La “Sala Reservada” del Museo del Prado

La “Sala Reservada” del Museo del Prado que exhibía desnudos exclusivamente a reyes y gentes “de calidad social”

Recreación de la Sala Reservada para la exposición Splendor, Myth, and Vision: Nudes from the Prado en el Clark de Massachussets (2016).

Entre 1827 y 1838, en el Museo de Prado existió una “Sala Reservada” a la que exclusivamente podían acceder gentes de “calidad social”, empezando por los reyes y algunos nobles interesados no tanto en la pintura como en la anatomía femenina, todos hombres, como mandan los cánones. La sala exhibía 74 obras en las que aparecían desnudos femeninos, incluyendo obras de Tiziano, Tintoretto, Rubens, Durero, Albani y Van Dyck.

En realidad, la historia de la “Sala Reservada” se remonta varios siglos atrás, desde 1554, cuando Felipe II encarga a su pintor de cámara Tiziano el cuadro “Venus y Adonis“, amén de otros óleos de temática mitológica. El lúbrico monarca usaba aquellas obras maestras para su gozo personal y tenía una sala reservada en el Alcázar de Madrid, “donde su majestad se retira después de comer”, lo que viene a significar -fundido en negro-, donde se dedica a darle alegrías a su regio miembro.

Venus y Adonis, Tiziano (1554).

Felipe II era un consumado onanista, y estaba más interesado en hacer el amor que la guerra, al contrario que su padre, el emperador Carlos V. Su interés por la pintura renacentista era tangencial, y el hecho de que encargara cuadros mitológicos al maestro italiano no era casual: “La temática mitológica sirve de vía de escape al estilo severo de la pintura religiosa del momento. Felipe II escribe a Tiziano pidiéndole cuadros, a ser posible con tías en pelotas”, según explican los autores del blog Ad Absurdum en su divertido libro “Historia absurda de España” (2017).

Siervo de Onán o filántropo, lo cierto es que la afición del monarca sirvió para aportar un buen puñado de obras maestras al Museo del Prado, que el año pasado cumplió 200 años.

Felipe III desaprobaba el vicio de su padre y ocultó los desnudos de Tiziano, pero los caminos de los Austrias son inescrutables y Felipe IV, hijo de Felipe III y nieto de Felipe II, vuelve a colocarlos, junto a otros cuadros de desnudo, en el llamado “Cuarto Bajo de Verano del Alcázar”, donde retoma la afición de su abuelo por degustar a solas el arte renacentista después de comer, al parecer, hora idónea para estos menesteres.

Pasan los años y los siglos, y la “Sala Reservada” va mudando de lugar y de marginalidad en función de la moral del monarca de turno. Carlos III, que pasó a la posteridad como un “monarca ilustrado”, pero que, en realidad, era un ultramontano, como buena parte de la estirpe de los Borbones, mandó quemar los cuadros “que mostraban demasiada desnudez”.

Adán y Eva, de Durero (1507).

“Entre las pinturas destinadas a la hoguera se encontraban el “Adán y Eva” de Durero y la “Dánae” de Tiziano, junto a obras de Correggio, Rubens… Mengs, a quien se había encomendado aquella depuración, se llevó los cuadros a su casa “por liberarlos del incendio” y logró disuadir al rey de su intento, aduciendo que era mejor que los pintores aprendieran el desnudo en unas perfectas figuras pintadas antes que desnudando imperfectas mujeres. Los cuadros se salvaron, pero quedaron semiocultos, a buen recaudo”, explica Javier Portús en su libro “La sala reservada” (Museo del Prado, 1998).

Por suerte (para la Historia del Arte, se entiende), Carlos III pasa a criar malvas en 1788 (ojo, un año antes de la Revolución Francesa) y su hijo Carlos IV no hereda su pulsión pirómana. Muy al contrario, el monarca atiende la solicitud de la Real Academia de San Fernando para que deposite en la institución los cuadros de despelote de la colección real para, ejem, “utilizarlos para el aprendizaje del colorido”.

