Nuestra mirada cultural sobre la desnudez

Griegos y romanos rindieron culto artístico a la desnudez como muestran sus respectivos legados escultóricos. En las pinturas y esculturas renacentistas también se prodiga, según muestran las obras de Miguel Ángel o Cranach el Viejo.

Contra lo que solemos creer, incluso en el arte románico cuanto se relaciona con la desnudez y lo erótico queda esculpido con una enorme naturalidad, sin censuras, al ser un fiel reflejo del entorno social, como sucede verbigracia en San Pedro de Villanueva.

Pero por contra la época victoriana hizo de todo ello algo vergonzoso, y lo más curioso es que tal actitud cuente con antecedentes incluso en esa época libertina descrita por Las amistades peligrosas, como testimonia Diderot en el Suplemento al viaje de Bougainville, al comparar la castidad europea de los monjes con las costumbres del pueblo tahitiano en materia sexual.

Cabría preguntarse cómo se relaciona nuestra época con estos temas y si se han heredado funestas inercias de otros tiempos, cual sería el caso de asociar sin más la desnudez con una disponibilidad sexual femenina.

¿Un castigo divino?

Sin ir más lejos, el catolicismo tiene una relación muy compleja con el cuerpo humano. Por un lado cree que resucitaremos tal cual. Aun cuando no se sabe si como niños, jóvenes o mayores, inmaduros, decrépitos o pletóricos. En todo caso, recobraremos la prisión somática que ha tenido encapsulada nuestro alma inmortal.

Pero hasta que llega el momento de la resurrección, esta religión propone, habitualmente, avergonzarse del propio cuerpo en su desnudez, nada menos que como un castigo divino por haber pretendido degustar los frutos prohibidos del árbol de la sabiduría. E incluso tiende a flagelar al cuerpo para evitar caer en una u otra tentación. Al menos eso es lo que ha ocurrido en alguna épocas y sigue sucediendo en ciertos lugares.

Bien al contrario, para muchos la desnudez no es una provocación sexual, sino lo más natural del mundo. Porque sólo la mirada puede resultar lasciva, mas no el cuerpo mismo. Al margen de que lo cubramos con una u otra indumentaria más o menos escasa. Eso es lo que propugna la magnífica letra del viral himno feminista chileno Un violador en mi camino. El problema lo tiene quién se siente provocado por sus propias fantasías.

El funesto morbo de las miradas lascivas

Que un desnudo del Siglo XVI, obra de Lucas Cranach el Viejo, sea censurado hoy en día para ser exhibido como anuncio de una exposición pictórica, delata toda una patología social. En 2008 se desechó una Venus del pintor germano por no considerarse conveniente que se pudiera ver en el Metro londinense.

Al parecer, nunca faltará quien pretenda cubrir con alguna indumentaria las figuras del Juicio final de Miguel Angel o poner a buen recaudo El jardín de las delicias del Bosco. Ni quienes hagan revestirse a las mujeres desde la cabeza hasta los pies para no verse tentados por los avatares de su propia imaginación.

El dogma de la virginidad exalta una divinizada pureza que alberga una visión enfermiza del parto. Ese morbo que recubre a la castidad acarrea graves consecuencias para las mujeres. Algunos contextos hacen cifrar a parientes o esposos la honra en el himen de “sus” mujeres, tal como muestra la película Mustang, donde los adultos consideran obscenos y procaces el jovial e inocente comportamiento de unas cándidas adolescentes.

Igualmente algún inquisidor consideró diabólicamente lascivas ciertas danzas o canciones populares, como muestra el film Akelarre presentado al Festival cinematográfico de San Sebastián.

Sin embargo, algunos no hacen ascos a la violación o el incesto, al verse “provocados” por sus delirantes fantasías. En El Salvador, mujeres que abortan espontáneamente, sin habérselo propuesto, son condenadas a penas de hasta tres o cinco décadas por haber “asesinado” a sus hijos.

Mientras que sus violadores quedan impunes de tales agresiones y de sus funestas consecuencias. A las mujeres encarceladas en cambio el estigma les persigue incluso dentro del presidio.

La patológica empatía con los violadores grupales

Que un magistrado aprecie “ambiente de jolgorio” y algún tipo de disfrute al visionar unos vídeos donde cinco varones violan a una joven amedrentada por la situación resume cuanto pueda decirse al respecto. Es obvio que se identifica con los miembros del grupo en cuestión y le cuesta ponerse al otro lado. Sin imaginar que le podría pasar otro tanto a una familiar como a él mismo, llegado el caso.

