Nace el streaking

Caricatura en el Daily Princetonian que representa a los streakers que interrumpen la conferencia de historia romana de Frank Bourne, marzo de 1974.

El streaking nació en la primavera de 1974 en algún lugar del sur de Estados Unidos. Unos dicen que en Memphis (Mississipi) y otros se inclinan por alguna ciudad soleada de Florida. Se dice que en Memphis, universidad conservadora que cuenta con 20.000 estudiantes, un domingo por la noche dos jóvenes guardias de la Universidad, aparecieron desnudos cerca de un dormitorio femenino. Otros guardias de uniforme, no tardaron en deternelos, pero el streaking había comenzado.

La prensa norteamericana ha informado que Rocky Janda y Dwinght Lee fueron los primeros que practicaron el streak, según los cánones. Abrieron súbitamente una puerta y aparecieron “elegantemente” desnudos en una pista de tenis, mientras se disputaba un torneo. Llevaban tan sólo unas zapatillas de tenis y unos calcetines de lana. Atravesaron corriendo la pista, entre el asombro del público.

Rocky Janda, manifestaría después de la exhibición: “Realmente sentí algo soberbio. Por primera vez en mi vida, conseguí lo que me propuse. Y no he causado daño a nadie”.

Se dice igualmente que el padre de streak fue un estudiante universitario de los Estados Unidos al que una noche, un súbito trastorno intestinal, obligó a arrojarse de la cama, buscando los servicios. No falta quien asegura que el streak pudo nacer en una playa. Que alguien dijo, quizá despojándose de su mínima indumentaria: “Nixon debería desnudarse”. Y la alusión al tristemente célebre “Watergate”, comenzó a orientar una nueva forma de protesta.

El streak tiene su origen en el nudismo. El nudismo, como sistema y práctica colectiva, difiere de la desnudez primitiva o casual. Forma parte de la rebelión contra la civilización actual. Los nudistas consideran que la excesiva insistencia en el vestido, produce un estado mental insano por lo que al cuerpo humano respecta, aparte de impedir que los rayos solares alcancen a todo el organismo. El desnudismo está relacionado con un movimiento general de “retorno a la naturaleza”; los naturistas estiman que las sociedades primitivas y sus normas de vida eran superiores a las actuales. El movimiento se complementa con la búsqueda de dietas a base de alimentos más naturales.

En los Estados Unidos y Europa, existen campos especiales donde se practica el nudismo.

En los Estados Unidos y Europa, existen campos especiales donde se practica el nudismo, incluso por familias enteras. Solamente en los Estados Unidos, existían entre 1930 y 1940, más de 100 campos, así como múltiples revistas que defendían el movimiento. Éste se inició en Alemania después de la I Guerra Mundial como parte de la rebelión postbélica contra las viejas tradiciones o convencionalismos y se extendió rápidamente a otros países.

El desnudismo gozó de gran popularidad en su época de apogeo. Los colaboradores de prestigiosas revistas que visitaron los campos estimaban que, una vez superada la primera impresión, la falta de vestidos nada parecía tener de extraño.

En España, aunque en menor grado, también cuajó esta doctrina naturista. Caballeros de Reus, de Figueras, de Alcoy, de Barcelona, amigos del escritor José María Carandell, le confesaron que amigos suyos o familiares, practicaban todavía el nudismo. Alguien que lo hizo durante muchos años hasta el treinta y seis, dijo que solían acogerse para sus ejercicios en las frondas del Tibidabo, en Barcelona, donde por cierto está constituida una “Sociedad Naturista”, discreta y celosa de sí.

Y de cualquier forma, recordemos, por ejemplo, como cualquier ocasión es buena -o la hacen buena- para practicar el nudismo. Treinta extranjeros de ambos sexos, fueron sorprendidos por un comerciante de Arrefice, cuando se bañaban totalmente desnudos en la playa denominada “Puerto de Muelas”, situada en la costa sur de aquella isla, a cuarenta kilómetros de Arrefice. Fue, a finales de marzo, en plena “Primavera del Streaking”.

Un grupo de streakers en la Universidad de Princeton, marzo de 1974. Foto del Daily Princetonian.

