Desnudos en el cine: actrices y actores que se animaron a romper el tabú y la censura

Hedy Lamarr se pasea por un ambiente agreste e ingresa al agua. No lleva ropa. Flota, desinteresada, de espaldas, haciendo la plancha. La película habría pasado desapercibida sin esa decisión, sin esa escena. El director checo Gustav Machaty rompió un tabú, quebró una barrera y se animó a hacer lo que pocos: se animó a mostrar el cuerpo desnudo de su actriz.

Hedy Lamarr en Éxtasis, de Gustav Machaty.

Ella, Hedy Lamarr, atravesó con su osadía los tiempos. Era 1933 y Éxtasis, cuya copia restaurada se presentó en el reciente Festival de Venecia, se convirtió, para muchos, en la primera película que mostró un desnudo femenino integral. Pero esta supuesta cualidad pionera de aquella película se puede desmentir con facilidad porque en realidad hubo otros largometrajes que con anterioridad mostraron a sus actrices desnudas.

La censura en 1907 había dado cuenta de algunos filmes de la era muda como The Serpentine Dance, donde se veía a mujeres bailando sin ropa. En 1915 Annette Keellerman en Daughter of Gods también se desnudó. Su larga cabellera cubría sus senos y hubo otros ejemplos que llegaron antes que la famosa escena de Lamarr. Hasta en alguna parte de la saga de Tarzán de Johnny Weissmuller, aprovechando el ámbito salvaje, se vieron pechos femeninos con naturalidad. Además, durante aquellos tiempos, en historias ambientadas en la antigüedad se llegaron escenificar algunas orgías.

Hedy Lamarr en Éxtasis, de Gustav Machaty.

Si Éxtasis tiene una escena revolucionaria no es la del desnudo de su protagonista, sino aquella en la que tiene sexo con un hombre. Naturalmente no se ve nada de lo que sucede con los cuerpos pero el plano de la cara de la actriz gozando marcó un hito. Ese fue el aporte verdaderamente novedoso y revolucionario de la película. Después de todo,  es el primer orgasmo femenino del cine.

El férreo Código Hays y la censura

La historia del desnudo en el cine se convierte, de manera inevitable también, en la historia de la censura cinematográfica.

Durante décadas en Hollywood la censura estuvo regida por el férreo Código Hays. El nombre se lo debe a William Hays, que había presidente del Comité Nacional Republicano y Director del Correo. Hays no sólo confeccionó una serie de restricciones y directivas que debían cumplir las producciones cinematográficas, sino que también cuidó de su aplicación mucho tiempo.

Las fotos que circulan de él muestran una fisonomía de personaje de historieta: cara alargada, mirada grave y triste, un aire solemne. Sobre su figura corrieron todo tipo de rumores nunca comprobados. Uno de ellos sostenía que la esposa en el juicio de divorcio declaró que su (ex) marido creía que los órganos sexuales femeninos estaban ubicados en el ombligo.

El código creado por Hays no admitía excepciones en cuanto al desnudo ni a todo lo relativo a la sexualidad. Previsor, también castigaba las alusiones por más indirectas que fueran. Su aplicación estricta tuvo como consecuencia un cine que esquivaba esos temas, que se autocensuraba. Un mundo de besos pudorosos, amantes siempre vestidos, manos quietas.

Janet Leigh en Psicosis, de Alfred Hitchcock.

Las alusiones extremadamente veladas, los cortes y las situaciones resueltas en la sala de montaje dominaban la escena. Un plano de una cara que se corta al llegar al cuello, el siguiente sobre unas piernas, el tercero de ropa amontonado en el suelo. Eso era todo lo que se podía mostrar. Directores con gran habilidad como Alfred Hitchcock podían resolver con esos trucos (como en Marnie o la escena de la ducha de Psicosis) pero nada se veía. El público debía imaginar el resto, es decir casi todo.

Naturalmente el Código Hays seguía imponiendo restricciones que nadie se animaba a saltarse. A partir de los inicios de la década de los 60 empezó a ser desafiado por algunos pocos directores que intentaron estirar los límites. La autocensura se imponía. Recién en 1968, Hollywood derogó ese conjunto de reglas y las pantallas se liberaron.