Afortunadamente una sentencia del Tribunal Supremo vino a poner las cosas en su sitio. Al imputar como colaboración las violaciones perpetradas a la víctima por los demás participantes. Con ello se penaliza como corresponde unos abusos que nunca pueden ser imputables a quien los padece.

De las relaciones prematrimoniales al porno duro

Estudios recientes apuntan a que ahora la juventud consume desde muy temprano pornografía de alto voltaje y se modela su educación sentimental con esas imágenes. Esto ciertamente no puede ayudar a tener unas relaciones eróticas gratificantes. Porque la tendencia será tener como referente la desmesura de una práctica sexual extrema.

En cambio, hace unas pocas décadas la gran cuestión versaba sobre las relaciones prematrimoniales. Y los noviazgos parecían adquirir mayor solera cuanto más tiempo se respetara la castidad. Eso por lo que tanto se preguntaba en los confesionarios. Como si no hubiera mayores pecados por los que pedir absolución.

La ventana indiscreta y el anillo de Giges

Recordemos al protagonista de La ventana indiscreta. Ese fotógrafo que no puede salir de su casa por tener la pierna escayolada y desde su ventana ve todo cuanto hacen sus vecinos, que incluso duermen al raso en sus balcones a causa del calor estival. Su curiosidad le hará descubrir un asesinato. Pero el caso es que seguramente nosotros, en un caso similar, tampoco dejaríamos de intentar distraernos escudriñando las actividades del vecindario exhibidas antes nuestros ojos.

La fábula del anillo de Giges aborda el voyerismo y aventura una hipótesis al respecto. Si fuéramos invisibles, ¿no tenderíamos a echar una ojeada donde no lo esperan? Es muy probable. Sobre todo si la desnudez es un tabú y se la maldice como algo pecaminoso. Porque de lo contrario seguiremos mirando, ciertamente, pero sin avidez ni compulsión algunas. Allí donde se practica el nudismo la desnudez pierde su morbosidad, aunque conserve un encanto homologable con el disfrute de cualquier otra belleza natural, como los árboles de un bosque o las piedras bañadas por un arroyo.

¿Qué hay de malo en la desnudez?

En ciudades como Berlín hay algún paradisiaco balneario nudista de carácter mixto en cuyas instalaciones varones y féminas comparten vestuarios, duchas, piscinas y saunas con total naturalidad. Sin tener para nada en cuenta el género, la edad o las condiciones físicas. Tan sólo una cultura nudista bien asentada permite que todo ello transcurra sin estridencias. Aunque lo mismo pueda suponer un escándalo en otras latitudes. O cuando menos algo no carente de múltiples prejuicios.

Es admirable comprobar cómo en ese contexto se difuminan los oropeles externos que denotan una u otra clase social y el modo en que se hacen añicos los cánones de una belleza estereotipada. Porque un presunto exceso de peso, ciertas deformaciones o los estragos del tiempo carecen de toda importancia cuando determinados prejuicios estéticos e imposiciones de la moda hacen mutis por el foro.

Desmitificar su mistificación

Atribuirle un imprescindible componente sexual a la desnudez contrasta con el hecho de que los rituales eróticos demanden más bien lo contrario. Pues nada enardece más la fantasías eróticas que imaginar cuanto se oculta bajo siete velos.

Retornemos al principio. Naturalizar la desnudez y despojarla del morbo que algunas épocas, religiones o costumbres le han conferido podría contribuir a des-objetualizar el cuerpo de la mujer. A dejar de considerarlo como un mero instrumento sexual que debe sepultarse desde la cabeza hasta los pies para no enardecer al varón. Como si ambas cosas estuvieran automáticamente relacionadas. No estaría nada mal aprender a disociarlas de una vez por todas.

Parece un desafío cultural pendiente de resolver, al menos en más de un lugar, aunque afortunadamente no lo sea en todas partes. Nuestra mirada cultural e histórico-social sobre la desnudez viene a desnudarnos el alma y revelarnos un recóndito entramado de nuestro imaginario colectivo que, cual arquetipo jungiano, nos permite vislumbrar algunos resortes de nuestro inconsciente comunitario.

