Desnud Arte: Sofus Madsen

Sofus Madsen (1881-1977) nació en Kristiania, Noruega, hijo de Sofie y Theodor Madsen. La familia se mudó a Bergen cuando Sofus tenía tres años, a Kalmargaten. Allí creció, y allí tuvo quizás su primer encuentro con la escultura. En el barrio, el escultor Hans E. Johannessen tenía su estudio. Sofus lo visitaba a menudo, y tal vez este encuentro temprano con las artes fue primordial en su elección de carrera.

Después de la escuela primaria, Sofus Madsen comenzó en la Escuela Técnica Nocturna de Bergen, donde le enseñaron dibujo a mano alzada para moldes de yeso y retratos de modelos vivos. Uno de los dibujos que hizo después de un molde de yeso de una escultura antigua muestra que ya era un artista experto y que a una edad temprana se familiarizó con los ideales del arte clásico.

Madsen continuó su carrera educativa como aprendiz en la fábrica de rosetas de Ingebrigt Vik y en el taller de tallado en madera, como aprendiz de yesero. En este momento, alrededor de 1900, Vik, el artista detrás de la escultura de Grieg en el parque de la ciudad de Bergen, estaba ocupado y lucrativamente ocupado suministrando tejados, figuras de estuco y figuras de fachadas a una ciudad en crecimiento. En Vik, el joven Madsen aprendió sobre todo un oficio. No recordaba los tres años de Vik con gran placer: había muy poco arte y demasiado trabajo duro.

Madsen no era un artista radical y modernista. El arte clasicista fue su gran fuente de inspiración a lo largo de su vida.

Bergen, Copenhague, Berlín, París, y otra vez y para siempre Bergen, después de 12 años en el extranjero. Las grandes ciudades del continente dieron al joven Madsen diferentes impulsos artísticos: las palabras clave son clasicismo, expresionismo, simbolismo, naturalismo, conceptos que son al menos un buen punto de partida para caracterizar el arte de Madsen.

Las esculturas de Madsen hablan de un artista que dominó la anatomía humana en arcilla desde el principio. Pero su arte es algo más que reflejar el juego muscular debajo de la piel suave. No menos importante, se suponía que el juego de los músculos expresaba los movimientos de la mente. Y el arte de Madsen va más allá de eso: en su arte, él particularmente quería diseñar algo significativo sobre las etapas de la vida, desde la inocencia de la infancia hasta la edad adulta y el amor. Una serie de obras centrales trata sobre la voluntad de vida del hombre, y especialmente del hombre. Esto se expresa en títulos como Liberación, Voluntad y Poder de ruptura.

La representación de Madsen de personas en desnudos más o menos heróicos habla de un artista que buscaba lo común y lo intemporal, elevado por encima de la trivial vida cotidiana y en estrecho contacto con la naturaleza, incluida la naturaleza en el hombre.

Sofus Madsen mantuvo una distancia segura de todas las tendencias modernistas. Siguió un camino tan amplio y seguro en su arte. Si él nunca moldeó tanto la cabeza de Lenin en barro, revolucionario, Madsen no lo fue, ni políticamente ni en las artes. Madsen pertenecía a una generación de artistas para quienes todavía era natural crear esculturas de los dioses de la antigüedad, idealizadas y con todos los atributos, para darles una actualidad en lo contemporáneo. Y en las mejores cosas de Madsen encontramos las empuñaduras inspiradas y las poses significativas que llevan los temas que quería dar forma plástica.

Fuente: Sofus Madsen Sulpturmuseum (texto original en noruego).

Desnud Arte: Antonio Canova

Antonio Canova (Possagno, actual Italia, 1757 – Venecia, 1822) Escultor italiano. Junto con el danés Bertel Thorvaldsen, Antonio Canova es el máximo exponente de la escultura neoclásica europea, de forma análoga a como el francés Jacques-Louis David fue el gran maestro del neoclasicismo pictórico. A causa de sus modestos orígenes familiares, no pudo realizar estudios artísticos y comenzó practicando otros oficios. En 1768, a raíz de su traslado a Venecia, Antonio Canova empezó a dedicarse a la escultura, y rápidamente alcanzó una fama y un prestigio que mantuvo durante toda su vida.