Susana y los viejos, Tintoretto (1617).

Carlos IV, aka “el Cazador”, cede 37 obras realizadas por quince pintores distintos, entre los que destacan Rubbens y Tiziano, el ilustre “proveedor de porno” de Felipe II.

Allí permanecen, de nuevo semiocultas “entre el humo de dos achas”, durante varias décadas, hasta que en 1827, el Real Museo -primer nombre del Museo del Prado- reclama las obras para el flamantes Palacio de Villanueva. El palacio tenía muchas paredes que rellenar y aquellas impúdicas pinturas servirían para llenar cuatro salas, las 64, 65, 66 y 67, según la nomenclatura actual. Siguiendo la tradición, las obras no eran visibles al público sino solo a los “visitantes VIP”:

“Era un lugar marginal desde el punto de vista de su uso y de su ubicación. De su uso, porque su acceso era restringido a personas provistas con un pase especial. En cuanto a la marginalidad de su situación, estribaba en que, al ser un conjunto de pinturas, se hallaba ubicado en un piso en el que solo se exponía la colección de escultura, la cual tenía unos días y horas de visita distintos a los de la pintura, que se ­exhibía en el piso principal”, explica Portús.

La “Sala Reservada” del Prado tuvo una vida efímera, apenas once años, entre 1827 y 1838. Los tiempos estaban cambiando, muy a pesar del monarca del momento, Fernando VII, que hubiera resultado un ultra incluso para el casquivano -aunque muy cristiano- Felipe II, que vivió tres siglos antes. El pintor ilustrado José de Madrazo accede a la dirección del museo en 1838 y rápidamente ordena desmantelar la “Sala Reservada”, que pasa a acoger los cuadros de la escuela flamenca.

En 2002, el Museo del Prado montó una exposición con los desnudos de “La Sala Reservada”, en la que se recreaban “las estancias, camerinos y gabinetes privados donde reyes y nobles miraban los cuadros que la moral impedía ver al gran público”.

Lot embriagado por sus hijas, de Furini (1616).

Fuente: blogs.publico.es/strambotic Texto: Iñaki Berazaluce.

Desnudos y baños mixtos en el Manzanares: la historia inédita del Siglo de Oro

La costumbre de los españoles de bañarse desnudos en los ríos, hombres y mujeres juntos, no concordaba con la idea de aquella España católica preservadora de la “buenas costumbres morales”.

Baños en el Manzanares en el paraje del Molino Quemado (Museo de Historia de Madrid).

La imagen de una Edad Media oscura, fanática, insalubre, dominada por los hombres y obsesionada con la represión sexual se repite en cada escena de cine y pasaje de literatura que elige este periodo para ambientarse. Con la misma poca precisión histórica, en el caso español se extienden estos tópicos a principios de la Edad Moderna, de modo que la tétrica estampa de la España de los Reyes Católicos y de la posterior sobriedad de los Austrias lo domina todo. Nada más lejos de la realidad…

En cuanto se acude a las fuentes del periodo, desde estampas cotidianas a escritos y cartas, resulta fácil refutar mitos como que marido y mujer no se veían jamás desnudos o que “ir en pelota” (del vocablo pellote, prenda que iba sobre la saya o el brial durante los siglos XIII y XIV) era prácticamente un pecado. Desde su cuenta en Twitter y en sus blogs Indumentaria y costumbres en España (desde la Edad Media hasta el siglo XVIII) e Historias para mentes curiosas, la experta Consuelo Sanz de Bremond Lloret se dedica a diario a desmitificar este tipo de tópicos fuertemente arraigados en la mente de la gente y a señalar episodios desconocidos de nuestra historia.

