Nuestra mirada cultural sobre la desnudez

Griegos y romanos rindieron culto artístico a la desnudez como muestran sus respectivos legados escultóricos. En las pinturas y esculturas renacentistas también se prodiga, según muestran las obras de Miguel Ángel o Cranach el Viejo.

Contra lo que solemos creer, incluso en el arte románico cuanto se relaciona con la desnudez y lo erótico queda esculpido con una enorme naturalidad, sin censuras, al ser un fiel reflejo del entorno social, como sucede verbigracia en San Pedro de Villanueva.

Pero por contra la época victoriana hizo de todo ello algo vergonzoso, y lo más curioso es que tal actitud cuente con antecedentes incluso en esa época libertina descrita por Las amistades peligrosas, como testimonia Diderot en el Suplemento al viaje de Bougainville, al comparar la castidad europea de los monjes con las costumbres del pueblo tahitiano en materia sexual.

Cabría preguntarse cómo se relaciona nuestra época con estos temas y si se han heredado funestas inercias de otros tiempos, cual sería el caso de asociar sin más la desnudez con una disponibilidad sexual femenina.

¿Un castigo divino?

Sin ir más lejos, el catolicismo tiene una relación muy compleja con el cuerpo humano. Por un lado cree que resucitaremos tal cual. Aun cuando no se sabe si como niños, jóvenes o mayores, inmaduros, decrépitos o pletóricos. En todo caso, recobraremos la prisión somática que ha tenido encapsulada nuestro alma inmortal.

Pero hasta que llega el momento de la resurrección, esta religión propone, habitualmente, avergonzarse del propio cuerpo en su desnudez, nada menos que como un castigo divino por haber pretendido degustar los frutos prohibidos del árbol de la sabiduría. E incluso tiende a flagelar al cuerpo para evitar caer en una u otra tentación. Al menos eso es lo que ha ocurrido en alguna épocas y sigue sucediendo en ciertos lugares.

Bien al contrario, para muchos la desnudez no es una provocación sexual, sino lo más natural del mundo. Porque sólo la mirada puede resultar lasciva, mas no el cuerpo mismo. Al margen de que lo cubramos con una u otra indumentaria más o menos escasa. Eso es lo que propugna la magnífica letra del viral himno feminista chileno Un violador en mi camino. El problema lo tiene quién se siente provocado por sus propias fantasías.

El funesto morbo de las miradas lascivas

Que un desnudo del Siglo XVI, obra de Lucas Cranach el Viejo, sea censurado hoy en día para ser exhibido como anuncio de una exposición pictórica, delata toda una patología social. En 2008 se desechó una Venus del pintor germano por no considerarse conveniente que se pudiera ver en el Metro londinense.

Al parecer, nunca faltará quien pretenda cubrir con alguna indumentaria las figuras del Juicio final de Miguel Angel o poner a buen recaudo El jardín de las delicias del Bosco. Ni quienes hagan revestirse a las mujeres desde la cabeza hasta los pies para no verse tentados por los avatares de su propia imaginación.

El dogma de la virginidad exalta una divinizada pureza que alberga una visión enfermiza del parto. Ese morbo que recubre a la castidad acarrea graves consecuencias para las mujeres. Algunos contextos hacen cifrar a parientes o esposos la honra en el himen de “sus” mujeres, tal como muestra la película Mustang, donde los adultos consideran obscenos y procaces el jovial e inocente comportamiento de unas cándidas adolescentes.

Igualmente algún inquisidor consideró diabólicamente lascivas ciertas danzas o canciones populares, como muestra el film Akelarre presentado al Festival cinematográfico de San Sebastián.

Sin embargo, algunos no hacen ascos a la violación o el incesto, al verse “provocados” por sus delirantes fantasías. En El Salvador, mujeres que abortan espontáneamente, sin habérselo propuesto, son condenadas a penas de hasta tres o cinco décadas por haber “asesinado” a sus hijos.

Mientras que sus violadores quedan impunes de tales agresiones y de sus funestas consecuencias. A las mujeres encarceladas en cambio el estigma les persigue incluso dentro del presidio.

La patológica empatía con los violadores grupales

Que un magistrado aprecie “ambiente de jolgorio” y algún tipo de disfrute al visionar unos vídeos donde cinco varones violan a una joven amedrentada por la situación resume cuanto pueda decirse al respecto. Es obvio que se identifica con los miembros del grupo en cuestión y le cuesta ponerse al otro lado. Sin imaginar que le podría pasar otro tanto a una familiar como a él mismo, llegado el caso.

