas por la Fundación Robert Mapplethorpe.

Comienzos artísticos

Nacido en Long Island, Nueva York, en 1946, Mapplethorpe fue el el tercero de seis hermanos y creció bajo el rigor de una familia católica. Mientras su madre soñaba con la idea de que Robert se ordenara sacerdote, su padre prefería que incluso estudiara publicidad antes que artes. Finalmente, en 1963 entró al Instituto Pratt, en Brooklyn, donde estudió dibujo, pintura y escultura, artes que exploró mucho antes de involucrarse definitivamente con la fotografía.

En 1969 se fue a vivir con Patti Smith a una habitación en el Hotel Chelsea. Se habían conocido tres años antes, cuando la cantante llegó desde Chicago con la esperanza de empezar una nueva vida en Nueva York. Smith llevaba la dirección de unos amigos donde pensaba alojar, pero en lugar de ellos se encontró con Mapplethorpe. “Entré en la habitación. Había un muchacho dormido encima de una sencilla cama de hierro. Era pálido y delgado, con una oscura mata de pelo rizado. Tenía el torso desnudo y collares de cuentas alrededor del cuello. Me quedé quieta. Él abrió los ojos y sonrió”, recuerda la cantante y poeta en su libro Éramos unos niños (Lumen, 2010), donde relata su relación con Mapplethorpe. Fue el primer encuentro de la pareja, que mantuvo un estrecho vínculo hasta la muerte del fotógrafo, en 1989.

En un principio la producción de Robert eran sobre todo dibujos y collages, pero en el Hotel Chelsea conoció a Sandy Daley, una artista que vivía en la habitación contigua y que lo motivó a explorar en la fotografía con una cámara Polaroid que le prestó. “Fui su primera modelo. Se sentía cómodo conmigo y necesitaba tiempo para definir su técnica”, diría Smith en su libro con el que se adjudicó el National Book Award 2010.

Aquellas polaroids fueron sus primeros trabajos fotográficos. Entrados los años 70, Mapplethorpe ya encontraba su mirada artística y en 1973 montó su primera exposición individual, donde exhibió sus polaroids, que incluían autorretratos y retratos de su círculo cercano. En la medida que adquirió notoriedad, también retrató a las celebridades de la época: Andy Warhol, Debbie Harry, Grace Jones, Isabella Rossellini, David Hockney, entre otros.

Icono del retrato under

Al mismo tiempo que Mapplethorpe se concentraba en la fotografía como su arte definitivo, y por el cual hasta hoy es reconocido, también asumía su homosexualidad. No lo hizo solo en el aspecto personal y sincerándose en su relación con Patti Smith, sino que también como un tema que le interesaba documentar.

Así, a partir de fines de los 70, la fotografía de Mapplethorpe tomó un nuevo rumbo. Fue en esa época cuando comenzó su interés por retratar la escena underground del sadomasoquismo en Nueva York. Visitaba de manera recurrente el Mine Shaft, un club gay ubicado en Manhattan, y también en sus sesiones de estudio incorporó elementos del bondage y S&M. Los cuerpos desnudos, los primeros planos de genitales masculinos, las vestimentas de cuero, las cuerdas y los látigos fueron protagonistas en sus imágenes, las que a pesar de lo explícitas, ganaban sutileza a través del blanco y negro. Lo que Mapplethorpe buscaba a través de sus fotografías era borrar el límite entre lo que se consideraba pornográfico y el arte. “Estoy buscando lo inesperado. Estoy buscando cosas que nunca antes había visto… Estaba en condiciones de tomar esas fotos. Sentí la obligación de hacerlas”, dijo en 1988 en entrevista con ARTnews.

Probablemente fue en la etapa más elogiada de su carrera artística cuando a Mapplethorpe comenzaron a perseguirlo dos cosas. En 1986 fue diagnosticado de Sida, lo que lo llevó a acelerar su producción artística de los últimos años. A su vez, se preocupó de custodiar su legado artístico y trabajó en la creación de la Fundación Robert Mapplethorpe, la que, además de difundir su obra, financia investigación médica para la cura del VIH y Sida. Por otro lado, su gran retrospectiva The Perfect Moment, que giraría por Filadelfia, Chicago, Washington DC, Hartford, Berkeley, Cincinnati y Boston, entre 1989 y 1990, fue objeto de críticas y debate por el contenido explícito de las fotografías, polémica que llegó al Congreso. Sin duda, tanto antes como después de su muerte, la obra de Mapplethorpe conmocionó a Estados Unidos.