Sus primeras obras venecianas, como Orfeo y Eurídice o Dédalo e Ícaro, están impregnadas todavía del espíritu barroco que reinaba en la ciudad de la laguna. Cuando era ya un artista consagrado, se estableció en Roma (1781), donde definió el estilo que lo caracteriza, inspirado en la Antigüedad clásica y poderosamente influido por los principios teóricos de Winckelman, Milizia y otros autores cuyas doctrinas se hallan en la base del nacimiento del estilo neoclásico.

Sus primeras obras del período romano, como Teseo y el Minotauro, manifiestan ya la maestría técnica y la perfección en el acabado que le eran habituales. De hecho, todas sus obras fueron fruto de una larga elaboración, de una ejecución realizada con un detallismo casi artesanal. No fue Antonio Canova un escultor nato y de cincel fácil, sino que se forjó a través del estudio y el trabajo; mediante la práctica diaria del dibujo, por ejemplo, perfeccionó su plasmación del desnudo y superó las deficiencias de sus primeros estudios anatómicos.

El nombre de Canova se asocia esencialmente a esculturas de mármol de acabado y pulido perfectos, que encarnan la belleza ideal y son frías y distantes, libres de la expresión de cualquier sentimiento o turbación. Este escultor, que encarna de maravilla el gusto de su tiempo, plasmó la belleza natural en reposo, libre de cualquier movimiento espontáneo y con una monocromía y simplicidad que contrastan vivamente con la etapa precedente.

En su estudio romano desplegó una enorme actividad para poder atender todos los encargos que recibía de las más destacadas personalidades del momento, desde Napoleón hasta Catalina la Grande de Rusia. Era ya por entonces el principal escultor del estilo neoclásico, condición con la que se ha perpetuado su figura en la historia del arte.

En esta línea se inscriben sus dos creaciones más conocidas: el retrato de la hermana de Napoleón, Paulina Borghese, y Las tres Gracias. Paulina Borghese está esculpida como una Venus, sobre un diván, con la elegancia y la ligereza características de Canova. Las tres Gracias encarnan el desnudo femenino en toda su perfección, y en ellas el artista parece querer reflejar algo de su mundo interior.

Canova tiene, además, el mérito de haber renovado profundamente el género del sepulcro monumental, gracias a los que esculpió para los papas Clemente XIII y Clemente XIV. Entre las muchas efigies oficiales que realizó es particularmente célebre el Napoléon desnudo, cabal ilustración de los ideales neoclásicos. Su fama como artista le abrió numerosas puertas y lo convirtió en un hombre enormemente influyente, a quien el Papado encomendó algunas misiones delicadas, como la recuperación de las obras de arte expoliadas por Napoleón.

Fuente: Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea.

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Los 20 mejores desnudos masculinos de la historia del arte

A lo largo de la historia, y con diversos enfoques (de la exaltación a la cosificación), han sido muchos los artistas que se han inspirado en la belleza del cuerpo del hombre. Hemos pedido a cuatro especialistas los mejores ejemplos de desnudos artísticos masculinos: el historiador y novelista Bruno Ruiz-Nicoli, especializado en la antigüedad clásica; los artistas Carmen González Castro y David Trullo, que desde una mirada contemporánea suelen emplear el motivo del desnudo en su obra; y el periodista cultural Ianko López. Este es el resultado:

1/ “Marte” (hacia 1638), de Diego de Velázquez. Museo del Prado (Madrid).

En un contexto tan puritano (de puertas para afuera) como la España del Barroco, la mitología ofrecía una interesante coartada para representar cuerpos desnudos. Así que Velázquez (Sevilla, 1599-Madrid, 1660), el pintor real, representó al dios romano de la guerra para Felipe IV y la obra se integró, junto a otras de Rubens con motivos similares, en la decoración de uno de sus pabellones de caza.