Fuente: nuevatribuna.es Autor: Roberto R. Aramayo.

Cantarriján y el legado de Bruckner

Hoy, investigando un poco sobre la historia del nudismo en general y la de Cantarriján en particular, he podido retrotraerme hasta los mismos albores del nacimiento del nudismo “legalizado” en nuestro país. Espero que ésta historia que os narro hoy, la encontréis tan interesante como a mi me ha resultado el conocerla.

Mucho antes de que el naturismo se autorizara en las primeras playas de nuestro país, mucho antes de que el nudismo se llegará a regular internacionalmente y que dejara de ser perseguido, o incluso penado, por las leyes de la época, la gente ya acudía a Cantarriján para bañarse y tomar el sol desnuda.

La limpieza de sus aguas, el estar lejos de la carretera y, además, tener varios obstáculos naturales que impedían la vista desde el exterior, hacían de ella una playa idónea para ésta práctica.

Los tiempos oscuros que precedieron y que se recrudecieron durante la Guerra Civil Española, vetaron todo recuerdo de libertad. El pensamiento nudista, como otras muchas ideas liberales surgidas de la sociedad de la época, se hizo impensable de practicar o, ni tan siquiera, de mencionar. Cantarriján quedó en silencio. Tanto, como las voces que un día rieron y disfrutaron en sus arenas.

Mucho tuvo de pasar en nuestro país hasta ver el final del Régimen franquista y permitirse la llegada de la Democracia a España.

Branco Bruckner, un ingeniero agrónomo yugoslavo nacionalizado español, y funcionario del Ministerio de Agricultura, fue una de esas mentes, pioneras y poco reconocidas, que surgieron con la llegada de un nuevo periodo de luz y libertad.

Apoyado por la FNI (Federación Naturista Internacional) abanderó el movimiento nudista en Andalucía, creando en marzo de 1978 (pocas semanas después del nacimiento de la FEN) su primera asociación regional oficial, ANA (que así se llamaba por aquel entonces la Asociación Naturista de Andalucía).

Pocas personas han hecho tanto en tan poco tiempo por el nudismo.

Una vez regulada en España la práctica del nudismo mediante una orden ministerial, Bruckner conseguía que se inaugurara en la provincia de Almería el primer camping naturista de la Península (Las Palmeras) y, muy poco tiempo después, comenzarían las obras de lo que hoy es Costa Natura, en Estepona, el primer complejo nudista del país, adelantándose así a la imparable irrupción en España del naturismo.

Cuando el verano de 1982 tocaba a su fin, el Gobierno Civil de Granada remitía al Ayuntamiento de Almuñécar una nota mediante la cual autorizaba oficialmente, a la playa de Cantarriján, la práctica del naturismo. Primero, sólo en un área delimitada y más tarde, en toda su extensión.

El logro fue de Bruckner y de su Asociación Naturista, quien vio en Cantarriján el paraíso que hoy todos sabemos que es y que luchó con todos sus medios, para que no se construyeran en ella las 500 viviendas vacacionales que, en pleno boom turístico surgido tras la Transición Española, se había proyectado construir casi a pie de playa.

En ésta tarde fría y lluviosa de marzo, sentado en un ordenador que acusa ya el paso del tiempo, y a casi 36 años de su logro para nuestra playa, éste cantarrijano quiere dar las gracias a Branco Bruckner por ser un referente indispensable del nudismo en España, por hacernos ver la importancia de estar asociados y unidos por una misma causa común. Que la lucha por conseguir lugares donde el nudismo esté presente, sigue siendo importante.

Que no hay que acomodarse en la pasividad y que lo de “nudista” no sea un mero adjetivo que adorne el nombre de una asociación.

Pero sobre todo, quiero agradecerle el volver a recordarme que Cantarriján no debe perder lo que un día él ayudo a conseguir que fuera: Una de las primeras playas naturistas autorizadas y reconocidas a nivel nacional en un paraje, hoy, protegido por Leyes y ordenanzas estatales.

Fuente: Asociación de Amigos de la Playa Nudista de Cantarriján (AAPNC).