Buen ejemplo de ello es la costumbre de los españoles de bañarse aún en el Siglo de Oro desnudos en los ríos, lo que, a ojos de los viajeros, no concordaba con la idea de esa España católica, preservadora de la “buenas costumbres morales”. En su blog, esta experta en indumentaria de la Edad Media y el Siglo de Oro relata que hombres como mujeres acudían en el siglo XVI y XVII al río durante las fiestas veraniegas para disfrutar, sin tapujos, de sus aguas. Algunos usaban camisas para bañarse, pero otros no dudaban en hacerlo sin nada encima. También era habitual hacerlo cuando el sol ya se había puesto.

De este nudismo en el Manzanares, el genio de las letras Francisco de Quevedo se refiere en uno de sus romances:

“Descubre Manzanares secretos de los que en él se bañan
Manzanares, Manzanares,
arroyo aprendiz de río,
tú que gozas, tú que ves
en verano y en estío
las viejas en cueros muertos,
las mozas en cueros vivos”.

Otro tanto de lo mismo decía el novelista y dramaturgo Luis Vélez de Guevara en su obra “El diablo Cojuelo” (1641):

“Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles y, por faltar la luna, jurisdicción y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua, decían el Ite rio est”.

En este sentido, Consuelo Sanz de Bremond Lloret destaca en su entrada dedicada a esta curiosa costumbre madrileña la impresión que causaba la costumbre a los viajeros y visitantes venidos de fuera de la Península Ibérica. Es el caso del Cardenal Francesco Barberini, que anotó en su diario en 1626:

(…)en cada fiesta el Diablo quiere su propio altar, y así, si por una parte se desarrollan adecuadamente tal y como apenas [se ha descrito], por otra el desorden no es poco ya que, por el calor que trae la estación y por hacerse la vigilia en esta noche (23 de junio), gran parte de la ciudad y sobre todo las mujeres, va a aquel río Manzanares, al puente Segoviano, y allí gentes del populacho, tanto hombres como mujeres, se lavan entremezclados con poco recato para el servicio del alma. Aquellos otros de mejor condición pasan la velada yendo de arriba abajo, así como entrando con las carrozas en el río para gozar de las locuras de estos primeros. Acostumbran la mayoría de las mujeres a acudir aquí esta noche y al amanecer aparecen desgreñadas, adornando las carrozas y los caballos con vegetación y flores, que en definitiva parece una arcadia, el Siglo de Oro respecto de la libertad y de la poca vergüenza. Entre estas mujeres se ve también a gentiles damas que con el pretexto de creer que el fresco de aquella noche les hará bellas sus cabelleras y se las mantendrá, descienden de sus carrozas y con el acompañamiento adecuado despeinadas caminan paseando y pavoneándose”.

La extraña alianza

Siglos después de aquellas estampas, a principios del siglo XX, nació el movimiento Naturista en Europa. En 1898, se fundó en la Alemania occidental el primer “Freikörperkultur” (FKK), un club donde los amantes de la desnudez en lugares públicos podían compartir su particular afición. El movimiento, que heredaba muchas de las ideas de los higienistas decimonónicos, enemigos de la Industrialización, defendía la “libre cultura del cuerpo” y una convivencia plena con la naturaleza. De Croacia a Francia, la extraña moda se extendió por Europa.

En Alemania, una parte importante de este movimiento de exaltación del cuerpo y del campo devino en una corriente nacionalista que exaltaba la sangre germana; sin embargo, paradójicamente, encontró un abrupto final con el ascenso del Nacionalsocialismo, que, lejos de seguir promoviendo estas prácticas, prohibió de facto el nudismo. Al contrario que allí, como explica Carmen Cubero Izquierdo en su libro “La pérdida del pudor. El naturismo libertario español“, este movimiento llegó a España vinculado, en parte, a las corrientes anarquistas de principios del siglo XX. Se hiló así ideológicamente el Naturismo a la denuncia del sistema moral conservador y, en eso sí como en otros países, al rechazo por la vida urbana y el hacinamiento.

