Nuestra mirada cultural sobre la desnudez

Griegos y romanos rindieron culto artístico a la desnudez como muestran sus respectivos legados escultóricos. En las pinturas y esculturas renacentistas también se prodiga, según muestran las obras de Miguel Ángel o Cranach el Viejo.

Contra lo que solemos creer, incluso en el arte románico cuanto se relaciona con la desnudez y lo erótico queda esculpido con una enorme naturalidad, sin censuras, al ser un fiel reflejo del entorno social, como sucede verbigracia en San Pedro de Villanueva.

Pero por contra la época victoriana hizo de todo ello algo vergonzoso, y lo más curioso es que tal actitud cuente con antecedentes incluso en esa época libertina descrita por Las amistades peligrosas, como testimonia Diderot en el Suplemento al viaje de Bougainville, al comparar la castidad europea de los monjes con las costumbres del pueblo tahitiano en materia sexual.

Cabría preguntarse cómo se relaciona nuestra época con estos temas y si se han heredado funestas inercias de otros tiempos, cual sería el caso de asociar sin más la desnudez con una disponibilidad sexual femenina.

¿Un castigo divino?

Sin ir más lejos, el catolicismo tiene una relación muy compleja con el cuerpo humano. Por un lado cree que resucitaremos tal cual. Aun cuando no se sabe si como niños, jóvenes o mayores, inmaduros, decrépitos o pletóricos. En todo caso, recobraremos la prisión somática que ha tenido encapsulada nuestro alma inmortal.

Pero hasta que llega el momento de la resurrección, esta religión propone, habitualmente, avergonzarse del propio cuerpo en su desnudez, nada menos que como un castigo divino por haber pretendido degustar los frutos prohibidos del árbol de la sabiduría. E incluso tiende a flagelar al cuerpo para evitar caer en una u otra tentación. Al menos eso es lo que ha ocurrido en alguna épocas y sigue sucediendo en ciertos lugares.

Bien al contrario, para muchos la desnudez no es una provocación sexual, sino lo más natural del mundo. Porque sólo la mirada puede resultar lasciva, mas no el cuerpo mismo. Al margen de que lo cubramos con una u otra indumentaria más o menos escasa. Eso es lo que propugna la magnífica letra del viral himno feminista chileno Un violador en mi camino. El problema lo tiene quién se siente provocado por sus propias fantasías.

El funesto morbo de las miradas lascivas

Que un desnudo del Siglo XVI, obra de Lucas Cranach el Viejo, sea censurado hoy en día para ser exhibido como anuncio de una exposición pictórica, delata toda una patología social. En 2008 se desechó una Venus del pintor germano por no considerarse conveniente que se pudiera ver en el Metro londinense.

Al parecer, nunca faltará quien pretenda cubrir con alguna indumentaria las figuras del Juicio final de Miguel Angel o poner a buen recaudo El jardín de las delicias del Bosco. Ni quienes hagan revestirse a las mujeres desde la cabeza hasta los pies para no verse tentados por los avatares de su propia imaginación.

El dogma de la virginidad exalta una divinizada pureza que alberga una visión enfermiza del parto. Ese morbo que recubre a la castidad acarrea graves consecuencias para las mujeres. Algunos contextos hacen cifrar a parientes o esposos la honra en el himen de “sus” mujeres, tal como muestra la película Mustang, donde los adultos consideran obscenos y procaces el jovial e inocente comportamiento de unas cándidas adolescentes.

Igualmente algún inquisidor consideró diabólicamente lascivas ciertas danzas o canciones populares, como muestra el film Akelarre presentado al Festival cinematográfico de San Sebastián.

Sin embargo, algunos no hacen ascos a la violación o el incesto, al verse “provocados” por sus delirantes fantasías. En El Salvador, mujeres que abortan espontáneamente, sin habérselo propuesto, son condenadas a penas de hasta tres o cinco décadas por haber “asesinado” a sus hijos.

Mientras que sus violadores quedan impunes de tales agresiones y de sus funestas consecuencias. A las mujeres encarceladas en cambio el estigma les persigue incluso dentro del presidio.