Parece ser que Velázquez utilizó como modelo a un veterano de guerra, y el realismo con el que lo retrató es lo que más llama la atención del cuadro. No se trata solo de la increíble autenticidad de la carne, sino de algo que va mucho más allá de lo que podría tocarse u olerse: la melancolía del personaje rompe con la clásica rigidez y la idealización con que se representaba a los dioses clásicos, y siglos después nos hace pensar irremediablemente en el ocaso de un imperio basado en el poder –ya herido de muerte– de las armas.

2/ “Hombre en el baño” (1884), de Gustave Caillebotte. Museo de Bellas Artes de Boston.

El especialista en historia del arte Bruno Ruiz-Nicoli destaca la excepcionalidad de esta obra de Gustave Caillebotte (Francia, 1848-1894), realizada en un momento en el que por lo general se representaba a mujeres en este tipo de actitudes: “Si la intimidad femenina ha sido representada en el arte como espacio erotizado desde el siglo XVIII, el aseo masculino se ha mantenido en un terreno marginal”.

Caillebotte burla el tabú con un gesto enérgico. La figura ha salido de la bañera dejando un rastro de humedad y seca con fuerza su espalda”, analiza Ruiz-Nicoli. El vigor realista y la sensualidad del momento nos interpelan.

3/ “Edipo y la Esfinge” (1802), de Jean-Auguste-Dominique Ingres. Museo del Louvre (París).

Edipo se enfrenta desnudo a la Esfinge porque es un héroe y un hombre. Los esqueletos que le rodean muestran las consecuencias que provocaría un error al responder al acertijo. ¿Qué ser camina sobre cuatro patas, sobre dos y sobre tres? Edipo responde inclinando su torso hacia el monstruo en una afirmación de su propia identidad. Lo tienes ante ti, parece decir”, explica Bruno Ruiz-Nicoli.

Jean-Auguste-Dominique Ingres (Francia, 1780-1867) es uno de los pintores más excéntricos de la historia del arte. Clásico y anticlásico a la vez, modernísimo y arcaico, ha desconcertado a muchos historiadores. Sea como fuere, aquí nos fascina por la cualidad alabastrina de la piel del protagonista, que parece invitarnos a tocarla.

4/ “The most beautiful part of a man’s body” (La parte más hermosa del cuerpo de un hombre) (1986), de Duane Michals.

Ah, esa parte del cuerpo masculino. “La parte más hermosa del cuerpo de un hombre creo que está allí donde el torso se asienta”, ha dicho el autor de esta obra, el fotógrafo Duane Michals (Pensilvania, Estados Unidos, 1932). Y no es el único en pensarlo.

El especialista en historia del arte Bruno Ruiz-Nicoli nos recuerda que Duane Michals hace explícita su opinión a través del texto y manifiesta así lo que, a lo largo de la historia, permanecía codificado en la propia obra: “Las líneas gemelas, de una gracia femenina, envuelven el tronco, guiando los ojos hacia abajo, hacia su intersección, el punto de placer”.

5/ “San Juan Bautista” (Doria-Pamphilj) (1602), de Caravaggio. Galleria Doria-Pamphilij. Roma.

Caravaggio (Italia, 1571-1610) revolucionó la pintura religiosa tomando como modelos a personas que encontraba en las calles, con lo que logró un extra de realismo que supuso un avance respecto a los modos manieristas inmediatamente anteriores. Y eso se transmite a los desnudos, incluidos los de personajes de los Evangelios.

La carga homoerótica que transmite el joven que representa a San Juan Bautista radica en su realismo. El abrazo al carnero y el apoyo sobre la piel de cabra enfatizan la sensualidad de la composición en espiral”, analiza Bruno Ruiz-Nicoli.

6/ “Hércules Farnesio” (siglo IV a.C.), de Lisipo. Museo Arqueológico de Nápoles.

