Boat Tracker

No siempre el nudismo se ha practicado voluntariamente como una opción personal y agradable o placentera, en ocasiones ha sido obligado y necesario debido a las condiciones del trabajo a realizar, durísimas como en esta ocasión, las que obligaron a realizarlo en completa desnudez.

Durante 200 años, el boat tracker fue una profesión que realizaban los hombres del pequeño poblado chino de Xitan, a orillas del Wujiang, uno de los grandes tributarios del río Yangtsé.

Antiguamente, este caudal de agua era el vehículo perfecto para el comerciante naval: los barcos transportaban sal, vestimenta y azúcar, entre otros productos, a la provincia de Sichuan, y esta a su vez enviaba a Shangái madera y aceite a través de la red fluvial.

Para este intercambio comercial se utilizaban embarcaciones de madera muy sencillas que eran incapaces de proseguir la ruta cuando penetraban en las impresionantes Tres Gargantas del río Yangtsé. Sus bravías aguas hacían que los barcos perdieran el control y encallaran.

Para conducir las embarcaciones por esta barrera topográfica nació el oficio del boat tracker, hombres que, ayudados de cuerdas, cargaban todo el peso del barco sobre sus hombros desnudos. El terreno montañoso por el que debían andar era tan abrupto que se desnudaban completamente para evitar así que la ropa les molestara. Solo portaban unas sandalias para moverse por las rocas y no resbalar.

Tras casi dos siglos realizando el mismo recorrido, las cuerdas han dejado una marca visible en la propia roca. En la actualidad, los ciudadanos de Xitan celebran una vez al año la “Ceremonia del Adiós”, en la que realizan una demostración de aquel trabajo.

Fuente: muyinteresante.es

Los baños de mar en el siglo XIX

La calificación de las aguas como bienes de dominio público se hace con la intención de regular su aprovechamiento en favor de los particulares, del estado y de los entes públicos. Los usos comunes que se realizan en estas aguas como pescar, lavar, bañarse, etc… se admiten según un orden determinado, con la posibilidad de que el aprovechamiento de aguas ya concedido para una determinada finalidad pueda ser expropiado a favor de otro legalmente preferente. En este contexto, las playas y con ellas los tradicionales y famosos ‘baños de mar’ se van a convertir en un espacio para afianzar la pertenencia a una determinada clase social; transformándose las ciudades en destinos veraniegos importantes en el siglo XIX. Se abre, por tanto, la veda a los veraneantes, a los bañistas, a los turistas, a la aventura que suponía ir a la playa ya no sólo a tratar de los males respiratorios, circulatorios o reumáticos sino a disfrutar de momentos de ocio y de diversión. Y aunque el mar no fuera un lugar de esparcimiento tradicional hasta las corrientes higienistas de la medicina de finales del siglo XIX, que calaron de una manera importante en las nuevas clases sociales que veraneaban, si se va a convertir la playa en un lugar de disfrute para pasear, divertirse, bañarse, jugar, relacionarse, etc… Y es a esta clase de población a la se intenta atraer en Laredo ya desde mediados de este siglo.

La Villa de Laredo no va a ser diferente a otras villas y se prepara para atraer al turismo de élite. Familias madrileñas como los Gereda, Carasa, Enciso y otras muchas comienzan a veranear en la Villa y muchos de ellos a instalarse construyendo importantes edificaciones que hoy tenemos la suerte de contemplar. Se abre un periodo para exhibir las grandezas y lindezas de nuestra población y sus habitantes.

Emulando a las primeras guías turísticas de viajes por España cuyo inicio data de 1855 con aquella famosa guía “Handbook of travellers in Spain” donde decía Richard Ford “quien dice España dice todo”; Tomás Ibarrondo, que era médico titular de la Villa de Colindres, en el año 1878 publica un libro, a modo de guía turística, para atraer el turismo a Laredo y él nos da una buena pista de a qué público dirige las bondades de nuestra playa y mar, en concreto a los bañistas.