La patológica empatía con los violadores grupales

Que un magistrado aprecie “ambiente de jolgorio” y algún tipo de disfrute al visionar unos vídeos donde cinco varones violan a una joven amedrentada por la situación resume cuanto pueda decirse al respecto. Es obvio que se identifica con los miembros del grupo en cuestión y le cuesta ponerse al otro lado. Sin imaginar que le podría pasar otro tanto a una familiar como a él mismo, llegado el caso.

Afortunadamente una sentencia del Tribunal Supremo vino a poner las cosas en su sitio. Al imputar como colaboración las violaciones perpetradas a la víctima por los demás participantes. Con ello se penaliza como corresponde unos abusos que nunca pueden ser imputables a quien los padece.

De las relaciones prematrimoniales al porno duro

Estudios recientes apuntan a que ahora la juventud consume desde muy temprano pornografía de alto voltaje y se modela su educación sentimental con esas imágenes. Esto ciertamente no puede ayudar a tener unas relaciones eróticas gratificantes. Porque la tendencia será tener como referente la desmesura de una práctica sexual extrema.

En cambio, hace unas pocas décadas la gran cuestión versaba sobre las relaciones prematrimoniales. Y los noviazgos parecían adquirir mayor solera cuanto más tiempo se respetara la castidad. Eso por lo que tanto se preguntaba en los confesionarios. Como si no hubiera mayores pecados por los que pedir absolución.

La ventana indiscreta y el anillo de Giges

Recordemos al protagonista de La ventana indiscreta. Ese fotógrafo que no puede salir de su casa por tener la pierna escayolada y desde su ventana ve todo cuanto hacen sus vecinos, que incluso duermen al raso en sus balcones a causa del calor estival. Su curiosidad le hará descubrir un asesinato. Pero el caso es que seguramente nosotros, en un caso similar, tampoco dejaríamos de intentar distraernos escudriñando las actividades del vecindario exhibidas antes nuestros ojos.

La fábula del anillo de Giges aborda el voyerismo y aventura una hipótesis al respecto. Si fuéramos invisibles, ¿no tenderíamos a echar una ojeada donde no lo esperan? Es muy probable. Sobre todo si la desnudez es un tabú y se la maldice como algo pecaminoso. Porque de lo contrario seguiremos mirando, ciertamente, pero sin avidez ni compulsión algunas. Allí donde se practica el nudismo la desnudez pierde su morbosidad, aunque conserve un encanto homologable con el disfrute de cualquier otra belleza natural, como los árboles de un bosque o las piedras bañadas por un arroyo.

¿Qué hay de malo en la desnudez?

En ciudades como Berlín hay algún paradisiaco balneario nudista de carácter mixto en cuyas instalaciones varones y féminas comparten vestuarios, duchas, piscinas y saunas con total naturalidad. Sin tener para nada en cuenta el género, la edad o las condiciones físicas. Tan sólo una cultura nudista bien asentada permite que todo ello transcurra sin estridencias. Aunque lo mismo pueda suponer un escándalo en otras latitudes. O cuando menos algo no carente de múltiples prejuicios.

Es admirable comprobar cómo en ese contexto se difuminan los oropeles externos que denotan una u otra clase social y el modo en que se hacen añicos los cánones de una belleza estereotipada. Porque un presunto exceso de peso, ciertas deformaciones o los estragos del tiempo carecen de toda importancia cuando determinados prejuicios estéticos e imposiciones de la moda hacen mutis por el foro.

Desmitificar su mistificación

Atribuirle un imprescindible componente sexual a la desnudez contrasta con el hecho de que los rituales eróticos demanden más bien lo contrario. Pues nada enardece más la fantasías eróticas que imaginar cuanto se oculta bajo siete velos.

Retornemos al principio. Naturalizar la desnudez y despojarla del morbo que algunas épocas, religiones o costumbres le han conferido podría contribuir a des-objetualizar el cuerpo de la mujer. A dejar de considerarlo como un mero instrumento sexual que debe sepultarse desde la cabeza hasta los pies para no enardecer al varón. Como si ambas cosas estuvieran automáticamente relacionadas. No estaría nada mal aprender a disociarlas de una vez por todas.

Parece un desafío cultural pendiente de resolver, al menos en más de un lugar, aunque afortunadamente no lo sea en todas partes. Nuestra mirada cultural e histórico-social sobre la desnudez viene a desnudarnos el alma y revelarnos un recóndito entramado de nuestro imaginario colectivo que, cual arquetipo jungiano, nos permite vislumbrar algunos resortes de nuestro inconsciente comunitario.