“¡Look at the pictures!”, decía en 1989 el senador y líder del movimiento conservador Jesse Helms, mientras mostraba las fotografías más explícitas de Mapplethorpe en el Congreso. El episodio de Helms fue de alguna forma la cara política de las críticas que cayeron sobre la obra de Mapplethorpe, a quien describía como un “conocido homosexual que murió de Sida y que promovió la homosexualidad”. La polémica causó la cancelación de la muestra en Washington.

La muestra que ahora presenta el Guggenheim explora, además, cómo el legado de Mapplethorpe se ha reflejado en fotógrafos como Rotimi Fani-Kayode (Nigeria), Lyle Ashton Harris (EEUU), Glenn Ligon (EEUU), Zanele Muholi (Sudáfrica), Catherine Opie (EEUU) y Paul Mpagi Sepuya (EEUU). “La muestra mapea cómo estos artistas han reclamado, rechazado, polemizado y trazado críticamente las implicaciones y la dinámica de poder de las imágenes de Mapplethorpe, proporcionando perspectivas nuevas y matizadas sobre la identidad y la diferencia”, explican desde el museo.

Provocativo y audaz, a 30 años de su muerte, la obra de Mapplethorpe está viva.

Fuente: culto.latercera.com Texto: Paula Valles.

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Desnud Arte: Gerhard Riebicke

Gerhard Riebicke (1878-1957) era un artista alemán conocido por sus fotografías de desnudos de personas dedicadas a actividades deportivas. Sus fotografías en blanco y negro resaltaban las muchas formas en que el cuerpo podía moverse a través de imágenes de hombres y mujeres bailando, luchando y corriendo. Sin embargo, sobre todo, el trabajo del artista idealizó la salud y la belleza en la Europa postindustrial al mostrar imágenes románticas de mujeres elegantes y hombres musculosos.

Las imágenes ofrecían un contraste con el estilo de vida irremediablemente alienado que la gente enfrentaba en todo el mundo industrializado. Los problemas eran los mismos en aquel entonces y también las ideas de cambio: el eco-movimiento, la liberación sexual y la salud otorgada por la naturaleza no son descubrimientos de la contracultura de los años sesenta, estas ideas están profundamente arraigadas en la historia cultural europea.

Nacido el 6 de febrero de 1878 en Lausitz, Alemania, Riebicke pasó la mayor parte de su infancia en Suiza, y más tarde estudió en la Universidad de Tübingen. Después de completar sus estudios, Riebicke trabajó temporalmente como fotógrafo de prensa en Berlín hasta que abandonó su carrera en el periodismo para dedicarse al arte.

Su amigo cercano, el maestro Adolf Koch, invitó más tarde a Riebecke a trabajar en la Escuela de Educación y Nudismo, donde tomó muchas de sus fotografías más conocidas. Durante todo el régimen nazi, Riebicke trabajó principalmente en fotografía deportiva y apareció en varias publicaciones contemporáneas, pero finalmente fue objeto de censura por parte del Tercer Reich. Riebicke murió en 1957 en Berlín, Alemania.

Fuentes: doorofperception y Naturismo Perú ANNLI.

Nota: Haciendo clic sobre cualquiera de las fotografías puedes visualizarlas en sus tamaños originales, en modo “pase de diapositivas”.

El David de Miguel Ángel, concepto y simbolismo de una de las más bellas esculturas del mundo

Cuando nos referimos a alguien como “un hombre del Renacimiento” queremos decir que es polifacético, que destaca en varias áreas o varias artes, porque así fueron los grandes artistas del S. XVI, una de las épocas doradas de la historia del arte, y así fue uno de los genios más importantes del mundo, el irrepetible Miguel Ángel.

De entre todas las grandiosidades que Miguel Ángel ha aportado al arte, una de las más destacadas es el “David“, uno de los mejores ejemplos, junto al “Moisés” y a “La Piedad“, de la maestría que tenía esculpiendo en mármol, en el uso de las proporciones y en el conocimiento de la anatomía.

El “David” es un auténtico símbolo, a nivel histórico y mundial, del esplendor artístico y humanístico que se vivió en aquella época.