El nudismo en el “campus” también tiene su propia y orgullosa tradición. Fred R. Pierce, de 74 años, confesó en el semanario Newsweek, que él había sido expulsado de la Universidad de Stanford por exhibirse desnudo para ganar una apuesta de 5 dólares. “Yo no corrí, sino que me arrastaba”, añadió Pierce, a quien su exhibicionismo no estropeó su carrera, ya que llegó a ser presidente del Tribunal de Apelación de California.

Pierce juzga de forma tolerante a los streakers. “Son tan sólo un puñado de muchachos locos. y yo también fui un muchacho loco”.

Como todos los movimientos que subvierten el orden establecido, el desnudismo ha tenido muchos contradictores. El primero y más importante, la Iglesia Católica que, estimándolo una seria amenaza para la moral, lo denunció vigorosamente.

Fuente del texto: Libro Correr desnudos como el rayo (fragmento). Autor: J. Soto Viñolo. Ediciones 29, 1974.

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Deporte y streaking

El fenómeno del sreaking se extendió rápidamente durante el mes de marzo de 1974 y aquí tuvimos la suerte que la “primavera de los ovnis” nos desvió la atención de semejante práctica de protesta; también la boda del secretario de estado norteamericano Henry Kissinger con Nancy Magginnes sorprendió y distrajo; pero nada contribuyó tanto a olvidarnos de las carreras “in pudibus” en España, como la campaña triunfal del F. C. Barcelona, el Waterloo del Real Madrid y el éxito sindical de la reivindicación de los serenos y vigilantes a través del presidente del Sindicato Nacional de Actividades Diversas, el soltero Juan García Carrés.

La práctica del streaking alcanzó al deporte; no al nuestro, por fortuna, “sano y de recios valores”. La violencia es otra cosa. Los ladrillos que rasgan y hieren los cueros cabelludos de los colegiados, fruto de los exaltados. Los matchs en los graderíos, consecuencia de las pasiones. Las hermosas declaraciones de jugadores y “místers”, reflejo del momento histórico de cada equipo ante el partido del domingo.

El deporte extranjero no pudo sustraerse a recibir afrenta del streaking y así tenemos noticias de que en Belleville (Ontario), capital del condado de Hastings, famosa por sus quesos y sede del Albert College, Gary Murphy, vistiendo solamente los patines, se convirtió en el primer jugador de hockey sobre patines nudista.

Murphy, a la izquierda de Los Panteras Combativos (The Pickering Panthers), ganó una apuesta de cuarenta dólares a sus compañeros de equipo por presentarse desnudo delante de treinta aficionados que estaban esperando la salida.

En el resumen de agencias que publicó “Pueblo” el 12 de marzo de 1974, se dice que la mayoría de los que esperaban eran muchachas y se presentó ante el grupo con el mayor desparpajo.

Otro streak deportivo, se registró días más tarde en Berbier (Suiza), donde siete jóvenes esquiadores, uno de ellos mujer, practicaron el esquí, sin más atuendo que las botas, segín informó la Oficina de Turismo de la población.

Delante de ellos esquiaba una joven con la ropa de los nudistas. Una vez recorrido el trayecto, estos últimos se escondieron en el bosque para vestirse.

Los empleados de la Oficina de Turismo dijeron que los streakers tuvieron mucha suerte al no sufrir ninguna caída, ya que en caso contrario, lo hubieran pasado mal a pedar de que el sol no dejaba de calentar. Parece ser que estos nudistas eran norteamericanos.

El streaking no tuvo fronteras. De Europa a Asia Oriental para aparecer en Hong-Kong, concretamente en la isla de Lamma, a la entrada del puerto, en el mar de la China meridional.

Allí, un hombre desnudo hizo esquí acuático. Según testigos presenciales -señaló la agencia Efe- el individuo, al parecer un europeo, salió repentinamente de entre la niebla y pasó como una flecha por entre los juncos anclados alrededor de la isla.