En los albores de este movimiento, los recovecos del río Manzanares se convirtieron en un lugar habitual de reunión tanto para grupos anarquistas como para hombres y mujeres “desnudistas” (como se las llamaba entonces) que hacían excursiones por esta zona, en ocasiones armados con rifles para protegerse de redadas y detenciones policiales. Tomaban baños de sol tal y como lo hacían sus antepasados para volver a unirse a la naturaleza y lograr su emancipación, según defendía este movimiento.

Fuente: ABC Historia. Texto: César Cervera.

Efímero Todo Naturismo

En la primavera de 1997 se ponía a la venta el número 1 de la revista Todo Naturismo, una publicación lujosa, tamaño din a4, con 52 páginas, la mayoría impresas a todo color y con un interesante y variado índice de contenidos y/o artículos, además de una información bastante completa (dentro de lo que había por entonces) de aquellos lugares playas, campings, pantanos, ríos, etc. de uso nudista.

En el otoño-invierno de 1999 salía a la venta el número 10 de esta publicación y con ello se ponía fin a la salida de nuevos números, terminando así esta efímera aventura editorial, y me atrevo a llamarla así pues poco duró en el mercado dicha revista dirigida principalmente al colectivo nudista.

Algunos de los contenidos de Todo Naturismo.

¿Por qué desapareció tan rápidamente del mercado Todo Naturismo? Pues en su momento ésta era una pregunta difícil de responder, algo que todavía sigue siendo así, agravado con el hecho de que el paso del tiempo hace más complicado conocer las causas del cese de su publicación. Hay muchas historias y rumores al respecto aunque no está nada claro porque se dejó de publicar.

Pienso que una de las causas pudo ser su elevado precio, 750 de las antiguas ptas. por ejemplar, teniendo en cuenta que Todo Naturistmo tenía un nicho de mercado muy específico y minoritario, y que publicaciones de esa década como Lecturas (250 ptas.) 10 Minutos (150 ptas.) o la mítica Fotogramas (450 ptas.) tenían unos precios bastante más bajos siendo de temáticas más generalistas, pues no es de extrañar que las ventas de Todo Naturismo fuesen mínimas.

No obstante, sería interesante conocer porque realmente esta publicación española, única en su género cuando salió al mercado, no pudo tener continuidad más allá de esos escasos 10 números.

Boat Tracker

No siempre el nudismo se ha practicado voluntariamente como una opción personal y agradable o placentera, en ocasiones ha sido obligado y necesario debido a las condiciones del trabajo a realizar, durísimas como en esta ocasión, las que obligaron a realizarlo en completa desnudez.

Durante 200 años, el boat tracker fue una profesión que realizaban los hombres del pequeño poblado chino de Xitan, a orillas del Wujiang, uno de los grandes tributarios del río Yangtsé.

Antiguamente, este caudal de agua era el vehículo perfecto para el comerciante naval: los barcos transportaban sal, vestimenta y azúcar, entre otros productos, a la provincia de Sichuan, y esta a su vez enviaba a Shangái madera y aceite a través de la red fluvial.

Para este intercambio comercial se utilizaban embarcaciones de madera muy sencillas que eran incapaces de proseguir la ruta cuando penetraban en las impresionantes Tres Gargantas del río Yangtsé. Sus bravías aguas hacían que los barcos perdieran el control y encallaran.

Para conducir las embarcaciones por esta barrera topográfica nació el oficio del boat tracker, hombres que, ayudados de cuerdas, cargaban todo el peso del barco sobre sus hombros desnudos. El terreno montañoso por el que debían andar era tan abrupto que se desnudaban completamente para evitar así que la ropa les molestara. Solo portaban unas sandalias para moverse por las rocas y no resbalar.

Tras casi dos siglos realizando el mismo recorrido, las cuerdas han dejado una marca visible en la propia roca. En la actualidad, los ciudadanos de Xitan celebran una vez al año la “Ceremonia del Adiós”, en la que realizan una demostración de aquel trabajo.

Fuente: muyinteresante.es