Creada en un sólo bloque de mármol entre 1501 y 1504 estaba destinada a ser ubicada en el techo de la Catedral de Santa María del Fiore en Florencia, pero sus casi seis toneladas de peso hicieron imposible levantarla por lo que se trasladó al Palazzo della Signora hasta que se reubicó de manera definitiva a la Galleria dell´Academia en 1873.

Representa a la figura bíblica del David que acabó con el gigante Goliat con una honda, simbolizando el triunfo de la maña sobre la fuerza, la valentía y la perseverancia.

Su perfecta y detallada anatomía y su postura en “contraposición” son ejemplo de los cánones de belleza que se veneraban en la época; las venas de las manos reflejando la tensión antes de la lucha, los pies, los músculos y el gesto de la cara dan cuenta de los increíbles dones de Miguel Ángel y de su dominio en todas las disciplinas artísticas.

Su altura, de más de cuatro metros, aunque es debido a la ubicación que iba a tener en un principio, para que pudiera ser visto desde cualquier punto, ha terminado por aportar grandiosidad estética y conceptual a la estatua.

Existen varias réplicas de la obra repartidas por el mundo, en Nueva York o Marsella; una de las más notables es la copia en yeso en el “Victoria & Albert Museum” de Londres.

Fuente: culturainquieta.com

Nota: Haciendo clic sobre cualquiera de las fotografías puedes visualizarlas en sus tamaños originales, en modo “pase de diapositivas”.

El espectro de la censura en el siglo XXI – 2ª parte

Artista inserto resueltamente en la tradición del desnudo, el francés Gustave Courbet (1818-1877) pintó en 1866 El origen del mundo, que se exhibe en el Museo d’Orsay de París desde 1995. El lienzo, inscrito en la tendencia naturalista, perteneció a la colección del psicoanalista Jacques Lacan y forma parte de una serie de desnudos que en su época conmocionaron a la sociedad francesa. El pintor mexicano Felipe Santiago Gutiérrez (1824-1904), oriundo de Texcoco, durante su estancia en Europa mostró siempre una gran admiración por este legado pictórico que tuvo una marcada influencia en su obra.

El d’Orsay sostiene que esa obra escapa a la pornografía gracias al virtuosismo y refinamiento del autor. En 2001 el profesor francés Frédéric Durand le tomó una fotografía al cuadro y la insertó en su portal de Facebook. Sin embargo, la empresa optó por desactivarle su cuenta bajo el argumento de que la inclusión de desnudos era contraria a su política de contenidos.

Durand recurrió a la justicia de Francia; alegó que Facebook transgredía su libertad de expresión. En 2015 la compañía fundada por Mark Zuckerberg cambió sus políticas y desde entonces permite la inserción de desnudos, algo que le acarreó serios cuestionamientos a su esquema de neutralidad. Aun así, el tribunal de gran instancia de París (Ordonnace RG 12/12401) obligó a esa compañía a sujetarse a la justicia francesa, respaldado por la Corte de Apelaciones parisina (Arrêt no. 15/08624). Esta sentencia se pronunciará previsiblemente el próximo 15 de marzo. En el ínterin, la Comisión Nacional de Informática y de Libertades obligó a Facebook a ajustar sus políticas a la legislación francesa.

La experiencia del desnudo

Fundada en noviembre de 1781 con el nombre de las Tres Nobles Artes (pintura, escultura y arquitectura) de San Carlos, de la Ciudad de México, esta institución recibió tiempo después el título de Real Academia; un hecho importante porque eso le daba acceso a los fondos de la Real Hacienda.

En la academia predominaba una junta conservadora y prevalecía el movimiento nazareno impulsado por Friedrich Overbeck, que abrevaba del romanticismo alemán. Este artista delimitó tres caminos para el arte pictórico: El primero lo ubicó en la naturaleza, con Alberto Durero como su mejor representante; el segundo, en lo sublime, con Michelangelo Buonarroti (Miguel Ángel) como el gran exponente, y el tercero en lo bello, con Rafaello Sanzio como su síntesis (Elisa García Barragán).

Entre los fundadores de la corriente nazarena destacaron el propio Overbeck, Franz Pforr, Ludwig Vogel y Johann Hottinger. Formados en la Academia de Viena, ataviados con estrafalarias vestimentas y cabelleras largas, de ello les vino el mote de Los Nazarenos (i nazareni). En sus fundamentos, esta escuela preconizaba un retorno al cristianismo primitivo y bíblico; el realismo correspondía a los sentimientos y a la filosofía de su tiempo.