En la antigua Grecia, el gimnasio (o “palestra”) formaba parte del día a día de todo hombre con categoría de ciudadano. Y el semidiós Hércules o Heracles, hijo de Zeus, era epítome del superhombre, lleno de arrojo y vigor. “La desnudez era propia de los dioses, los héroes y los atletas”, explica sobre esta obra de Lisipo (hacia 370 antes de Cristo-hacia 318 antes de Cristo) el especialista en historia del arte Bruno Ruiz-Nicoli.

Para Ruiz-Nicoli, todo radica en la originalidad del momento elegido por el artista: “Lisipo, a quien se atribuye el original de esta obra, reflejó el cansancio de Hércules tras finalizar sus doce trabajos. El reposo de su masiva musculatura oculta la clave de la obra: las manzanas de las Hespérides de su mano derecha”.

7/ “Cristo muerto sostenido por un ángel” (1475-1476), de Antonello da Messina. Museo del Prado.

Cristo siempre ha sido representado ligero de ropa durante su Pasión, y el “quattrocento” italiano no supuso una excepción a esto, como demuestra esta obra de Antonello da Messina (Italia, 1430-1479). Sobre todo cuando se trata de mostrar en toda su crudeza las terribles heridas abiertas en la carne del mesías cristiano.

El cuerpo del Cristo muerto sostenido por un ángel es de una belleza difícil de describir. El hijo de Dios todopoderoso, al que seguían miles sobre la tierra, ahora ha perdido su alma y solo queda su carcasa, su cuerpo, lánguido, inflamado, su cuello nacarado y el pecho marmóreo. Sin atributos, bastaría tapar su herida en el costado y omitir la presencia de la calavera que asoma tras él para encontrar una imagen ambivalente en una escena de sensualidad inusitada”, explica la artista Carmen González Castro.

8/ “David” (1501-1504), de Miguel Ángel. Galleria dell’Accademia, Florencia.

Miguel Ángel (Italia, 1475-1564) aplicó al héroe bíblico el mismo patrón formal que los antiguos griegos y romanos utilizaron para sus mitos y guerreros. Pese a su juventud (contaba solo 26 años cuando comenzó a esculpirlo), pretendía ser reconocido por este trabajo como el mejor artista de su tiempo, y desde luego la prueba infalible del paso del tiempo ha decidido a su favor.

Al natural impresiona hasta lo indecible, pese a las multitudes que siempre la rodean. La terribilità, esa cualidad única de las esculturas de Miguel Ángel que convierte a sus figuras en titanes de fuerza sobrehumana, se materializa en esa mano surcada de venas que David apoya en su cadera. Hoy en día, ¿quién no ha utilizado la comparación con el David de Miguel Ángel para señalar la máxima expresión de la belleza del cuerpo masculino?

9/ “Joven desnudo junto al mar” (1835-1836), de Hippolyte Flandrin. Museo del Louvre (París).

Discípulo de Ingres, el pintor neoclásico Hippolyte Flandrin (Francia, 1809- Italia, 1864) fue becado para estudiar durante cinco años en la Academia Francesa de Roma, lo que le obligaba a enviar de vez en cuando algún trabajo que demostrara que sus habilidades progresaban adecuadamente. Aquí utiliza el cuerpo masculino como excusa para un alarde de dibujo que en lo formal es pura academia. Pero hay mucho más en él.

Lo explica la especialista Carmen González Castro: “Es especialmente bello por lo enigmático de la situación que describe. No queda claro si algo ha sucedido o está a punto de suceder, pero en cualquier caso el desenlace queda fuera de campo. Su postura de introspección y la vista de su perfil en ese fuerte claroscuro que vela el pecho y el rostro lo convierten en un icono atemporal”.

10/ “Torso Belvedere” (siglo I a.C.), Anónimo. Museos Vaticanos.

Se cree que la pieza que hoy se conserva es una copia romana de un original anterior. Dada su naturaleza fragmentaria, no está claro a quién representa, aunque se ha hablado de que podría tratarse de Hércules o Ajax, dos clásicos héroes griegos: de ahí su impresionante musculatura.