Fuente: nuevatribuna.es Autor: Roberto R. Aramayo.

Desnudos en el cine: actrices y actores que se animaron a romper el tabú y la censura

Hedy Lamarr se pasea por un ambiente agreste e ingresa al agua. No lleva ropa. Flota, desinteresada, de espaldas, haciendo la plancha. La película habría pasado desapercibida sin esa decisión, sin esa escena. El director checo Gustav Machaty rompió un tabú, quebró una barrera y se animó a hacer lo que pocos: se animó a mostrar el cuerpo desnudo de su actriz.

Hedy Lamarr en Éxtasis, de Gustav Machaty.

Ella, Hedy Lamarr, atravesó con su osadía los tiempos. Era 1933 y Éxtasis, cuya copia restaurada se presentó en el reciente Festival de Venecia, se convirtió, para muchos, en la primera película que mostró un desnudo femenino integral. Pero esta supuesta cualidad pionera de aquella película se puede desmentir con facilidad porque en realidad hubo otros largometrajes que con anterioridad mostraron a sus actrices desnudas.

La censura en 1907 había dado cuenta de algunos filmes de la era muda como The Serpentine Dance, donde se veía a mujeres bailando sin ropa. En 1915 Annette Keellerman en Daughter of Gods también se desnudó. Su larga cabellera cubría sus senos y hubo otros ejemplos que llegaron antes que la famosa escena de Lamarr. Hasta en alguna parte de la saga de Tarzán de Johnny Weissmuller, aprovechando el ámbito salvaje, se vieron pechos femeninos con naturalidad. Además, durante aquellos tiempos, en historias ambientadas en la antigüedad se llegaron escenificar algunas orgías.

Hedy Lamarr en Éxtasis, de Gustav Machaty.

Si Éxtasis tiene una escena revolucionaria no es la del desnudo de su protagonista, sino aquella en la que tiene sexo con un hombre. Naturalmente no se ve nada de lo que sucede con los cuerpos pero el plano de la cara de la actriz gozando marcó un hito. Ese fue el aporte verdaderamente novedoso y revolucionario de la película. Después de todo,  es el primer orgasmo femenino del cine.

El férreo Código Hays y la censura

La historia del desnudo en el cine se convierte, de manera inevitable también, en la historia de la censura cinematográfica.

Durante décadas en Hollywood la censura estuvo regida por el férreo Código Hays. El nombre se lo debe a William Hays, que había presidente del Comité Nacional Republicano y Director del Correo. Hays no sólo confeccionó una serie de restricciones y directivas que debían cumplir las producciones cinematográficas, sino que también cuidó de su aplicación mucho tiempo.

Las fotos que circulan de él muestran una fisonomía de personaje de historieta: cara alargada, mirada grave y triste, un aire solemne. Sobre su figura corrieron todo tipo de rumores nunca comprobados. Uno de ellos sostenía que la esposa en el juicio de divorcio declaró que su (ex) marido creía que los órganos sexuales femeninos estaban ubicados en el ombligo.

El código creado por Hays no admitía excepciones en cuanto al desnudo ni a todo lo relativo a la sexualidad. Previsor, también castigaba las alusiones por más indirectas que fueran. Su aplicación estricta tuvo como consecuencia un cine que esquivaba esos temas, que se autocensuraba. Un mundo de besos pudorosos, amantes siempre vestidos, manos quietas.

Janet Leigh en Psicosis, de Alfred Hitchcock.

Las alusiones extremadamente veladas, los cortes y las situaciones resueltas en la sala de montaje dominaban la escena. Un plano de una cara que se corta al llegar al cuello, el siguiente sobre unas piernas, el tercero de ropa amontonado en el suelo. Eso era todo lo que se podía mostrar. Directores con gran habilidad como Alfred Hitchcock podían resolver con esos trucos (como en Marnie o la escena de la ducha de Psicosis) pero nada se veía. El público debía imaginar el resto, es decir casi todo.

Naturalmente el Código Hays seguía imponiendo restricciones que nadie se animaba a saltarse. A partir de los inicios de la década de los 60 empezó a ser desafiado por algunos pocos directores que intentaron estirar los límites. La autocensura se imponía. Recién en 1968, Hollywood derogó ese conjunto de reglas y las pantallas se liberaron.