A partir de esa fecha rige el código de calificación de la MPAA (Motion Picture Association of America). Eran otros tiempos. Una nueva generación de cineastas se imponía y el público deseaba y exigía que las historias les fueran contadas de otra manera. Empezaron años en que los desnudos, las escenas de sexo y las de violencia surgieron en las películas. Es decir, todo aquello que el Código Hays no permitía.

El director de cine Russ Meyer en Londres en 1999.

En 1959, un joven director fundó un género, el Nudie. Russ Meyer, con cualquier excusa argumental, lograba poner en escena decenas de mujeres desnudas. De Inmoral Mr. Teas hasta Más allá del valle de las muñecas. Meros pretextos para que el público pudiera ir a la salas para ver pechos: las mujeres de Meyer eran turgentes, como dibujadas con un compás, todos los contornos redondeados. Chicas voluptuosas y alegres correteando, sin ropa, en diferentes paisajes.

En los años de la proscripción de los desnudos y el sexo en el cine, otra manera en que algunos directores intentaron brindar cuerpos sin ropa fueron los largometrajes naturistas. Disfrazados de intentos de búsqueda antropológica, exhibían la cotidianidad de un campo o una playa nudista. Así se aseguraban vellos púbicos, pechos y penes en un contexto que los justificaba. Eran documentales que, sin escenas sexuales, pretendían despertar la imaginación y las fantasías del espectador.

Estas películas de géneros restringidos no tenían exhibición en las grandes salas, ni en las cadenas. Sus posibilidades quedaban reducidas a las Grindhouses, cines de menor calidad que generalmente pasaban películas en continuado con un catálogo nutrido de películas de explotación (Sexplotation) filmadas desprolijamente, con poco presupuesto y en las que las escenas sexuales y los desnudos se metían en la trama de manera frecuente y arbitraria.

Un gran cimbronazo se produjo en 1973 con el inesperado éxito de Garganta profunda. Un film pornográfico. Ya no se trata de algún desnudo, ni siquiera de erotismo. Eran escenas sexuales explícitas detrás de un argumento endeble como el de una mujer que descubre que padece de una anomalía anatómica: su clítoris se encuentra en un lugar tan insólito como la garganta. Esa película, hecha con unos pocos miles de dólares, recaudó en los cines varias decenas de millones. Se convirtió en la que mayores beneficios produjo en la historia en relación a su presupuesto original.

Caligula, del director Tinto Brass, estrenada en 1979.

Calígula, la película de Tinto Brass que marcó una época, tiene una historia detrás que explica algunas cuestiones más allá de la pequeña revolución que causó con su estreno a principios de los 80. El elenco estaba integrado por actores de prestigio como Peter O’Toole, Malcolm McDowell, John Gielgud y Helen Mirren. El productor Bob Guccione, dueño de la revista Penthouse, filmó de noche en los mismos decorados escenas explícitas de grandes orgías que cambiaron el signo (y la reputación) del largometraje.

Varones sin ropa

El desnudo masculino tiene una historia menos frondosa que el femenino. Así como se conocen los hitos en la progresión de las mujeres desnudas, no sucede lo mismo con los varones. Hasta hace muy pocos años Hollywood ha retaceado la desnudez masculina. Un ambiente pacato y machista lo permitía.

Así, cuando aparecían hombres sin ropas en las películas la mayoría de las veces se daba en situaciones humorísticas o paródicas. El recurso de la lámpara, la cabeza de otra persona o el sillón justo tapando los genitales masculinos. La diferencia en el tratamiento entre los sexos era evidente.

Otra característica a destacar: a las grandes actrices se les exigió durante años escenas que implicaran que mostraran el cuerpo pero eso en muy escasas ocasiones ocurría con las estrellas masculinas. En películas donde el sexo tiene una presencia contundente y central como, por ejemplo, en El último tango en París o en los thrillers eróticos de Adrian Lyne de los 80 hay mucha mujer al natural, mucho sexo y casi nada de piel masculina.

Richard Gere en American Gigolo, de 1980.

En 1980 Richard Gere hizo un desnudo frontal en American Gigoló, pero se debe tener en cuenta que todavía no tenía status de súper estrella. En los últimos años esta situación cambió. Actores muy relevantes como Ewan McGregor, Michael Fassbender, Daniel Craig, Vincent Cassell o hasta un personaje anda con su miembro azul al aire en cada aparición como en Watchmen se han expuesto en pantalla.