Nota: En julio de 2005 publiqué en la antigua web Lugares Naturistas, y dentro del apartado Documentos sobre Naturismo, los primeros 18 capítulos de lo que iba a ser una “Historia del Naturismo en España” según la visión personal de Branco Bruckner, que desgraciadamente no finalizó, pues en Mayo de 2005 falleció sin terminarla o sin que haya constancia de que ésta se terminara. Para su consulta, descarga o lectura, aquí se encuentra el documento íntegro en formato pdf, recuperado de los archivos de la antigua web.

Información relacionada:

Los primeros baños en pelotas en las playas andaluzas.
Branco Bruckner.

Bañistas de Satanás

Bañista en la playa de la Concha, 1920. Fotografía: Ricardo Martín / Kutxa Fototeka

Mucho cuidado con reírse de lo que venga del underground. En mi colegio, cuando se debatía en clase sobre la tauromaquia, a los dos chavales de treinta y pico que estaban a favor de prohibirla se les miraba como si fuesen auténticos y genuinos zumbados. Ahora su postura si no es ya mayoritaria en la sociedad española, poco le falta.

Nuestros padres nos aconsejaban ir a la mili, no buscarnos líos. Insumisos e incluso objetores eran tratados como cantamañanas. En muy pocos años, hubo que abolir el servicio militar obligatorio. Fue a cambio del apoyo catalán a Aznar, sí, pero fundamentalmente porque ya no quería ir ni Dios.

Tuve amigos que se hicieron veganos en los noventa. Cuando lo contaban, los miraban como si propusieran cagar hacia dentro. La gente hasta dejaba de relacionarse con ellos como antes con una mezcla de pena y desdén. Ahora los veganos, si bien generalmente siguen sin ser bien recibidos donde abren la boca, ya forman parte del paisaje.

No hablemos de la vivisección. De pronto el tema empezaba a salir en letras de canciones y levantando el meñique ideológico todos estábamos muy indignados. Cómo olvidar los fanzines con fotos de monos con extraños cascos con electrodos incrustados en la cabeza. A quien preguntaba se le decía que las cremas y maquillajes que nos ponían se probaban antes en animales a los que se les arrancaba la piel. Había un placer morboso pasivo-agresivo en hacerles ver que una costumbre cotidiana los convertía en responsables y culpables de torturas escalofriantes. Sea como fuere, en 2013 se aprobaron leyes en España y en la UE que prohibían probar productos cosméticos y estéticos en animales.

En décadas anteriores, todo lo relativo a la libertad sexual tuvo que abrirse paso bajo una lluvia de burlas e insultos de toda clase, incluido fuego amigo de los compañeros de izquierdas. Hasta que se ha logrado, al menos en España, que quien esté en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo sea visto como un integrista católico preconciliar. Lo dicho: mucho cuidado con reírse de lo que venga del underground.

Pongamos un ejemplo asumible por todos: bañarse en verano. Lo que hace todo el mundo en cuanto llega el calor y otorga pingües beneficios a España con la visita masiva de turistas en su día fue una extravagancia. Una locura de unos pocos que imitaban las noticias que llegaban del extranjero. Ir a la playa o a una piscina a tomar el sol era cosa de los hipsters y gafaspastas de principios del siglo XX.

La nueva afición, como corresponde a toda novedad que atraviesa nuestras fronteras, se recibió con pánico e histeria. En el diario El Adelantado, en 1930, encontramos una noticia que alerta de que en Francia ha aparecido un modelo de traje de baño “color carne, que lleva un fino reborde, también del mismo color, de tal modo que aquella diferencia no puede apreciarse a una distancia de veinte metros“. Con las nuevas modas, pudiera parecer que, a lo lejos, la gente estaba desnuda aunque no lo estuviera. Eso era un drama.

Era dramático, aunque a uno le diese igual, porque el integrismo católico, pese a haber perdido tres guerras civiles en el siglo XIX, seguía vivo, como se vio después, y daba mucho mal. Era de sentido común no provocarles demasiado. En ese mismo año, 1930, descubrimos en el periódico La Cruz a qué estamentos y gremios pedían ya ayuda los piadosos cuando se veían injuriados: “Hay que reaccionar, pues, y urgentemente contra las demasías y procacidades de la mujer desenvuelta o mal envuelta en su eterno traje de baño y como a nosotros, a los predicadores de Cristo, apenas nos prestan oídos, debemos holgarnos que vengan en nuestra ayuda médicos y abogados, civiles y militares“.