A partir de esa fecha rige el código de calificación de la MPAA (Motion Picture Association of America). Eran otros tiempos. Una nueva generación de cineastas se imponía y el público deseaba y exigía que las historias les fueran contadas de otra manera. Empezaron años en que los desnudos, las escenas de sexo y las de violencia surgieron en las películas. Es decir, todo aquello que el Código Hays no permitía.

El director de cine Russ Meyer en Londres en 1999.

En 1959, un joven director fundó un género, el Nudie. Russ Meyer, con cualquier excusa argumental, lograba poner en escena decenas de mujeres desnudas. De Inmoral Mr. Teas hasta Más allá del valle de las muñecas. Meros pretextos para que el público pudiera ir a la salas para ver pechos: las mujeres de Meyer eran turgentes, como dibujadas con un compás, todos los contornos redondeados. Chicas voluptuosas y alegres correteando, sin ropa, en diferentes paisajes.

En los años de la proscripción de los desnudos y el sexo en el cine, otra manera en que algunos directores intentaron brindar cuerpos sin ropa fueron los largometrajes naturistas. Disfrazados de intentos de búsqueda antropológica, exhibían la cotidianidad de un campo o una playa nudista. Así se aseguraban vellos púbicos, pechos y penes en un contexto que los justificaba. Eran documentales que, sin escenas sexuales, pretendían despertar la imaginación y las fantasías del espectador.

Estas películas de géneros restringidos no tenían exhibición en las grandes salas, ni en las cadenas. Sus posibilidades quedaban reducidas a las Grindhouses, cines de menor calidad que generalmente pasaban películas en continuado con un catálogo nutrido de películas de explotación (Sexplotation) filmadas desprolijamente, con poco presupuesto y en las que las escenas sexuales y los desnudos se metían en la trama de manera frecuente y arbitraria.

Un gran cimbronazo se produjo en 1973 con el inesperado éxito de Garganta profunda. Un film pornográfico. Ya no se trata de algún desnudo, ni siquiera de erotismo. Eran escenas sexuales explícitas detrás de un argumento endeble como el de una mujer que descubre que padece de una anomalía anatómica: su clítoris se encuentra en un lugar tan insólito como la garganta. Esa película, hecha con unos pocos miles de dólares, recaudó en los cines varias decenas de millones. Se convirtió en la que mayores beneficios produjo en la historia en relación a su presupuesto original.

Caligula, del director Tinto Brass, estrenada en 1979.

Calígula, la película de Tinto Brass que marcó una época, tiene una historia detrás que explica algunas cuestiones más allá de la pequeña revolución que causó con su estreno a principios de los 80. El elenco estaba integrado por actores de prestigio como Peter O’Toole, Malcolm McDowell, John Gielgud y Helen Mirren. El productor Bob Guccione, dueño de la revista Penthouse, filmó de noche en los mismos decorados escenas explícitas de grandes orgías que cambiaron el signo (y la reputación) del largometraje.

Varones sin ropa

El desnudo masculino tiene una historia menos frondosa que el femenino. Así como se conocen los hitos en la progresión de las mujeres desnudas, no sucede lo mismo con los varones. Hasta hace muy pocos años Hollywood ha retaceado la desnudez masculina. Un ambiente pacato y machista lo permitía.

Así, cuando aparecían hombres sin ropas en las películas la mayoría de las veces se daba en situaciones humorísticas o paródicas. El recurso de la lámpara, la cabeza de otra persona o el sillón justo tapando los genitales masculinos. La diferencia en el tratamiento entre los sexos era evidente.

Otra característica a destacar: a las grandes actrices se les exigió durante años escenas que implicaran que mostraran el cuerpo pero eso en muy escasas ocasiones ocurría con las estrellas masculinas. En películas donde el sexo tiene una presencia contundente y central como, por ejemplo, en El último tango en París o en los thrillers eróticos de Adrian Lyne de los 80 hay mucha mujer al natural, mucho sexo y casi nada de piel masculina.

Richard Gere en American Gigolo, de 1980.

En 1980 Richard Gere hizo un desnudo frontal en American Gigoló, pero se debe tener en cuenta que todavía no tenía status de súper estrella. En los últimos años esta situación cambió. Actores muy relevantes como Ewan McGregor, Michael Fassbender, Daniel Craig, Vincent Cassell o hasta un personaje anda con su miembro azul al aire en cada aparición como en Watchmen se han expuesto en pantalla.