En el caso de México la tendencia pictórica nazarena o purismo nazareno era pregonada por Rafael de Rafael, español profundamente religioso afincado en el país y uno de los críticos de arte más renombrados de su época (Ida Rodríguez Prampolini).

Las mismas categorías estéticas fueron reivindicadas por el catalán Pelegrín Clavé, designado director de pintura de San Carlos, así como por los conservadores José Bernardo Couto, quien sería también director, José Joaquín Pesado y Manuel Carpio, quienes participaron en el órgano rector de la Academia (Angélica Velázquez Guadarrama). El pensamiento conservador impregnó la dirección artística de San Carlos. Maximiliano de Habsburgo le dio el título de imperial, pero el único vestigio artístico de su gobierno son las pinturas de Santiago Rebull.

En una reseña escrita por Rafael de Rafael sobre la tercera exposición de la Academia, publicada en El Espectador el 5 de junio de 1851, concluyó que el país, de origen reciente, carecía de historia. El crítico español no ocultaba su fascinación por la cultura europea. Desaciertos como éste eran recurrentes en los críticos conservadores de arte de la primera parte del siglo XIX mexicano, quienes exaltaban la pintura religiosa, que estimaban universal y, en consecuencia, totalmente legítima (Fausto Ramírez Rojas).

En la época, la Odalisca saliendo del baño, expuesta en San Carlos y atribuida al belga Henri Decaisne (1799-1852), fue cuestionada por Rafael de Rafael, quien lanzó invectivas contra los alumnos y, sin restarle del todo méritos al óleo de Decaisne, los previno para que no se dejaran seducir por obras como ésta: “Los laureles que se cogen en el campo del sensualismo y de la inmoralidad son laureles malditos y se marchitan, y secan antes de que pueda tejerse con ellos una corona”.

Esta catilinaria contrasta con el premio de composición otorgado por San Carlos al lienzo del texcocano Felipe Santiago Gutiérrez La caída de los ángeles rebeldes (1850) que, inspirado en El paraíso perdido, del poeta John Milton, es una de las primeras incursiones en el desnudo masculino en México (Alfonso Sánchez Arteche y Esperanza Garrido).

La reseña de Rafael fue criticada acremente por Ignacio M. Altamirano, quien era un asiduo espectador de exposiciones. Aficionado al arte, como él solía llamarse, le atribuyó a San Carlos el retraso en el desarrollo artístico en México. Sus aseveraciones merecieron una respuesta vigorosa del pintor Gutiérrez, quien reivindicó a los artistas de su tiempo.

Como efecto del ánimo conservador prevaleciente en la época, el desarrollo del desnudo pictórico en México estaba totalmente refrenado. Gutiérrez argüía que el desnudo de la mujer resultaba necesario para la ejecución de los cuadros históricos y mitológicos, pero en San Carlos esa corriente resultaba desconocida. Aquí, consignaba, “únicamente se estudia vestida en los cuadros bíblicos, y cuando más, con los brazos desnudos y pies hasta los tobillos”.

Aun en la vorágine conservadora, Gutiérrez contrató a la modelo Gallesiara y al modelo Sansone. Juan Cordero (1822-1884) hizo lo mismo con María Bonani, una práctica usual en el medio italiano.

El mito de Atala o los amores de dos salvajes en el desierto, narrativa decididamente romántica, le sirvió a Cordero para ejecutar La muerte de Atala basado en la novela de Chateaubriand y explorar el desnudo femenino. Pero quien lo escruta con intensidad es el pintor Gutiérrez, quien alcanzó la cúspide con las diferentes versiones de La amazona o La cazadora de los Andes.

​La tradición del desnudo en San Carlos la continuarían Julio Ruelas (1870-1907), Roberto Montenegro (1885-1968) y Germán Gedovius (1867-1937). Pero la decadencia del porfiriato, a finales del siglo XIX y el umbral del XX, arrambló al arte en México. Con todo, la sociedad finisecular vio emerger en la Ciudad de México un nuevo espacio, en el que las imágenes eróticas en portadas de revistas y postales se exhibían en estanquillos e incluso en cajetillas de cigarros. Las artes visuales encontraban en litografías y grabados, además de fotografías, los vehículos idóneos para la difusión del cuerpo femenino, epitomado siempre como femme fatal.