Parece, pues, que el streaking deportivo no ha tenido demasiados practicantes, y eso que no debemos olvidar que los primitivos atletas que tomaban parte en los antiguos Juegos Olímpicos, celebrados en la ciudad griega de Olympia, competían desnudos completamente, por lo que estaba prohibido a las mujeres casadas el acceso al estadio e incluso a la ciudad de Olympia, para evitar que el espectáculo de aquellos espléndidos atletas sirviera de término de comparación con sus esposos, en la que éstos siempren saldrían desventajados, como señala el periodista Andrés Mercé Varela en su obra “De Olympia a Munich“.

Por el contrario – añade-, era permitida la entrada al estadio de las chicas solteras, ya que se estimaba que el espectáculo era idóneo para despertar en ellas ideas sanas, cual eran la admiración del sexo fuerte, el incentivo a los placeres del amor, y la inclinación al matrimonio.

En España no se ha dado ningún caso de streaker deportivo, de una parte por la “sólida formación moral” de nuestros deportistas y de otra, porque no nos imaginamos a un árbitro, por ejemplo, juez de un partido de categoría regional preferente, haciendo un streaking reivindicativo. Posiblemente moriría en el tumulto, agredido por los púdicos espectadores de boina, ceja corrida, cayada en la diestra, caliqueño baboso y apagado y ojos inyectados por la rabia de semejante afrenta.

Aunque bien es verdad, que morir a manos de la gañanía, también es una bonita forma de morir por el deporte.

Desde 776 antes de Cristo, los Juegos Olímpicos fueron celebrándose cada cuatro años en el primer plenilunio de agosto. De esta época data también una concepción griega sobre la naturaleza de los Juegos Olímpicos, cuyos comienzos, sin embargo, fueron muy anteriores, en Delfos, Nemea y Corinto. El sentido de los Juegos continúa siendo -incluso en los celebrados en épocas posteriores- el unir cada cuatro años, en una corta paz, previamente acordada en honor de los dioses, a todas las tribus griegas, que se encuentran continuamente en discordia. Sin embargo, es característico de la mentalidad griega el celebrar una competición entre tribus, incluso durante un encuentro pacífico.

Si alguno de los participantes en la competición sucumbe a consecuencia del esfuerzo físico, se cree ver en su muerte la misericordia de los dioses que le han llamado en el momento de su mayor gloria… La distinción humana a los vencedores no consiste en premios, sino en la concesión de una corona de laurel. Esto significa un gran honor, tanto para él como para su familia; no sólo su nombre quedará inscrito para la posteridad en la lista de los vencedores, sino también su estatua se alzará en el recinto olímpico.

Estas listas de vencedores nos ofrecen a menudo los puntos de referencia más importantes para la determinación de la fecha. Por lo general, al vencedor se le exime de pagar los impuestos. Antes del comienzo de los Juegos, todos los participantes tiene que aceptar, bajo juramento, las reglas de la competición; de esta norma sólo están dispensados los griegos libres que tienen un nombre sin tacha.

Luego se prohibe la asistencia a las mujeres bajo pena de muerte y, en el año 394 de la Era Cristiana, un edicto del emperador Teodioso el Grande, prohibió los Juegos Olímpicos porque sus participantes no hacían gala de pudor precisamente y los romanos los repudiaron por la inmoralidad del desnudismo de los atletas, que amenazaban a la religión y a las costumbres.

Los Juegos Olímpicos modernos, de la mano del barón de Coubertin, nacen el 6 de abril de 1896, en Atenas y en el Estadio Panathenaico, de mármol blanco.

Hoy, en este año 1974, el streaking deportivo retrotrae la memoria de aquellas manifestaciones que tuvieron por singular escenario la ciudad de Olimpia.

Fuente del texto: Libro Correr desnudos como el rayo (fragmento). Autor: J. Soto Viñolo. Ediciones 29, 1974.

Bañistas de Satanás

Bañista en la playa de la Concha, 1920. Fotografía: Ricardo Martín / Kutxa Fototeka

Mucho cuidado con reírse de lo que venga del underground. En mi colegio, cuando se debatía en clase sobre la tauromaquia, a los dos chavales de treinta y pico que estaban a favor de prohibirla se les miraba como si fuesen auténticos y genuinos zumbados. Ahora su postura si no es ya mayoritaria en la sociedad española, poco le falta.