El cine europeo tuvo menos problemas y más osadía. Ahí están las películas de Ingmar Bergman, Pier Paolo Passolini o la escena de Novecento de Bernardo Bertolucci con la famosa doble masturbación a Robert De Niro y Gérard Depardieu. Ya Leni Riefenstahl en el prólogo de Olympia mostraba cuerpos de ambos sexos al natural, como expresión del ideal helénico. En Oriente siempre fueron más pudorosos. Y en Japón el cine porno llegó a pixelar durante años los órganos sexuales, aunque pudiera adivinarse detrás de esas manchas perfectamente lo que sucedía. Con la excusa de la coproducción con Francia, Nagisa Oshima logró sortear esa restricción en El imperio de los sentidos, historia trágica de amor que contenía escenas sexuales explícitas.

Mientras tanto, las erecciones siguen siendo un gran tabú y tienen muy escasa presencia en la pantalla.

La historia del desnudo en el cine recorrió un camino lleno de ripio en más de un siglo. Entre los críticos se los ha calificado como “cuidados”, “justificados”, “gratuitos”. Por su parte, las actrices y unos pocos actores han justificado su aparición con escasa ropa mientras que el público ha seguido con atención -y no sin morbo- cada una de estas escenas.

La llegada de internet, con el acceso más sencillo a material que antes era de alcance casi imposible, ha naturalizado situaciones. Cada cual en la red puede encontrar lo que busca.

Sin embargo, Hollywood con su vocación cada vez más acendrada de no molestar a nadie, de hablar cada vez de menos temas, de no bucear en los matices, involuciona y a sus historias las carga de moralina y un falso ascetismo. Un puritanismo que prefiere mostrar cada vez menos en una época en que cada vez se ve más.

Fuente: Infobae. Texto: Matías Bauso.

La persecución de los hippies en Formentera 1968/70

El confidente de la policía, el rector de Sant Ferran, estaba escandalizado con el nudismo: “No eran jóvenes violentos, pero si de vez en cuando alguno se agitaba, le dábamos cuatro hostias”.

Lejos de una supuesta tolerancia y pese a la idealización promovida por el marketing turístico, el pasado hippie de Formentera está marcado por la persecución y posterior expulsión de cientos de jóvenes por parte de las autoridades franquistas, la Guardia Civil y grupos organizados de formenterenses en el periodo 1968/70. A partir del verano de 1967, “verano del amor”, Formentera e Ibiza se convirtieron en una escala señalada en la ruta que miles de jóvenes occidentales emprendían con destino a la India y Afganistán.

Desde la llegada de los primeros “peludos” -como se conocían en la isla aquellos jóvenes, la mayoría estadounidenses, británicos y franceses, que se bañaban desnudos, trabajaban poco y vivían con menos- hubo formenterenses que mostraron su rechazo, pero al mismo tiempo, muchos residentes veían con buenos ojos a aquellos extranjeros que alquilaban casas aunque estuvieran en mal estado, consumían en los bares y compraban en las tiendas. Como señala el libro “La repressió franquista del moviment hippy a Formentera” las autoridades del régimen contemplaban con preocupación el hecho de que el colectivo hippie fuera visto con complicidad, incluso simpatía por una parte notable de la población de Formentera, una tolerancia que amenazaba en expandirse al resto del país. Para despejar cualquier cuestionamiento sobre la moral imperante en la Dictadura, los mandos franquistas planificaron una operación para cambiar la percepción sobre aquellos jóvenes harapientos que daban a la isla “un aspecto de pobreza, miseria y abandono” y con los que se había llegado a un extremo nunca pensado: es muy difícil ir a la playa sin ver varios casos (de nudismo), según consta en uno de los informes que escribió el rector de Sant Ferran, Pep Costa, quien ejercía de confidente de la policía.

El 27 de agosto de 1969 el diario ABC publicó un artículo que tuvo gran repercusión en el que se narraba una fiesta de luna llena en una cueva de Formentera, un espectáculo dantesco donde cientos de jóvenes (…) totalmente desnudos y presos de los efectos (…) de la droga estaban sentados alrededor de una calavera, que habían obtenido profanando un cementerio. Además, el artículo, orquestado desde la Dirección General de Seguridad, explicaba que en el encuentro participó una menor de edad hija de diplomático, por lo que el fenómeno hippie quedaba etiquetado como potencial pervertidor de la juventud española, bienpensante y católica.