La Revolución Mexicana mostró la actitud del poder en lo que respecta a los asuntos del cuerpo en momentos de crisis y de violencia social; una de las constantes en este sentido fue la ausencia de expresión política de las mujeres frente a su cuerpo y su sexualidad.

Como bien lo expresara el esteta e historiador Justino Fernández, la Revolución Mexicana coincidió con importantes renovaciones en el arte: nuevas categorías estéticas permitieron reformular la libertad de expresión y se distanciaron del tradicional arte representativo y naturalista.

Sólo con libertad, sostenía Fernández, es posible el florecimiento del arte. Esta concepción, este movimiento, significó nuevas concepciones de belleza que a los artistas mexicanos les permitió expresar su historia, sus costumbres y sus potencias estéticas nacionales, lo que se constituyó en una de las contribuciones trascendentes mexicanas a la cultural universal.

El siglo XX estuvo cargado de altibajos en lo que atañe a la censura y autocensura por parte de los artistas mexicanos. En cuando al desnudo, en la primera parte del siglo XX destaca la obra de Diego Rivera (1886-1957). Existe consenso en el sentido de que los mejores desnudos de este artista se encuentran en sus frescos del Salón de Actos de la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo.

A contraluz de los óculos, Rivera pintó una serie de desnudos, algunos de los cuales, como el de la germinación, son excelsos. El muro apaisado que cierra el antiguo coro lo preside la madre tierra, representado por un desnudo femenino de una gran sensualidad. Las bóvedas tienen también desnudos masculinos con excelentes efectos. El desnudo en Rivera encuentra también su culminación en el lienzo de caballete Bailarina en reposo (Justino Fernández).

Roberto Montenegro careció de la ventura de Diego Rivera. En 1921 José Vasconcelos le encomendó un mural para el Antiguo Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, la antigua sede del Museo de la Luz, actualmente Museo de las Constituciones. Montenegro ejecutó en el ábside El árbol de la vida o de la ciencia, que causó gran zozobra en la sociedad por los desnudos de la obra. El mural fue modificado a solicitud de Vasconcelos. En 1944, la restauración obligó a Montenegro a desconocer su paternidad respecto de la obra (Ingrid Suckaer).

La represión

En la última parte del siglo XX la censura tuvo marcados rasgos sectarios. Con motivo de la Olimpiada Cultural, el Consejo Británico montó una exposición, Nuevas Tendencias, con artistas renombrados, como Bridget Riley, Richard Hamilton, Eduard Paolozzi, Allan Jones y David Hockney. Esta muestra ya había sido instalada en Sao Paulo, Río de Janeiro, Montevideo y Buenos Aires, sin mayores percances (Alan Travis, The Guardian, 16/06/2001).

Hockney (1937) fue uno de los pintores británicos más influyentes, especialmente en la línea del pop art. Su obra estaba representada por siete lienzos, varios de los cuales traslucían representaciones homosexuales, que había ejecutado para ilustrar 14 poemas del poeta griego Constantino Cavafis (1863-1933).

En 2001 el Ministerio de Relaciones Exteriores británico desclasificó los papeles confidenciales del embajador Charles Peter Hope a través del Public Record Office. Las revelaciones contienen datos importantes para la historia de la censura mexicana: La directora del Museo Nacional de Arte Moderno de la época, Carmen Barreda, con sólo ver los cuadros de Hockney aseveró que jamás había visto algo similar, a tal grado que se opuso terminantemente a su exhibición y calificó esa obra de inmunda y obscena. Más aún, supuso que a la muestra asistirían multitudes de beatniks con sus manifestaciones indeseables, como aquellas en las que afloraba el homosexualismo.

Hope, quien desde luego era conservador, se adhirió a los prejuicios de Barreda y en su correspondencia alertó a Londres. Sostuvo que la sociedad mexicana era mucho menos tolerante que la británica y declaró que la fobia de ésta contra el homosexualismo había sido una conducta reiterada, aun cuando en el pasado prehispánico de México las prácticas homosexuales eran permitidas.

En Londres la censura mexicana causó estupor. El Consejo Británico se opuso a ella y declaró que la muestra había sido adverada por el Comité Asesor de Bellas Artes, presidido por Philip Anstiss Hendy (1900-1980), uno de los curadores de arte más reputados, y por el historiador de arte y poeta Herbert Read (1893-1968), quienes avalaron resueltamente la inclusión de la obra de Hockney.