Nuestros padres nos aconsejaban ir a la mili, no buscarnos líos. Insumisos e incluso objetores eran tratados como cantamañanas. En muy pocos años, hubo que abolir el servicio militar obligatorio. Fue a cambio del apoyo catalán a Aznar, sí, pero fundamentalmente porque ya no quería ir ni Dios.

Tuve amigos que se hicieron veganos en los noventa. Cuando lo contaban, los miraban como si propusieran cagar hacia dentro. La gente hasta dejaba de relacionarse con ellos como antes con una mezcla de pena y desdén. Ahora los veganos, si bien generalmente siguen sin ser bien recibidos donde abren la boca, ya forman parte del paisaje.

No hablemos de la vivisección. De pronto el tema empezaba a salir en letras de canciones y levantando el meñique ideológico todos estábamos muy indignados. Cómo olvidar los fanzines con fotos de monos con extraños cascos con electrodos incrustados en la cabeza. A quien preguntaba se le decía que las cremas y maquillajes que nos ponían se probaban antes en animales a los que se les arrancaba la piel. Había un placer morboso pasivo-agresivo en hacerles ver que una costumbre cotidiana los convertía en responsables y culpables de torturas escalofriantes. Sea como fuere, en 2013 se aprobaron leyes en España y en la UE que prohibían probar productos cosméticos y estéticos en animales.

En décadas anteriores, todo lo relativo a la libertad sexual tuvo que abrirse paso bajo una lluvia de burlas e insultos de toda clase, incluido fuego amigo de los compañeros de izquierdas. Hasta que se ha logrado, al menos en España, que quien esté en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo sea visto como un integrista católico preconciliar. Lo dicho: mucho cuidado con reírse de lo que venga del underground.

Pongamos un ejemplo asumible por todos: bañarse en verano. Lo que hace todo el mundo en cuanto llega el calor y otorga pingües beneficios a España con la visita masiva de turistas en su día fue una extravagancia. Una locura de unos pocos que imitaban las noticias que llegaban del extranjero. Ir a la playa o a una piscina a tomar el sol era cosa de los hipsters y gafaspastas de principios del siglo XX.

La nueva afición, como corresponde a toda novedad que atraviesa nuestras fronteras, se recibió con pánico e histeria. En el diario El Adelantado, en 1930, encontramos una noticia que alerta de que en Francia ha aparecido un modelo de traje de baño “color carne, que lleva un fino reborde, también del mismo color, de tal modo que aquella diferencia no puede apreciarse a una distancia de veinte metros“. Con las nuevas modas, pudiera parecer que, a lo lejos, la gente estaba desnuda aunque no lo estuviera. Eso era un drama.

Era dramático, aunque a uno le diese igual, porque el integrismo católico, pese a haber perdido tres guerras civiles en el siglo XIX, seguía vivo, como se vio después, y daba mucho mal. Era de sentido común no provocarles demasiado. En ese mismo año, 1930, descubrimos en el periódico La Cruz a qué estamentos y gremios pedían ya ayuda los piadosos cuando se veían injuriados: “Hay que reaccionar, pues, y urgentemente contra las demasías y procacidades de la mujer desenvuelta o mal envuelta en su eterno traje de baño y como a nosotros, a los predicadores de Cristo, apenas nos prestan oídos, debemos holgarnos que vengan en nuestra ayuda médicos y abogados, civiles y militares“.

En El Defensor de Córdoba se recurría al chantaje emocional de las madres tirando de la imagen que daban las hijas. Hete aquí un bello extracto: “Dime, madre, ¿cómo es el traje de baño que va a elegir tu hija? ¿No recuerdas en tu juventud el asombro que producía ver a una mujer que se bañaba públicamente en maillot? ¿Qué decíamos de ella? Recuérdalo mujer. ¿No te sonrojaría que tu hija, cubierta solo con maillot, recibiese en casa a las visitas? ¿Por qué no te sonroja que eso suceda en la playa y en ella alterne con los muchachos y se tumbe a tomar baños de sol y esté expuesta a todas las miradas? Seguramente llama la atención su desnudez y más seguro que sea incentivo de tentación o de pecado. Porque eso son las que se bañan sin decoro públicamente, instrumentos del enemigo de las almas, para turbarlas con el escándalo o para corroerlas por la pasión“.