En El Defensor de Córdoba se recurría al chantaje emocional de las madres tirando de la imagen que daban las hijas. Hete aquí un bello extracto: “Dime, madre, ¿cómo es el traje de baño que va a elegir tu hija? ¿No recuerdas en tu juventud el asombro que producía ver a una mujer que se bañaba públicamente en maillot? ¿Qué decíamos de ella? Recuérdalo mujer. ¿No te sonrojaría que tu hija, cubierta solo con maillot, recibiese en casa a las visitas? ¿Por qué no te sonroja que eso suceda en la playa y en ella alterne con los muchachos y se tumbe a tomar baños de sol y esté expuesta a todas las miradas? Seguramente llama la atención su desnudez y más seguro que sea incentivo de tentación o de pecado. Porque eso son las que se bañan sin decoro públicamente, instrumentos del enemigo de las almas, para turbarlas con el escándalo o para corroerlas por la pasión“.

En 1931, con la llegada de la República, la reflexión pasaba a ser sobre el nudismo. Aunque al hecho de bañarse con maillot ya se le denominaba desnudismo, lo que cobró importancia en aquel momento fue la modalidad que llegaba de Alemania de tomar el sol sin ropa alguna. Para la prensa de izquierdas, como era La Calle, tampoco resultaba aquello muy normal. Una columna lo explicaba: “Los españoles tenemos muy aguzado el sentido del ridículo y de la lascivia para mantener esas contemplaciones con la serenidad germana“.

Bañista en la playa de la Concha, 1916. Fotografía: Ricardo Martín / Kutxa Fototeka

El aludido diario La Cruz, sobre este particular, el de las vanguardias naturistas, tenía un discurso, digamos, un tanto áspero: “En todas las épocas la sensualidad carnal ha constituido el más grave peligro para la moralidad pública y privada (…) envidia, hipocresía, rencores, ambiciones, todos los bajos sentimientos que impulsan al proceder infame, subsisten eternamente en el temperamento incorregible del individuo perverso, aunque este se desprenda totalmente de sus ropas estos impúdicos nudistas caen en la degradación de la naturaleza inculta y aún más; degradan a la misma naturaleza primitiva, el propio ambiente de los nudistas está tan solo en el reino zoológico“.

Un cataclismo, escribían en Acción, el diario gijonés “Defensor de los intereses de la mujer”, según rezaba, nunca mejor dicho, su lema, al tiempo que avisaba con prestancia de que al Todopoderoso no se le podía tomar el pelo: “Qué horrores no hemos visto estos últimos veranos en las playas, sobre todo; pero también en el campo, en las excursiones, en la aldea, en la ciudad, en todas partes. Realmente pone espanto en el alma. Las sectas empeñadas en la ruina del cristianismo, no pudiendo ir directamente a las ideas de la mujer, han atacado a sus costumbres, corrompiéndolas. Y teorías perversas, el naturismo, el nudismo, tratan de justificar tanta depravación (…) Hacerlo es malo, justificarlo es peor. Esas teorías llevarán a la humanidad al cataclismo (…) Siempre que en la historia se dieron los mismos síntomas, sobrevino fatalmente una espantosa catástrofe, la ruina de un gran pueblo, “Toda carne había corrompido su camino y por eso siguió el gran diluvio”, dicen los libros Santos (…)  Con una osadía que es escarnio más bien, hemos visto sobre pechos desnudos, e indignos de ostentarlo por tanto, el Crucifijo… es decir, la imagen de Aquel que vino a nosotros a enseñarnos la pureza y la mortificación, la penitencia y el sacrificio, el olvido del cuerpo por el predominio del espíritu; la imagen de Aquel que triunfó de la carne y del pecado en una Cruz. ¡Ah!, pero estas cosas no se hacen impunemente, pues “de Dios nadie se ríe”…“.