Afortunadamente una sentencia del Tribunal Supremo vino a poner las cosas en su sitio. Al imputar como colaboración las violaciones perpetradas a la víctima por los demás participantes. Con ello se penaliza como corresponde unos abusos que nunca pueden ser imputables a quien los padece.

De las relaciones prematrimoniales al porno duro

Estudios recientes apuntan a que ahora la juventud consume desde muy temprano pornografía de alto voltaje y se modela su educación sentimental con esas imágenes. Esto ciertamente no puede ayudar a tener unas relaciones eróticas gratificantes. Porque la tendencia será tener como referente la desmesura de una práctica sexual extrema.

En cambio, hace unas pocas décadas la gran cuestión versaba sobre las relaciones prematrimoniales. Y los noviazgos parecían adquirir mayor solera cuanto más tiempo se respetara la castidad. Eso por lo que tanto se preguntaba en los confesionarios. Como si no hubiera mayores pecados por los que pedir absolución.

La ventana indiscreta y el anillo de Giges

Recordemos al protagonista de La ventana indiscreta. Ese fotógrafo que no puede salir de su casa por tener la pierna escayolada y desde su ventana ve todo cuanto hacen sus vecinos, que incluso duermen al raso en sus balcones a causa del calor estival. Su curiosidad le hará descubrir un asesinato. Pero el caso es que seguramente nosotros, en un caso similar, tampoco dejaríamos de intentar distraernos escudriñando las actividades del vecindario exhibidas antes nuestros ojos.

La fábula del anillo de Giges aborda el voyerismo y aventura una hipótesis al respecto. Si fuéramos invisibles, ¿no tenderíamos a echar una ojeada donde no lo esperan? Es muy probable. Sobre todo si la desnudez es un tabú y se la maldice como algo pecaminoso. Porque de lo contrario seguiremos mirando, ciertamente, pero sin avidez ni compulsión algunas. Allí donde se practica el nudismo la desnudez pierde su morbosidad, aunque conserve un encanto homologable con el disfrute de cualquier otra belleza natural, como los árboles de un bosque o las piedras bañadas por un arroyo.

¿Qué hay de malo en la desnudez?

En ciudades como Berlín hay algún paradisiaco balneario nudista de carácter mixto en cuyas instalaciones varones y féminas comparten vestuarios, duchas, piscinas y saunas con total naturalidad. Sin tener para nada en cuenta el género, la edad o las condiciones físicas. Tan sólo una cultura nudista bien asentada permite que todo ello transcurra sin estridencias. Aunque lo mismo pueda suponer un escándalo en otras latitudes. O cuando menos algo no carente de múltiples prejuicios.

Es admirable comprobar cómo en ese contexto se difuminan los oropeles externos que denotan una u otra clase social y el modo en que se hacen añicos los cánones de una belleza estereotipada. Porque un presunto exceso de peso, ciertas deformaciones o los estragos del tiempo carecen de toda importancia cuando determinados prejuicios estéticos e imposiciones de la moda hacen mutis por el foro.

Desmitificar su mistificación

Atribuirle un imprescindible componente sexual a la desnudez contrasta con el hecho de que los rituales eróticos demanden más bien lo contrario. Pues nada enardece más la fantasías eróticas que imaginar cuanto se oculta bajo siete velos.

Retornemos al principio. Naturalizar la desnudez y despojarla del morbo que algunas épocas, religiones o costumbres le han conferido podría contribuir a des-objetualizar el cuerpo de la mujer. A dejar de considerarlo como un mero instrumento sexual que debe sepultarse desde la cabeza hasta los pies para no enardecer al varón. Como si ambas cosas estuvieran automáticamente relacionadas. No estaría nada mal aprender a disociarlas de una vez por todas.

Parece un desafío cultural pendiente de resolver, al menos en más de un lugar, aunque afortunadamente no lo sea en todas partes. Nuestra mirada cultural e histórico-social sobre la desnudez viene a desnudarnos el alma y revelarnos un recóndito entramado de nuestro imaginario colectivo que, cual arquetipo jungiano, nos permite vislumbrar algunos resortes de nuestro inconsciente comunitario.

Fuente: nuevatribuna.es Autor: Roberto R. Aramayo.

Desnud Arte: Will McBride

Will McBride (1931-2015) fue un artista estadounidense conocido por sus fotografías en blanco y negro que documentan la cultura juvenil en la Alemania de posguerra.