Con ese título “Bañistas” comienza diciendo el citado médico: “Tributarios Madrileños, Vallisoletanos, Burgaleses, etc… ¡Venid! Los que necesitáis equilibrar y restituir la vitalidad gastada en la población; en esos focos de inteligencia social ¡llegad! Jóvenes anémicas a recuperar vuestra sangre. Temperamentos linfáticos y nerviosos; niños débiles y enclenques, acercaos a vivir en las condiciones que os reporten el provecho salutífero que os precisa. Hombres de bufete: pasad aquí veinte días de esparcimiento y descanso, que sólo ello bastan a contrabalancear los efectos de la vida sedentaria con su agitada monotonía. Madres de familia; todas tan amantes que sois de vuestros hijos, traerlos a respirar este aire por treinta días, enfermos, valetudinarios, con ánimo, un poco de discreción y cautela, hallareis en este recinto la salud que demandáis. Vos Touristas, los que venís a buscar las impresiones de la moda para matar el tiempo, aquí se os espera. Médicos: mandad sin miedo a vuestros enfermos a este rinconcito que les proporciona agua que los regenera, alimentos que los entonan y atmósfera que los vivifica….”.

Público castellano adinerado

Se intentaba atraer al público castellano adinerado mediante la exposición de las lindezas de la población, de su playa y sus gentes. A todo este público se vende una idílica playa: “La playa es de dos leguas de extensión sin escollos ni peligros, la más apropiada para niños, señoras y bañistas nuevos y en la que se toma el baño con cierto refinamiento de goce; en la que puede internarse el nadador tuto et iucunde; es decir, con seguridad y placer. Playa que satisface todos los gustos y salva todos los inconvenientes, con un recodo pedregoso donde se mantiene el agua plenamente limpia y fresca, siendo la ola de más energía. Rincón cómodo para la púdica señorita y la robusta matrona… Playa en la que se contempla estático y yo he contemplado más de una vez ese color azulado encantador llamado verdemar”.

“Playa en la que se toma el baño con libertad, desahogo y economía se disfruta con toda plenitud y cabal holgura del placer y de la admirable eficacia de la Villeggiatura marítima” y donde “puede cualquiera bañarse desnudo sin miedo de miradas imprudentes y atrevidas”, para añadir “no se ven aquí mezclados y revueltos los dos sexos, como en otras playas angostas, cosa intolerable y que la decencia condena”. Incluso se intentaba atraer inversiones extranjeras. ¿Cuál es el sitio que debe elegirse en esta playa para baños y que al mismo tiempo que cojamos una buena ola, tengamos seguridad y ancho campo a nuestra fantasía? “A mi entender, (según Ibarrondo) ninguno mejor que el llamado la media luna, y en donde si hubiera empresarios activos e inteligentes, o americanos que formando una pequeña sociedad soltaran parné debía levantarse un pabellón balnenario y ponerle en comunicación con Laredo y Colindres por cierto número de coches”.

Sobre los fueros de Laredo, Ibarrondo, en la segunda mitad del siglo XIX, dice que eran: Dios, pesca, chacolí y bañistas. Y añade el citado autor como reclamo turístico a “las yung-ladies de Laredo y Colindres, tan sencillas, cariñosas, joviales …”.

Aunque la realidad era muy diferente a la que se esperaban los turistas, ya que se encontraban con malas carreteras, malos hospedajes y unos medios de transporte lentísimos además de una población no cualificada para atender al turismo, con reclamos no del todo ciertos y que demostraba que aún no se estaba preparados para dar un servicio del todo adecuado a estos veraneantes.

Fuente: eldiariomontañes.es Texto: Báldomero Brígido.

Nudismo y monarquía

Ocurre que en la playas tradicionalmente nudistas, donde siempre se permitió su presencia, los textiles ahora parecen ser abrumadoramente mayoritarios, como en los tiempos heroicos.

El 16 de agosto de 1984, hace 34 años, un cura párroco encabezó a un grupo de vecinos de Cangas de Morrazo que, con palos y estacas, amenazaron a unos nudistas acampados cerca de la playa de Barra, mientras la policía municipal desmontaba sus tiendas y la Guardia Civil estaba por allí. En el orwelliano 1984 el nudismo llevaba 15 años practicándose en la playa de Barra y había sido autorizado recientemente por el Gobierno Civil competente, el de Pontevedra.