En ámbito local, pocos días antes de esta publicación, el alcalde de Formentera, Antoni Serra Torres (primer edil desde 1938) remitió una carta al Gobernador Civil pidiendo contundencia contra los hippies, que llevaban una vida licenciosa y descontrolada, dedicándose al pillaje de fruta y manteniendo una conducta extravagante y antisocial que minaba el patrimonio de la juventud isleña. Pocos días después, se da entrada en el Ayuntamiento a un escrito firmado por unos 200 cabezas de familia en el que se solicita que se impida la entrada a la isla de estos jóvenes que practican el desnudismo y el amor libre y que según cálculos del Gobierno Civil eran unos 700 en 1968 y 1.300 en 1969, sobre una población de poco más de 3.000 formenterenses que a su vez ofrecían casi 1.000 plazas de alojamiento turístico.

La participación activa de los formenterenses en la represión del hippysmo fue descrita por primera vez por el sociólogo Carlos Gil en 1971, quien apuntó que se ha formado un grupo de ciudadanos que recorría la isla, echando a todos los que dormían bajo los árboles o en la playa y añade, un hecho que muchos residentes consideraban arbitrario y un atentado contra la libertad. Hoy, un jubilado de 68 años, que prefiere mantenerse en el anonimato, recuerda que cuando tenía 20 participó en estas “batidas”: Íbamos de noche o madrugada, en grupos entre cinco y ocho jóvenes de Formentera, siempre acompañados de un Guardia Civil, buscando por los bosques de Migjorn a todos aquellos que dormían al raso o bajo los árboles. Se encontraban a muchos, una vez había unos dos centenares alrededor de la torre Pi des Català. Estos contingentes no iban armados, “ni siquiera con palos” para aquellos extranjeros no eran nada violentos: incluso a alguno le cortamos el pelo y tampoco presentó resistencia, sólo de vez en cuando alguno se agitaba y le dábamos cuatro hostias, pero era poco habitual. El objetivo era conducirlos a pie o en camiones hasta el cuartel de la Guardia Civil, una vez llevamos a 120, asegura el testigo. Por este motivo se agilizaron las expulsiones, que en 1970 llegaron a las 3.000 en las Pitiusas, se intensificó la aplicación de la ley de “Vagos y Maleantes”, se clausuraron casas alquiladas a hippies y se controlaron los accesos para vía marítima a Formentera, exigiendo buen aspecto y mostrar dinero en metálico antes de embarcar.

La represión tuvo como consecuencia una reducción importante del flujo de jóvenes alternativos que el verano de 1971 llegaron a Formentera en búsqueda de su propia Ítaca, mientras que los que eligieron quedarse se convirtieron en artesanos o artistas que abandonaron la resistencia pasiva y pasaron a mostrarse más activos buscando artimañas legales para esquivar a las autoridades y convertirse en residentes de la isla. Casi cincuenta años más tarde de la llegada de aquella ola de cabellos despeinados, ropas de colores y aroma de marihuana, hoy nadie niega la contribución de aquellos jóvenes, la mayoría universitarios y de clase acomodada, que ayudaron a difundir en todo el mundo los encantos de Formentera como un destino turístico natural y auténtico.

Fuente: proximoferry.com Texto: Josep Rubio

Información relacionada:

Juventud Marginada (Carlos Gil Muñoz).
Formentera una comunidad en evolución (Carlos Gil Muñoz).
La repressió franquista del moviment hippy a Formentera (Joan Cerdà Subirachs i Rosa Rodríguez Branchat).

Pasear desnudo por Barcelona es ilegal, salvo en algunos sitios

Una ordenanza del Ayuntamiento multa entre 300 y 500 euros a las personas que paseen desnudas o sin bañador por la vía pública.

Hasta hace siete años practicar nudismo en Barcelona se veía como algo habitual. Especialmente cerca de las zonas costeras. Si paseabas por La Rambla o Plaça de Catalunya te cruzabas con Esteban, un hombre mayor que enseñaba que sus tatuajes y piercings decoraban los lugares más insospechados. También estaba Jacint Ribs, que solía ir en bici en chanclas y mochila. Nada más. Eran imágenes incómodas para los caracteres más sensibles pero no dejaban de dar cierta imagen hippie de la capital catalana.