En 1931, con la llegada de la República, la reflexión pasaba a ser sobre el nudismo. Aunque al hecho de bañarse con maillot ya se le denominaba desnudismo, lo que cobró importancia en aquel momento fue la modalidad que llegaba de Alemania de tomar el sol sin ropa alguna. Para la prensa de izquierdas, como era La Calle, tampoco resultaba aquello muy normal. Una columna lo explicaba: “Los españoles tenemos muy aguzado el sentido del ridículo y de la lascivia para mantener esas contemplaciones con la serenidad germana“.

Bañista en la playa de la Concha, 1916. Fotografía: Ricardo Martín / Kutxa Fototeka

El aludido diario La Cruz, sobre este particular, el de las vanguardias naturistas, tenía un discurso, digamos, un tanto áspero: “En todas las épocas la sensualidad carnal ha constituido el más grave peligro para la moralidad pública y privada (…) envidia, hipocresía, rencores, ambiciones, todos los bajos sentimientos que impulsan al proceder infame, subsisten eternamente en el temperamento incorregible del individuo perverso, aunque este se desprenda totalmente de sus ropas estos impúdicos nudistas caen en la degradación de la naturaleza inculta y aún más; degradan a la misma naturaleza primitiva, el propio ambiente de los nudistas está tan solo en el reino zoológico“.

Un cataclismo, escribían en Acción, el diario gijonés “Defensor de los intereses de la mujer”, según rezaba, nunca mejor dicho, su lema, al tiempo que avisaba con prestancia de que al Todopoderoso no se le podía tomar el pelo: “Qué horrores no hemos visto estos últimos veranos en las playas, sobre todo; pero también en el campo, en las excursiones, en la aldea, en la ciudad, en todas partes. Realmente pone espanto en el alma. Las sectas empeñadas en la ruina del cristianismo, no pudiendo ir directamente a las ideas de la mujer, han atacado a sus costumbres, corrompiéndolas. Y teorías perversas, el naturismo, el nudismo, tratan de justificar tanta depravación (…) Hacerlo es malo, justificarlo es peor. Esas teorías llevarán a la humanidad al cataclismo (…) Siempre que en la historia se dieron los mismos síntomas, sobrevino fatalmente una espantosa catástrofe, la ruina de un gran pueblo, “Toda carne había corrompido su camino y por eso siguió el gran diluvio”, dicen los libros Santos (…)  Con una osadía que es escarnio más bien, hemos visto sobre pechos desnudos, e indignos de ostentarlo por tanto, el Crucifijo… es decir, la imagen de Aquel que vino a nosotros a enseñarnos la pureza y la mortificación, la penitencia y el sacrificio, el olvido del cuerpo por el predominio del espíritu; la imagen de Aquel que triunfó de la carne y del pecado en una Cruz. ¡Ah!, pero estas cosas no se hacen impunemente, pues “de Dios nadie se ríe”…“.

Es en este instante, en la estupefacción inicial ante lo que empezaba a ocurrir, cuando se llegó al pináculo del éxtasis opinativo. De nuevo en el glorioso La Cruz, un columnista se lamentaba amargamente por la nueva moda de ir a la playa o a la piscina en verano expresando su preocupación por la reputación de las monjas de clausura, que a ver si ahora su opción vital, encerrarse hasta la muerte en cuatro paredes, iba a pasar a ser menos enrollada: “La vida de clausura, el derecho de recluirse en vida, de romper todo trato con el mundo exterior, de someterse a rigurosa regla, de vestir tosca, estambre, de envolverse la cabeza en tocas, de levantarse con el alba para rezar maitines, de pasar largas horas de rodillas en el éxtasis de la oración, me parece tan respetable como el de dedicar las mañanas estivales a tostarse la piel de todo el cuerpo, salvo aquella pequeña zona donde el tostamento es superfluo, y claro es que expuestas no solo a los rayos de sol, sino a la mirada de las gentes. No acierto a entender por qué lo primero para muchas encierra hoy un sentido regresivo y lo último constituye oriflama del progreso, y signo de libertad que debe ser fomentada por el Poder Público, construyendo piscinas numerosas. No soy contrario ni al nudismo ni a las piscinas, pero afirmo que la vida contemplativa debe gozar también de libertad, la libertad de renunciar a ella“. Ojalá musicasen estas palabras Los Planetas.