Hope concluyó que el secretario de Educación Pública mexicano, Agustín Yáñez (1904-1980), le había incluso asegurado que, siendo éste gobernador de Jalisco y por menos que eso, había sido dos veces excomulgado por el arzobispo de Guadalajara, José Garibi y Rivera. El único riesgo que observaba Hope era la posibilidad de que se incomodara a un número restringido de críticos de arte. Así que el propio Hope autorizó la censura y el presidente Gustavo Díaz Ordaz pudo inaugurar la muestra el 6 de junio de 1968 (Raúl Olmos).

En la memoria colectiva mexicana aún perdura el recuerdo de la polémica muestra El real templo real, de Rolando de la Rosa, quien en enero de 1988 expuso en el Museo de Arte Moderno el ícono de la Virgen de Guadalupe pero con el rostro de Marylin Monroe, ante lo cual miembros de la organización ultraconservadora Pro Vida irrumpieron en el recinto para exigir el retiro de la exposición. En medio del escándalo, el director del museo y crítico de arte Jorge Alberto Manrique se vio obligado a retirarla y, más que eso, a dimitir.

El crepúsculo del siglo XX se clausura en el mismo recinto con la exposición de la obra gráfica El gran circo del mundo (1999), de Nahúm B. Zenil, quien fue seriamente cuestionado por su componente temático homosexual. Este artista ya había sido censurado con motivo de su exposición Oh Santa Bandera en 1997, en el Festival Internacional de la Diversidad Sexual, que se conoce como la Semana Cultural Lésbica Gay, en el Museo Universitario del Chopo, bajo el argumento del empleo indebido de la bandera nacional.

El siglo XXI

En abril de 2009 el poder revisor de la Constitución modificó y sujetó a una tutela específica la libertad cultural, que obliga a los poderes públicos a adoptar una nueva actitud en la materia. El Constituyente de la Ciudad de México no hizo menos: su artículo 13, inciso D, proclama que “toda persona, grupo y comunidad gozan del derecho irrestricto del acceso a la cultura”. Más aún, sentencia que “el arte y la ciencia son libres y queda prohibida toda clase de censura”.

Esta protección constitucional quedó desarrollada con plenitud por la Ley de los Derechos Culturales de los Habitantes y Visitantes de la Ciudad de México, aprobada por todas las fuerzas políticas representadas en la Asamblea Legislativa (Gaceta Oficial del 22 de enero de 2018).

La reforma constitucional y su ley secundaria responden a los siguientes fundamentos: protección genérica de la creación humana, reconocimiento de la libertad de la cultura y de su desarrollo, e intervención positiva de los poderes públicos en la materia. La tutela constitucional evita referirse al reconocimiento social o valor artístico intrínseco de una obra, a la individualización del carácter artístico o a la consecución de un cierto nivel artístico.

En junio de 2015, bajo el resguardo de esa tutela, el Museo de Arte Moderno albergó en el Jardín Escultórico un biombo de papel de Fernando Osorno que evoca una escena homosexual (Maai Ortiz). Más aún, el Museo Nacional de Arte exhibió Discursos de la piel, del pintor mexiquense Felipe Santiago Gutiérrez, a finales de 2017.

Epílogo

El arte es un bien espiritual no definible; intentar definirlo equivaldría a sostener que el valor artístico de una obra estaría obligado a expresar un fin, conllevar un objetivo o poseer un carácter estético. El arte es un hecho social que en su plenitud representa un momento histórico determinado y, como tal, es susceptible de metamorfosis y alteraciones. El propósito es claro: evitar la discusión y privilegiar el debate e insertar este último en la vertiente de las razones demostrativas y no en la de las preferencias.

En nuestra época, los movimientos avant-garde, la audacia, la provocación y la voluntad de ruptura terminaron por banalizarse. Octavio Paz lo expresaría en esta forma: “El arte moderno comenzó a perder su poder de negación; la rebelión terminó en procedimiento, la crítica en retórica y la transgresión en ceremonia. La negación dejó de ser creativa. No es el fin del arte, es el fin del arte moderno”.

El debate, empero, es sobre la libertad, en donde el arte no es excepción. Pocas veces en la historia se ha manifestado una exigencia constante de libertad como en nuestro tiempo, lo que en términos llanos consiste en que el individuo debe darse su propia ley y acatarla, con la finalidad de hacerse cargo de su propio destino.

Fuente: proceso.com.mx Autor: Jorge Sánchez Cordero.