El cine europeo tuvo menos problemas y más osadía. Ahí están las películas de Ingmar Bergman, Pier Paolo Passolini o la escena de Novecento de Bernardo Bertolucci con la famosa doble masturbación a Robert De Niro y Gérard Depardieu. Ya Leni Riefenstahl en el prólogo de Olympia mostraba cuerpos de ambos sexos al natural, como expresión del ideal helénico. En Oriente siempre fueron más pudorosos. Y en Japón el cine porno llegó a pixelar durante años los órganos sexuales, aunque pudiera adivinarse detrás de esas manchas perfectamente lo que sucedía. Con la excusa de la coproducción con Francia, Nagisa Oshima logró sortear esa restricción en El imperio de los sentidos, historia trágica de amor que contenía escenas sexuales explícitas.

Mientras tanto, las erecciones siguen siendo un gran tabú y tienen muy escasa presencia en la pantalla.

La historia del desnudo en el cine recorrió un camino lleno de ripio en más de un siglo. Entre los críticos se los ha calificado como “cuidados”, “justificados”, “gratuitos”. Por su parte, las actrices y unos pocos actores han justificado su aparición con escasa ropa mientras que el público ha seguido con atención -y no sin morbo- cada una de estas escenas.

La llegada de internet, con el acceso más sencillo a material que antes era de alcance casi imposible, ha naturalizado situaciones. Cada cual en la red puede encontrar lo que busca.

Sin embargo, Hollywood con su vocación cada vez más acendrada de no molestar a nadie, de hablar cada vez de menos temas, de no bucear en los matices, involuciona y a sus historias las carga de moralina y un falso ascetismo. Un puritanismo que prefiere mostrar cada vez menos en una época en que cada vez se ve más.

Fuente: Infobae. Texto: Matías Bauso.

La fundación de la Sociedad Naturista (The Naturist Society Foundation)

Visión: Crear un mundo de ropa opcional donde tu cuerpo no define quién eres.
Misión: Promover una cultura de aceptación del cuerpo a través de la recreación, la educación y el alcance comunitario opcional.
Valores: Naturismo, comprensión, diversidad, educación.

En un momento u otro, muchos de nosotros probablemente nos hemos preguntado cómo es pasear por una playa bañada por el sol vestidos nada más que con una sonrisa. Parece tan acogedor, tan liberador… tan natural.

Tal vez pienses que es algo que otras personas hacen. ¿Pero sabes que? Aquellos de nosotros en The Naturist Society (TNSF) somos esas “otras personas”, y es probable que seamos muy parecidos a usted.

Nuestros miles de miembros de los EE. UU., Canadá y más allá provienen de todos los ámbitos de la vida. Solteros, familias y jubilados, maestros, obreros de la construcción, empleados y programadores de computadoras. trotamundos y caseros… no importa. Si comparte nuestro principio subyacente, la aceptación del cuerpo a través de la recreación del desnudo, usted ya es un naturista de corazón.

Tal vez por eso has elegido este sitio. Tienes curiosidad por la desnudez social, pero no sabes mucho al respecto. Tal vez hace unos años y quieres volver a intentarlo. O tal vez simplemente no te gusta usar ropa y te preguntas si hay personas afines en el mundo.

Ya sea que sueñe con las islas caribeñas, los elegantes spas europeos, las excursiones por el campo y las aguas termales, los resorts familiares o las playas pintorescas cercanas a su hogar, ha venido al lugar correcto. TNSF puede ponerlo en contacto con oportunidades naturistas en toda la ciudad y en todo el mundo.

¿Por qué? Por la diversión, por supuesto. Pero esa no es toda la historia. En TNSF tomamos en serio el tema de la aceptación del cuerpo. Vemos la forma humana desnuda por lo que es: un regalo de la naturaleza, digno y digno de respeto, independientemente de la forma, el tamaño, la edad o el tono.

Para ver por qué otros se han unido a la familia de la Fundación de la Sociedad Naturista, eche un vistazo a los siguientes testimonios en vídeo.

También puedes leer o bajarte el pdf: “La sociedad naturista: una breve historia, por Mark Storey” (texto en inglés).

Fuente: The Naturist Society Foundation (texto original en inglés).