Para 1932, con la llegada de otro verano, el cariz que estaban tomando los acontecimientos forzaba a los plumillas de Acción a retorcer el sofisma para preguntarse por la calidad de la libertad del quienes tomaban el sol: “El traje de baño ha alcanzado ya la mínima cantidad posible de tela (…) No se limitan hoy a tomar sencillamente su baño, protegiendo con los albornoces su pudor, sino que, con el pretexto de la moda de los baños de sol, la gimnasia y los juegos al aire libre, se exhiben descaradamente ante el público que quiera contemplarlas (…) No sigáis moda alguna que no sea admitida por la moral cristiana, pues no puede haber en vosotras mayor atractivo ni nada que pueda dar más realce a vuestra belleza que la honestidad (…) No queráis hacernos responsables del pecado de escándalo, que es el más duramente castigado por Dios. Ni queráis dar motivo para que pueda decirse de vosotras que contribuís a los males de España con la corrupción de vuestras costumbres (…) Deteneros pues un instante y pensad… para que podáis ver con claridad que ese camino emprendido que vosotras os figuráis modernísimo, y de verdadera libertad, no es otro que el retroceso a los antiguos tiempos del paganismo, en el que la mujer llegó por esas mismas costumbres puestas hoy en práctica a su mayor grado de degradación, de menosprecio y de esclavitud (…) La mujer que quiera ostentar dignamente la imagen del Crucificado sobre su pecho, se abstenga en absoluto de adoptar modas que esté reñidas con la honestidad que Su Santidad ordena y manda guardar (…) la playa es de todos y no creo que los intelectuales tengan la pretensión de ser ellos los que la inventaron“.

Y negros, todos como los negros africanos. Fue El Diario de Almería el primero en realizar esta audaz comparación, importunado por la nueva costumbre de querer ponerse moreno: “Es la moda cruel a veces quien dicta este suplicio del sol. Hoy viste bien la piel bronceada y hay que demostrar que no se está al margen de la última. Es una moda eminentemente piadosa: es un lazo de unión que el europeo progresista lanza al negro africano; y parece decirle: Negrito adorable: tu reivindicación es completa. Tu negrura que antes era motivo de desprecio como signo de raza inferior, hoy es por nosotros envidiada. Nos dirigimos a ti con el deseo de semejarnos: y tu sonríes irónico, pensando, que el matiz de nuestros cuerpos nunca alcanzará esa maravillosa brillantez con que tu cuerpo se barniza ¡Oh, negrito adorable: quién pudiera llegar a ser como tú!“.

En prensa medianamente parcial, como La Hoja del Lunes, se constata que en 1934 la moda estaba plenamente implantada. Un artículo titulaba “Triunfa el nudismo”, que es como se denominaba a llevar bañador sin albornoz: “en millares y millares de kilómetros de costa —lo mismo en el dorado Océano, que en el azul Mediterráneo, que en el verde Adriático— el espectáculo es idéntico: hombres y mujeres cubiertos con un leve maillot, que empieza demasiado tarde y termina excesivamente pronto, conviven en tranquila promiscuidad, sin inquietudes, sin sonrojos (…) El desnudo triunfa. Claro que es el mundo de la multitud dorada, que puede permitirse los baños de sol. Porque en Deauville las veinticuatro horas del día se dividen entre el baño de agua, el baño de sol, el jazz, los bares americanos, los concursos hípicos y el juego en el Casino. Después, si queda tiempo, se duerme, si no, no (…) Se baila en la playa con el microscópico traje de baño, tan diminuto que parece arrebatado a unos niños“.