El relato del asunto que hizo El País nombró a un cura de otro pueblo, no al que realmente participó. El periódico rectificó públicamente ese error en cuanto tuvo noticia (en la edición dominical, de circulación muy superior a la de los demás días de la semana), pero el cura mencionado en la primera información demandó a la periodista María José Porteiro y a la empresa editora de El País por intromisión en su honor.

De este modo el asunto estuvo bailando unos años y ocupó unos cuantos titulares. Los curas, policías y jueces de la Transición eran los mismos de la Dictadura, como sabemos. Así que condenaron a los demandados, que recurrieron a la siguiente instancia judicial, que ratificó la condena, y así sucesivamente hasta llegar al Tribunal Constitucional, a cuyos miembros, presumiblemente, no les había quedado más remedio que leer la Constitución, y por fin la periodista y la empresa quedaron exonerados en una sentencia del 21 de diciembre de 1992.

La de Barra, como muchas otras playas nudistas, no tiene un acceso demasiado fácil porque cuando la gente empezó a bañarse desnuda en España no lo hacía en las playas mayoritarias, más conocidas, sino en las más recogidas o inasequibles. Nunca hubo nudistas en el Sardinero, sino en Covachos, por poner un ejemplo próximo.

A pesar de ir a sitios recoletos, quienes se desnudaban entonces compartían el espacio con los textiles, la gente que usaba bañador. Al principio, la situación siempre era tensa, y hubo varios incidentes: no se llegó a las estacas, pero en varias ocasiones los nudistas hubieron de vestirse ante la actitud amenazante de grupos de textiles que esgrimían el sorprendente argumento de que “había niños”. Pero la cosa acabó normalizándose y en la playas del Norte los nudistas y los textiles compartían espacio, a diferencia de las de otros lugares donde cada playa era para unos o para otros, pero no se permitía la mezcla.

Más o menos por la misma época otro periodista de El País recorrió las capitales españoles, haciendo relatos ligeros, divertidos de lo que veía para su suplemento de verano. No he conseguido encontrar el artículo que dedicó a Santander, pero recuerdo que expresaba su sorpresa: “Aquí son todos fascistas —era aproximadamente lo que escribió—, pero vas a las playas y están todos desnudos”. Y, quitando la exageración propia de la escritura humorística, la cosa se aproximaba bastante a la verdad. Lo del fascismo venía porque delante del Ayuntamiento estaba la estatua de Franco montado a caballo (él sí, completamente vestido); único ejemplar todavía visible, creo, de una serie que se colocó en varias ciudades.

Ya no somos fascistas. Fuimos los últimos en retirar la estatua esa, tras Madrid, Valencia y El Ferrol (entonces “del Caudillo”), pero ahora somos monárquicos convencidos. Amamos tanto la monarquía que en Puertochico ondea una bandera monárquica que casi podría verse desde Pontevedra los días de bonanza. Es una bandera de matrimonio, como la de la plaza de Colón en Madrid; así los veraneantes capitalinos pueden sentirse como en casa.

Pero da la impresión de que al tiempo que nos hemos ido quitando del fascismo, también lo hemos hecho del nudismo, como si el periodista de entonces hubiera encontrado un vínculo profundo e insospechado entre ambos ismos. Hace unos días fui con mi familia a la playa asturiana de Torimbia, que todos los años aparece en las listas donde los periódicos recomiendan playas nudistas. Lo merece, desde luego, porque es hermosísima, aunque no sea especialmente fácil llegar a ella. Muchos años de nudismo la han convertido en uno de sus emblemas reconocibles, y no solo en España. Pero el otro día no lo parecía: había menos gente desnuda que en bañador.