Es el desnudo clásico masculino por antonomasia, por no tener rostro ni apenas extremidades. Su influencia en el arte del Renacimiento y el Barroco fue enorme: solo hay que mirar la obra de Miguel Ángel para comprenderlo.

11/ “Thomas E. McKeller” (1917-1920), de John Singer Sargent. Museo de Bellas Artes de Boston.

Thomas E. McKeller era botones del Hotel Copley Plaza de Boston cuando conoció a John Singer Sargent (Italia, 1856-1925) en uno de sus ascensores en 1916. Y posó para él en varios estudios. Curiosamente, este retrato permaneció oculto hasta la muerte del artista.

Combina su particular estilo grandeur de retrato con un engañoso aspecto academia, y tanto el modelo como la pose resultan inquietantes: la frontalidad que expone el sexo de un afroamericano en 1920 es toda una declaración”, explica el artista David Trullo.

12/ “Milón de Crotona” (1671-1682), de Pierre Puget. Museo del Louvre (París).

Milón de Crotona era un mítico atleta del siglo VI a.C., originario de Magna Grecia (el actual sur de Italia). Mucho después, en el Barroco francés, el artista Pierre Puget (Francia, 1620-1694) lo tomó como tema de una de sus esculturas en mármol, aportando a su figura un elemento conceptual muy de la época: el paso del tiempo y lo efímero de las glorias terrenales.

El cuerpo hercúleo de Milón de Crotona contiene una carga poderosísima de erotismo”, indica la artista Carmen González Castro. Y añade: “Su brazo se ha quedado atrapado en el tronco de un árbol y eso lo mantiene indefenso ante el ataque del león. Como Prometeo, o un Ecce Homo atado a la columna, experimenta el dolor. Y en ese llegar al extremo del sufrimiento físico hay algo que remite primitivamente al placer, cerrando el clásico binomio dolor-placer como formas indistinguibles”.

13/ “Martirio de San Felipe” (1639), de José de Ribera. Museo del Prado.

De nuevo, el martirio masculino cristiano siempre lleva aparejada la desnudez, total o parcial. Y el maestro barroco José de Ribera (España, 1591- Italia, 1652) fue uno de quienes mejor representaron la piel humana, con su belleza y también sus imperfecciones.

Es el Torso Belvedere, pero también tu vecino. Sufre pero baila. Y provoca tanto devoción como compasión y deseo. En directo este cuadro da escalofríos”, explica el artista David Trullo.

14/ “El efebo de Kritios” (480 a.C.). Anónimo. Museo de la Acrópolis (Atenas).

Se trata de la primera estatua griega en emplear el “contrapposto”, ese efecto por el que el peso se carga en una sola pierna, aportando vida y movimiento a la figura. El típico motivo del efebo desnudo realizaba así un avance técnico fundamental. Luego vendrían los otros a cargo de Policleto, Lisipo o Praxíteles.

El especialista en arte David Trullo tiene sus preferencias en lo que a estatuaria griega se refiere, pero destaca lo revolucionario de esta obra: “Me siguen gustando más los arcaicos, aunque este es fascinante: emerge de la piedra, y empieza a moverse. Ese incipiente contrapposto que hará que ya nada sea lo mismo…“.

15/ “Abel” (1842), de Giovanni Dupré. Museo del Hermitage (San Petersburgo).

Este Abel moribundo –después de haber sido atacado por Caín, se entiende- pertenece a la primera generación de quienes no han conocido un paraíso terrenal del que fueron expulsados sus padres, Adán y Eva. Y, por tanto, va desnudo por la vida, apenas cubierto púdicamente su sexo por la piel de un animal. Todo con la suavidad típica del romanticismo academicista de su auto, Giovanni Dupré (Italia, 1817-1882).