Es en este instante, en la estupefacción inicial ante lo que empezaba a ocurrir, cuando se llegó al pináculo del éxtasis opinativo. De nuevo en el glorioso La Cruz, un columnista se lamentaba amargamente por la nueva moda de ir a la playa o a la piscina en verano expresando su preocupación por la reputación de las monjas de clausura, que a ver si ahora su opción vital, encerrarse hasta la muerte en cuatro paredes, iba a pasar a ser menos enrollada: “La vida de clausura, el derecho de recluirse en vida, de romper todo trato con el mundo exterior, de someterse a rigurosa regla, de vestir tosca, estambre, de envolverse la cabeza en tocas, de levantarse con el alba para rezar maitines, de pasar largas horas de rodillas en el éxtasis de la oración, me parece tan respetable como el de dedicar las mañanas estivales a tostarse la piel de todo el cuerpo, salvo aquella pequeña zona donde el tostamento es superfluo, y claro es que expuestas no solo a los rayos de sol, sino a la mirada de las gentes. No acierto a entender por qué lo primero para muchas encierra hoy un sentido regresivo y lo último constituye oriflama del progreso, y signo de libertad que debe ser fomentada por el Poder Público, construyendo piscinas numerosas. No soy contrario ni al nudismo ni a las piscinas, pero afirmo que la vida contemplativa debe gozar también de libertad, la libertad de renunciar a ella“. Ojalá musicasen estas palabras Los Planetas.

Para 1932, con la llegada de otro verano, el cariz que estaban tomando los acontecimientos forzaba a los plumillas de Acción a retorcer el sofisma para preguntarse por la calidad de la libertad del quienes tomaban el sol: “El traje de baño ha alcanzado ya la mínima cantidad posible de tela (…) No se limitan hoy a tomar sencillamente su baño, protegiendo con los albornoces su pudor, sino que, con el pretexto de la moda de los baños de sol, la gimnasia y los juegos al aire libre, se exhiben descaradamente ante el público que quiera contemplarlas (…) No sigáis moda alguna que no sea admitida por la moral cristiana, pues no puede haber en vosotras mayor atractivo ni nada que pueda dar más realce a vuestra belleza que la honestidad (…) No queráis hacernos responsables del pecado de escándalo, que es el más duramente castigado por Dios. Ni queráis dar motivo para que pueda decirse de vosotras que contribuís a los males de España con la corrupción de vuestras costumbres (…) Deteneros pues un instante y pensad… para que podáis ver con claridad que ese camino emprendido que vosotras os figuráis modernísimo, y de verdadera libertad, no es otro que el retroceso a los antiguos tiempos del paganismo, en el que la mujer llegó por esas mismas costumbres puestas hoy en práctica a su mayor grado de degradación, de menosprecio y de esclavitud (…) La mujer que quiera ostentar dignamente la imagen del Crucificado sobre su pecho, se abstenga en absoluto de adoptar modas que esté reñidas con la honestidad que Su Santidad ordena y manda guardar (…) la playa es de todos y no creo que los intelectuales tengan la pretensión de ser ellos los que la inventaron“.

Y negros, todos como los negros africanos. Fue El Diario de Almería el primero en realizar esta audaz comparación, importunado por la nueva costumbre de querer ponerse moreno: “Es la moda cruel a veces quien dicta este suplicio del sol. Hoy viste bien la piel bronceada y hay que demostrar que no se está al margen de la última. Es una moda eminentemente piadosa: es un lazo de unión que el europeo progresista lanza al negro africano; y parece decirle: Negrito adorable: tu reivindicación es completa. Tu negrura que antes era motivo de desprecio como signo de raza inferior, hoy es por nosotros envidiada. Nos dirigimos a ti con el deseo de semejarnos: y tu sonríes irónico, pensando, que el matiz de nuestros cuerpos nunca alcanzará esa maravillosa brillantez con que tu cuerpo se barniza ¡Oh, negrito adorable: quién pudiera llegar a ser como tú!“.

En prensa medianamente parcial, como La Hoja del Lunes, se constata que en 1934 la moda estaba plenamente implantada. Un artículo titulaba “Triunfa el nudismo”, que es como se denominaba a llevar bañador sin albornoz: “en millares y millares de kilómetros de costa —lo mismo en el dorado Océano, que en el azul Mediterráneo, que en el verde Adriático— el espectáculo es idéntico: hombres y mujeres cubiertos con un leve maillot, que empieza demasiado tarde y termina excesivamente pronto, conviven en tranquila promiscuidad, sin inquietudes, sin sonrojos (…) El desnudo triunfa. Claro que es el mundo de la multitud dorada, que puede permitirse los baños de sol. Porque en Deauville las veinticuatro horas del día se dividen entre el baño de agua, el baño de sol, el jazz, los bares americanos, los concursos hípicos y el juego en el Casino. Después, si queda tiempo, se duerme, si no, no (…) Se baila en la playa con el microscópico traje de baño, tan diminuto que parece arrebatado a unos niños“.