Ya habíamos visto el mismo fenómeno en otros sitios. Ocurre que en la playas tradicionalmente nudistas, donde siempre se permitió su presencia, los textiles ahora parecen ser abrumadoramente mayoritarios, como en los tiempos heroicos. La diferencia es la falta de tensión, menos mal; los textiles no tienen problema en que los demás se desnuden y hay niños de ambos campos jugando juntos sin que a nadie le parezca mal.

Pero da qué pensar esta vuelta a los bañadores. ¿Existirá un vínculo profundo e insospechado entre los trajes de baño y la monarquía?

Fuente: eldiario.es Autor: Jesús Ortiz

La desconocida historia de los nudistas alemanes

Ni los nazis, ni los comunistas, ni la Segunda Guerra Mundial pudieron frenarlos: la desconocida historia de los nudistas alemanes.

Alguna vez policías alemanes patrullaron las playas amenazando a los nudistas con arrestarlos si no se ponían la ropa. Hoy parece una situación difícil de creer, dado que en ese país la práctica del nudismo es algo tan común como tomar cerveza.

La llamada “cultura del cuerpo libre” o FKK (por sus siglas en alemán) tiene una larga tradición que se remonta a hace más de un siglo. Los primeros nudistas no fueron “hippies” o manifestantes protestando contra algún gobierno, como podría pensarse.

Muy por el contrario, eran naturalistas que -después de la Primera Guerra Mundial- querían exponerse a la luz del sol y tomar aire fresco para tener una vida más saludable. Algunos historiadores han relacionado esta práctica con una forma de contrarrestar los efectos negativos de la industrialización.

Unos años después, cuando los nazis llegaron al poder, prohibieron oficialmente el nudismo. Sin embargo, algunos políticos terminaron viéndolo como una buena forma de promover la creación del “cuerpo ario perfecto”. Incluso la cineasta preferida de Hitler, Leni Riefenstahl, hizo documentales donde aparecían hombres atléticos y desnudos.

Alemania, unida por la desnudez, dividida por la actitud

“Hubo una glorificación del cuerpo desnudo en la propaganda nazi. Terminó convirtiéndose en un símbolo de una Alemania fuerte, joven y pura”, dice Josie McLellan, profesora de historia moderna de la Universidad de Bristol, Reino Unido.

El gobierno quería prohibirlo

A sus 87 años, Wolfgang Haeder recuerda que solía ir desnudo a la playa en los primeros años del gobierno comunista en la ex República Democrática Alemana (RDA).

“Hombres y mujeres andábamos desnudos por la playa. Nadábamos, practicábamos deportes y no teníamos ninguna vergüenza porque para nosotros era algo completamente normal”.

“Teníamos la sensación de que las personas eran iguales y eso hacia que el nudismo fuera, por decirlo de algun modo, muy democrático”, Wolfgang Haeder, nudista alemán en la ex RDA.

Aunque no era ilegal, a comienzos de los años 50 existía una política de “desaprobación” del partido comunista hacia los naturalistas que promovían el nudismo, con algunas autoridades pidiendo que se prohibiera.

Fue en esa época que algunos policías amenazaban con detener a los nudistas, pero como era una práctica permitida por la ley, muchos de los veraneantes se reían y hasta los desafiaban poniéndose pantis.


Un “desnudo democrático”

Poco a poco el nudismo fue tolerado y finalmente el movimiento naturalista se expandió rápidamente por la costa báltica, a tal punto que comenzaron a abrirse oficialmente playas para los naturalistas del FKK.

“Teníamos la sensación de que las personas eran iguales y eso hacia que el nudismo fuera, por decirlo de algún modo, muy democrático”, dice Haeder.

En la actualidad algunos defensores de la “cultura del cuerpo libre” plantean que el nudismo tiene que ver con un estilo de vida que pasa por el respeto a la libertad de las personas y al medio ambiente. Y otros simplemente disfrutan del sol con el beneficio de broncearse sin las marcas del traje de baño.

Este artículo está basado en un reportaje del periodista Mike Lanchin del programa radial Witness, del Servicio Mundial de la BBC.

Fuente: bbc.com

Fuente de las imágenes: FKK Museum, de su “sala” de postales.