Más ejemplos en pelotas. En junio de 2004 llegaba el primer crucero naturista de Europa con 450 pasajeros a bordo. Un año antes, el artista Spencer Tunick había batido el récord mundial de fotografía con nudistas al reunir a 7.000 personas en el Palau de la Metal·lúrgia de Fira de Barcelona. Incluso una discoteca de Cornellá tenía un espacio reservado que no dejaba lugar a la imaginación. Era una época dorada de libres “domingos y domingas”. Estos tiempos se fueron al lastre con la aprobación de una ordenanza municipal prohibiendo pasear por los espacios públicos sin ropa o en bañador, aprobada en 2011.

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Díptico municipal del 2004 defendiendo el derecho a la desnudez.

La nueva normativa, vigente a día de hoy, multa con 300-500 euros a las personas que estén desnudas en los espacios públicos. Dato, es mayor que si te pillan conduciendo por exceso de velocidad. La Federación Española de Naturismo y la Associació per a la defensa del nut a la nuesa se pusieron manos a la obra para recurrir esta normativa. Tanto que han extendido su recurso contra la misma hasta el mismo Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. A su parecer, atenta contra la libertad ideológica y de opinión, ya que les impide manifestarse tal y como son.

Playas nudistas en Barcelona

El colectivo naturista no lo tiene todo perdido. Hay ciertos espacios en los que pueden dejar que la brisa airee todo su cuerpo. Son las playas que están repartidas por todo el territorio. Las más populares son la Mar Bella y la de Sant Sebastiá, aunque no son nudistas al 100%, sino que existe un espacio habilitado para mostrar “tus vergüenzas”. La próxima vez que te ases de calor, ya sabes dónde ir.

Fuente: laramblabarcelona.com

El nudismo y los primeros anarquistas españoles

Lo normal es que una noticia o un suceso llamativo te lleve a buscar lecturas sobre las materias con las que está relacionado, pero puede ocurrir al revés. Toda la polémica de los burkinis de este verano a mí me pilló acabándome “La pérdida del pudor. El naturismo libertario español (1900-1936)“, La Malatesta Editorial, de Mª Carmen Cubero Izquierdo, historiadora que forma parte del grupo de estudios Historia de la Prisión y las Instituciones Punitivas.

El libro es un trabajo que estudia la importancia de la ideología anarquista en la aparición del naturismo en general y el nudismo en particular en la España de principios del siglo XX y su auge en los años veinte y treinta. Me resultó imposible no contrastar lo que se lee en estas páginas —detenciones, multas, persecución de nudistas y secuestro de sus libros— con las imágenes de la policía francesa en las que daba la impresión, así lo registró la prensa, de que a una mujer la estaban multando por ir a la playa demasiado vestida.

En la España de entonces la situación era bien distinta. Este libro recoge que la prensa hablaba de los nudistas en términos de “salvajes y primitivistas”. El conspicuo Ortega y Gasset tachó esta actividad como una actitud “infantil”, entre las risas de los presentes a una de sus conferencia. Gran parte de la prensa se echó encima de los que se desvestían. Y aunque ABC, por ejemplo, se llenó de artículos en contra, mofándose y criticando a partes iguales a la gente que hacía excursiones para quitarse la ropa, o se bañaba así en ríos o en el mar, también publicó algún texto muy valioso a favor de los nudistas, como un extenso artículo de Adolfo Marsillach y Costa en 1931 que venía a sostener todo lo contrario de lo que esgrimían los sectores más pudorosos y conservadores de la sociedad de entonces.

El periodista hizo una defensa que incluso a día de hoy no es frecuente leer o escuchar. Dijo que la “inquietud sexual era la enfermedad del alma moderna y que no había otra forma de acabar con ella que no fuese el propio desnudismo. El desnudo absoluto es casto”, afirmó. Y puso ejemplos: “Hasta ahora no se ha registrado entre los desnudistas catalanes el más leve caso de impureza. No ha habido que lamentar la menor transgresión de los preceptos morales establecidos (…) no hay nada más inocente que sus juegos. Bailan la sardana y danzas rítmicas, juegan a la comba y a las cuatro esquinas”.

La autora de este libro, Cubero, a continuación también cita otros artículos que se hicieron eco del de Marsillach y su punto de vista. Uno de ellos iba más allá: “El vestido es la causa, el origen de la inquietud sexual, hoy aguda enfermedad del alma. Con el vestido, el individuo toma para sí lo que no es suyo, imagina, fantasea, dibuja, siempre fuera de la realidad”.