Ese mismo año, El Defensor de Córdoba calificaba la situación con la mayor gravedad, decía que lo que estaba pasando era “un descoco” y temía que “el pudor puesto en venta llegue a la escala absurda, triste e incomprensible que mereció fuego del cielo en Pentápolis“. Mientras, en Crónica Meridional, se puntualizaba que la mujer no era consciente de lo que estaba haciendo: “Es el traje de baño que descubre la infantilidad aún de las almas más perversas. El maillot reina con alarde obsceno y es un pretexto más de la inconsciente coquetería de la modernidad en la mujer“. Y un año después, en 1935, El Iris, otro diario católico, pedía a los fabricantes y comerciantes de trajes de baño que por “conveniencia espiritual, económica y social” colaborasen en mejorar el “ambiente moral de las playas” y acudieran todos a “la Comisión Central por la Moralización de las Playas“, de la que desgraciadamente nada hemos logrado averiguar.

Alcalá Galiano, en ABC, en 1935 le echó la culpa de todos estos incontrolables sucesos a la década anterior, la conocida por “los felices años veinte”. Fueron días de derroche, de gastar por encima de las propias posibilidades, y de entregarse a los placeres, quizá derivado todo del pequeño y sutil detalle de millones de muertos estúpidamente en la Gran Guerra. Pero él lo metía todo en el mismo saco: “el jazz, el derroche financiero, las danzas exóticas, el alcohol y las drogas, el nudismo y el deporte“. No se libraba ni el fútbol. También ese año, el diario La Independencia tachaba de “plaga” la oleada de bañistas y exigía “exterminar esa plaga y devolverla a las decadentes cavernas de las que, sin duda, procede, a pesar de sus pretensiones de progreso y vanguardismo“.

En lo económico, exactamente igual que ahora que en numerosas zonas de España hay quienes rechazan el turismo que, paradójicamente, da de comer a tanta gente, en La Vanguardia hubo reflexiones idénticas relativas a Mallorca, isla que “tenía su vida, una vida suficientemente digna, señorial y típica. No padecía la plaga de dancing, bars, cabarets, desnudismo, escenas de playa y otras exóticas, muy modernas, muy cosmopolitas, pero que nada aportan a la cultura de ningún pueblo, antes bien, desdoran y manchan nuestra época“.

Tras el estallido de la guerra, fueron incontables los motivos que se dieron para justificarla por parte de sus promotores, los fascistas. No obstante, no deja de ser curioso que se pudieran encontrar artículos donde se hiciera referencia concreta al hecho de que a la gente le diese por ir sin albornoz a tomar el sol a la playa o a la piscina como causa de la contienda. El Día de Palencia, en noviembre del 36, publicó una de las motivaciones del golpe de Estado más extravagantes y sinceras: “¿Que estorbaba la moral? Pues ¡abajo la moral, en niños y jóvenes, en hombres y mujeres! ¡Viva el desnudismo en las clases elevadas y en las bajas! ¡Fuera la caridad, la beneficencia, la limosna, la lealtad, la amistad, la civilización, todo lo sembrado o cultivado en el mundo por Cristo! Y con tales cimientos se ha hecho, como era de esperar, el edificio del odio, desde cuyos ventanales siniestros se ha disparado con furia satánica contra todo aquello que más inconfundiblemente llevaba anejo el sello de la inspiración de Cristo Redentor. Esta es la gran lección que, en medio de la catástrofe que estamos presenciando llenos de pavor, se nos está dando a todos“.

Por si hubiera dudas, Azul, el órgano de la Falange Española de las JONS, el mismo mes del mismo año, definía así la ideología de sus enemigos: “el sensualismo como doctrina, el nudismo como culto, el pacifismo como idea y la tolerancia y escepticismo como religión“. Ahí seguían presentes, nunca mejor dicho, los bañistas. Un fenómeno inofensivo, comúnmente aceptado en la actualidad, pero que causó tanto impacto en su día que llegó a colarse en las diatribas políticas de un suceso histórico de la magnitud de la guerra civil española. Piénselo cuando se ajuste el trikini este verano. Hasta ir a la playa hubo que pelearlo.

Fuente: jotdown.es Texto: Álvaro Corazón Rural.

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