Ese mismo año, El Defensor de Córdoba calificaba la situación con la mayor gravedad, decía que lo que estaba pasando era “un descoco” y temía que “el pudor puesto en venta llegue a la escala absurda, triste e incomprensible que mereció fuego del cielo en Pentápolis“. Mientras, en Crónica Meridional, se puntualizaba que la mujer no era consciente de lo que estaba haciendo: “Es el traje de baño que descubre la infantilidad aún de las almas más perversas. El maillot reina con alarde obsceno y es un pretexto más de la inconsciente coquetería de la modernidad en la mujer“. Y un año después, en 1935, El Iris, otro diario católico, pedía a los fabricantes y comerciantes de trajes de baño que por “conveniencia espiritual, económica y social” colaborasen en mejorar el “ambiente moral de las playas” y acudieran todos a “la Comisión Central por la Moralización de las Playas“, de la que desgraciadamente nada hemos logrado averiguar.

Alcalá Galiano, en ABC, en 1935 le echó la culpa de todos estos incontrolables sucesos a la década anterior, la conocida por “los felices años veinte”. Fueron días de derroche, de gastar por encima de las propias posibilidades, y de entregarse a los placeres, quizá derivado todo del pequeño y sutil detalle de millones de muertos estúpidamente en la Gran Guerra. Pero él lo metía todo en el mismo saco: “el jazz, el derroche financiero, las danzas exóticas, el alcohol y las drogas, el nudismo y el deporte“. No se libraba ni el fútbol. También ese año, el diario La Independencia tachaba de “plaga” la oleada de bañistas y exigía “exterminar esa plaga y devolverla a las decadentes cavernas de las que, sin duda, procede, a pesar de sus pretensiones de progreso y vanguardismo“.

En lo económico, exactamente igual que ahora que en numerosas zonas de España hay quienes rechazan el turismo que, paradójicamente, da de comer a tanta gente, en La Vanguardia hubo reflexiones idénticas relativas a Mallorca, isla que “tenía su vida, una vida suficientemente digna, señorial y típica. No padecía la plaga de dancing, bars, cabarets, desnudismo, escenas de playa y otras exóticas, muy modernas, muy cosmopolitas, pero que nada aportan a la cultura de ningún pueblo, antes bien, desdoran y manchan nuestra época“.

Tras el estallido de la guerra, fueron incontables los motivos que se dieron para justificarla por parte de sus promotores, los fascistas. No obstante, no deja de ser curioso que se pudieran encontrar artículos donde se hiciera referencia concreta al hecho de que a la gente le diese por ir sin albornoz a tomar el sol a la playa o a la piscina como causa de la contienda. El Día de Palencia, en noviembre del 36, publicó una de las motivaciones del golpe de Estado más extravagantes y sinceras: “¿Que estorbaba la moral? Pues ¡abajo la moral, en niños y jóvenes, en hombres y mujeres! ¡Viva el desnudismo en las clases elevadas y en las bajas! ¡Fuera la caridad, la beneficencia, la limosna, la lealtad, la amistad, la civilización, todo lo sembrado o cultivado en el mundo por Cristo! Y con tales cimientos se ha hecho, como era de esperar, el edificio del odio, desde cuyos ventanales siniestros se ha disparado con furia satánica contra todo aquello que más inconfundiblemente llevaba anejo el sello de la inspiración de Cristo Redentor. Esta es la gran lección que, en medio de la catástrofe que estamos presenciando llenos de pavor, se nos está dando a todos“.

Por si hubiera dudas, Azul, el órgano de la Falange Española de las JONS, el mismo mes del mismo año, definía así la ideología de sus enemigos: “el sensualismo como doctrina, el nudismo como culto, el pacifismo como idea y la tolerancia y escepticismo como religión“. Ahí seguían presentes, nunca mejor dicho, los bañistas. Un fenómeno inofensivo, comúnmente aceptado en la actualidad, pero que causó tanto impacto en su día que llegó a colarse en las diatribas políticas de un suceso histórico de la magnitud de la guerra civil española. Piénselo cuando se ajuste el trikini este verano. Hasta ir a la playa hubo que pelearlo.

Fuente: jotdown.es Texto: Álvaro Corazón Rural.

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