Pero estaba muy lejos de la intención de los poderes fácticos combatir la neurosis sexual que tanto y tan hipócritamente les molestaba si no era con tácticas medievales. Hasta el papa se pronunció sobre la oleada de nudismo que apareció en la España de los años treinta: “La vida pagana de hoy ataca a todos los actos habituales de nuestra actividad: los placeres, los divertimentos e impudicia superan, en mucho, a los de la antigüedad pagana: pues se rinde culto al desnudismo”. Advertencias que no cayeron en saco roto; la autora, para ilustrar las reacciones, recoge un caso en el que unas alumnas de Barcelona denunciaron a su profesor de gimnasia, que era naturista, por proponerlas hacer gimnasia nada menos que en mallas.

Estos movimientos que habían puesto en estado de histeria a los sectores conservadores de la sociedad venían originalmente de Alemania, cuenta la obra. Durante el siglo XIX, con la revolución industrial, fueron surgiendo tendencias higienistas que pretendían «regenerar» a la especie humana, la cual entendían que estaba amenazada por el avance de la industrialización.

La vida moderna era “artificial”. No solo por la industria, también por el auge de las tabernas y vicios como el café, el alcohol y el tabaco. Ellos proponían dietas vegetarianas, baños de sol al aire libre y alejarse de las ciudades, madres de la degeneración, y sus antros oscuros llenos de humo.

Aunque hubo socialistas alemanes que pusieron en práctica estas ideas, los higienistas fueron derivando hacia las ideas extremistas. Huir de la ciudad pasó a ser un ejercicio de admiración del campo, el bosque y las montañas ¡la patria! Y detrás llegó el culto a los cuerpos perfectos, esculturales, de proporciones basadas en el ideal grecolatino… Los hijos de la sagrada nación. Estos naturistas se fueron politizando, llegaron al extremo de exaltar la sangre alemana y cayeron en el nacionalismo, primero, y en la paradoja, después, ya que sus prácticas fueron terminantemente prohibidas por los nacionalsocialistas en cuanto tomaron el poder en 1933. No obstante, habían convertido el naturismo en una expresión ultraderechista.

En España, sin embargo, esto no fue así. Los viejos ideales decimonónicos naturistas fueron recogidos por la izquierda y muy en particular por el discurso cultural del anarquismo, explica la historiadora. Aquellos españoles no se desnudaban por la patria, sino por la emancipación. La desnudez simbolizaba la liberación del cuerpo y el rechazo a “un sistema de valores obsoleto e hipócrita”. Se despreciaba la vida urbana de hacinamiento e insalubridad. En un artículo citado de Federica Montseny, la cenetista se quejaba de las condiciones de vida urbanas: “Vamos huyendo del sol para hundirnos en la electricidad”.

La fecha de llegada “oficial” del naturismo a España fue la fundación en Madrid de la Sociedad Vegetariana Española en 1903 y en 1915 apareció en Valencia la revista Helios, que comenzó a difundir todas estas ideas. Hubo episodios aislados desde entonces relacionados con estas nuevas teorías, pero no fue hasta los años veinte que estalló el fenómeno por una razón muy sencilla: simplemente, se pusieron de moda.

Sin embargo, una de sus actividades, el excursionismo, sirvió a los grupos políticos para confraternizar y, también, durante el régimen de Primo de Rivera, para preparar acciones de protesta y ocultarse. Con todo, la CNT y las Juventudes Libertarias fueron las que más impulsaron el fenómeno.

No sin debates y polémica. Tal y como relata la autora, para sectores anarquistas antes que preocuparse por este tipo de actividades alternativas o contraculturale, había que realizar la revolución social y económica. Para otros, esa revolución no llegaría sin la liberación naturista. Hubo quejas del cariz que tomaban los acontecimientos cuando el naturismo, a juicio de algunos anarquistas, no era más que un pretexto para que un hombre estableciera e impusiera nuevas leyes creadas por él, por muy alternativas que fueran. Y cualquier deriva mística, las doctrinas espiritistas, o culto a la madre naturaleza también sufrieron enmiendas a la totalidad. No podía haber ningún tipo de deísmo, aunque estuviese dedicado al entorno, “un hombre que creía en un dios, fuera este el que fuese, no podía ser libre”, explica Cubero. Y, por supuesto, también se cargaron las tintas contra todos los pseudodoctores que fueron proliferando que se servían de estas teorías para vender productos dietéticos o vegetarianos. Para mercantilizar el naturismo al fin y al cabo.