Es una pura contradicción del material. Una transubstanciación de la carne al mármol y del mármol —casi— al marfil, que se diría cálido. El escultor se ha recreado en el vello de su axila y su sexo. Como Salomé a la vista de la cabeza sin cuerpo del Bautista, invita a hacernos decir: Besaré tu boca, Jokanaán”, explica Carmen González Castro.

16/ “Ted Starkowski” (1955), de George Platt Lynes.

George Platt Lynes (EE UU, 1907-1955) fue un magnífico fotógrafo de moda y publicidad que en sus series, digamos más artísticas, se centró sobre todo en los desnudos masculinos. Su enfoque homoerótico interesó sobremanera al célebre sexólogo Alfred Kinsey, que adquirió gran parte de su obra tras el fallecimiento del artista.

David Trullo destaca cómo Platt Lynes se adelantó a fenómenos muy actuales: “Una imagen icónica que hoy pasaría desapercibida porque, consciente (Robert Mapplethorpe) o inconscientemente, ha sido revisitada desde entonces innumerables veces por fotógrafos y ahora por instagramers. Esa mezcla de clasicismo y carga sexual es todavía seña de identidad de la fotografía homoerótica”.

17/ “Leigh Bowery” (1991), de Lucian Freud. Tate Gallery (Londres).

Leigh Bowery, performer de la escena londinense, se muestra en esta obra desprovisto de los modelos extravagantes y fetichistas que vestía en sus actuaciones”, indica el especialista en arte Bruno Ruiz-Nicoli. Lucian Freud (Alemania, 1922- Reino Unido, 2011) quería destacar ese despojamiento llegando a la desnudez misma. “Me parecía maravillosamente bello”, afirmó Freud.

Hay algo turbador en el modo en que se muestra un desnudo que va contra todas las convenciones de lo normativo. “Su desnudez es radical porque descubre la piel bajo el personaje, y es transgresora porque se aleja del canon clásico”, comenta Ruiz-Nicoli.

18/ “Fauno Barberini” (s.III ac.C.). Anónimo. Gliptoteca de Múnich.

El descubrimiento de esta estatua en el siglo XVII, durante el pontificado de Urbano VIII en Roma, causó sensación. La pose impúdica se debe a la naturaleza de los faunos o sátiros, criaturas mitológicas amantes del vino, la holganza y los placeres.

Es para mí la quintaesencia de la sensualidad masculina, mostrando su sexo abiertamente y sin pudor. El fauno está dormido y su actitud sugiere que el suyo es el sueño que sucede al éxtasis. Pero el éxtasis es difícil de distinguir en las representaciones de modelos masculinos. Se oculta, muchas veces, bajo las formas del dolor —de Prometeo a San Sebastián—, del martirio sacro o profano, y paradójicamente resulta más evidente en obras de corte religioso”, explica la especialista Carmen González Castro.

19/ “Caín” (1902), de Wilhelm Von Gloeden.

El fotógrafo alemán Wilhelm Von Gloeden (1856-1931) retrató obsesivamente a los jóvenes sicilianos, utilizando las poses clásicas como coartada para la desnudez.

Aquí versiona el Joven desnudo frente al mar, de Flandrin, carnalizándolo, y lo llama Caín. Muy osado. Von Gloeden baja a tierra a los clásicos y los despoja de su inmaculada perfección. Apolo es Dioniso, y Dioniso un chico de la calle”, analiza David Trullo.

20/ “Derrick Cross” (1982), de Robert Mapplethorpe.

De entre las muchas fotografías de hombres desnudos de Mapplethorpe (EE UU, 1946-1989), impresionan especialmente las de individuos de color. La “fetichización” de sus cuerpos resulta evidente, y por esto ha sido muy criticado al entenderse que el fotógrafo neoyorquino perpetuaba el mito del objeto sexual exótico.

Suspicacias políticas aparte, la fotografía es un prodigio de composición, despojamiento escénico y sensualidad fría que habita en algún lugar entre Miguel Ángel y Leni Riefenstahl.

Fuente: El País – Icon. Autor: Ianko López.