Las citas de los intercambios dialécticos en la prensa anarquista son de traca. Se quejó el articulista Julio Enrique de que sus compañeros se burlaban de sus ideas, y escribió: “Nosotros, los naturistas anarquistas, no queremos hacer la revolución con repollos y otras hortalizas como algunos camaradas nos echan en cara (…) la revolución no se hará comiendo alcachofas, pero tampoco bebiendo alcohol”.

Con la llegada de la II República creció el fenómeno aún más y su eco en al prensa. Especialmente en el periodo radical cedista las autoridades se cebaron contra el nudismo. Hubo secuestros de publicaciones, encarcelamientos y multas. Una represión que no solo la ejercía el Gobierno y las autoridades, sino también grupos de fascistas. Pero en esta época el debate ya no solo se trataba de la liberación simbólica del cuerpo. También entraban en liza la liberación sexual y el amor libre. Explica la autora:

“Los defensores de la liberación sexual y el amor libre denunciaban esa hipocresía manifiesta que existía dentro de una sociedad fuertemente arraigada a las costumbres católicas que reprimían el cuerpo y todos sus impulsos, así como también se criticaba insistentemente la doble moral y los prejuicios que aún permanecían cegando a los seres humanos, impidiéndoles emanciparse y rodeando el cuerpo y el sexo de un halo de obsesión casi neurótica”.

Hubo anarquistas franceses, como Jean Grave, que vieron en estas teorías un espíritu “burgués, impropio y sucio”. En Francia la oleada naturista tampoco se instaló en la sociedad sin conflicto. Cubero cita casos de nudistas tratados a latigazos en plena playa. Pero en general, para los anarquistas españoles fue un ejercicio de afirmación, de liberación, puesto que la ropa para ellos no era más que otro “marcador clasista”. Entendían desnudarse como una muestra de sinceridad y forma de relacionarse con la naturaleza más estrecha y auténtica. Nunca vieron que el cuerpo desnudo pudiese ser una fuente de deseo sexual o lujuria, puesto que entendían que el contenido sexual del cuerpo venía dado por una tradición cultural con la que precisamente querían romper.

El drama, para Mª Carmen Cubero Izquierdo, es que si entras en conflicto con las bases de tu propia cultura te arriesgas más que si te limitas a incumplir alguna ley de tu sociedad. Los principios morales y culturales aportan seguridad a la gente y cuestionándolos la sumerges en la incertidumbre y el miedo. Pero concluye: “Las ideas que deja la contracultura dejan un poso de los que se apropian las generaciones venideras”.

Así ha sido y así fue incluso en su momento. Si bien todos los españoles no se sumaron en tropel a la nueva moda, sí lo hicieron al “semidesnudismo”. Las playas de aquellos años empezaron a llenarse de maillots. La prensa dio cuenta de cómo se multiplicaron de un año a otro y admitieron que ya nada podía hacerse para dar marcha atrás. Un texto en el suplemento del ABC, Blanco y Negro, en su sección “La mujer y la casa” apartado “Las charlas del salón de te”, ya era un grito de impotencia desesperado. El autor llegaba a preguntarse qué sería de costureras, modistos y fabricantes de tejidos si la fiebre por llevar menos ropa en la playa o en la montaña seguía creciendo. El remate del texto no tenía precio, decía: “¿Se ríe usted?”.

Lo que ocurrió después de 1939 ya lo tratamos aquí en su día en la serie “El sexo en el franquismo” y la nueva relación que se estableció con el cuerpo humano bien la pueden resumir estas palabras de Francisco Umbral: “Nos enseñaron a odiar el propio cuerpo, a temerlo, a ver en su desnudez rojeces de Satanás, repeluznos de Luzbel, frondosidades infernales. Odiábamos nuestro cuerpo, le temíamos, era el enemigo, pero vivíamos con él, dentro de él, y sentíamos que eso no podía ser así, que la batalla del día y de la noche contra nuestra propia carne era una batalla en sueños, porque ¿de dónde tomar fuerzas contra la carne si no de la propia carne? Había un enemigo que vencer, el demonio, pero el demonio era uno mismo”.

Fuente: jotdown.es Texto: Alvaro Corazón Rural.