Su trabajo sigue siendo controvertido por su descripción franca y explícita de la sexualidad, como se evidencia en su ¡Zeig Mal! 1974 (Edición española ¡A ver! 1979 Lóguez Ediciones, Salamanca ISBN 84-85334-06-X) y Coming Of Age 1999, fotolibros destinados a educar a los niños y adolescentes sobre el desarrollo de sus cuerpos.

McBride, nacido el 10 de enero de 1931 en St. Louis, MO, estudió en privado con Norman Rockwell. Mientras asistía a la Universidad de Vermont, antes de transferirse a la Escuela del Instituto de Arte de Chicago y terminar su licenciatura en la Universidad de Syracuse en 1953.

Sus imágenes de desnudos masculinos jóvenes también provocaron conmoción en su día. En 1970, colaboró ​​con el psicoanalista y educador sexual Martin Goldstein en el libro The Sex Book (Lexikon der Sexualitat) para crear una “enciclopedia sobre sexo pictóricamente honesta”, e incluso si la información está fechada según los estándares del siglo XXI, probablemente sea uno de las más importantes, el almanaque sexual más artístico que jamás hayas visto.

Servir en el ejército lo llevó a Alemania a mediados de la década de 1950, después de su período de servicio se instaló en Berlín, donde quedó fascinado al documentar la rápida reconstrucción de Alemania Occidental y su efecto en la cultura juvenil.

A partir de sus imágenes descarnadas de un Berlín dividido que había sido destruido por la batalla, McBride luego documentó una nueva generación de jóvenes de posguerra que se estaban sacudiendo los terrores de la guerra y se enamoraban del sexo, la libertad y entre ellos.

Muchos consideran el método de trabajo de McBride como un precursor de la auto documentación visceral que se ve más adelante en las fotografías de Nan Goldin y Wolfgang Tillmans… Hacia el final de su vida, McBride cambió su enfoque hacia la producción de pintura y escultura.

Will McBride falleció en Berlín. Tenía 84 años. El galardonado lensman es amado por su fotografía documental, que capturó los gloriosos excesos sexuales y las dificultades del Berlín de posguerra en los años 50 y 60.

Su descripción inquebrantable pero tierna de la sexualidad y la juventud se puede ver en descendientes fotográficos como Wolfgang Tillmans y Nan Goldin. Hoy en día, las obras del artista se encuentran en las colecciones del Museo J. Paul Getty de Los Ángeles y del Museo de Arte de Filadelfia.

Información relacionada:

Will McBride la fotografía como ensayo visual. Autor: Eugenio Vega.

Polémicos, políticos y problemáticos

John Lennon y Yoko Ono, Kim Kardashian, Burt Reybnolds y Demi Moore, ejemplos de desnudos (parciales o no) que impactaron en diferentes décadas y contextos culturales.

Polémicos, políticos y problemáticos: la historia tras 12 desnudos que impactaron al público.

Puede parecer una estampa para satisfacer instintos bajos, pero desde hace décadas el cuerpo descubierto también ha sido una proclama política, un símbolo de igualdad o un extraño gesto de progreso.

Un desnudo puede ser una proclama, un símbolo de libertad, una trampa, una herramienta publicitaria o un arma para avergonzar y humillar a su protagonista. Lo que es indudable es que la piel hace pensar en sexo y el sexo es un reclamo infalible desde antes de que las estrellas de cine se inventaran hace más de un siglo. Entre estos ejemplos hay estampas que fueron el primer ladrillo de un imperio, pechos que se convirtieron en símbolos políticos o penes que reflejaron como nunca la rivalidad implícita en la masculinidad tóxica. Nos conmovieron, inspiraron o escandalizaron pero siempre nos invitaron a reflexionar. Pase y vea. Este artículo está ilustrado con algunas fotos que, en unos pocos casos, contienen algún culo y algún pecho, por si alguien pudiese sentirse sorprendido. ¿Pero a quién le sorprende un pecho o un culo en 2020?

Las fotografías que Marilyn se hizo desnuda antes de ser famosa se publicaron en el primer número de la revista “Playboy”.

Marilyn Monroe, en “Playboy” (1953)

El desnudo. En 1949, Marilyn todavía era una desconocida aspirante a actriz que recorría la ciudad de Los Ángeles presentándose a castings en busca de una oportunidad. En sus memorias My story, recogidas por Ben Hecht, explicaba que en una ocasión la policía le retiró el coche y se encontró sin dinero para pagar la multa, así que aceptó posar desnuda para el fotógrafo Tom Kelley a cambio de 50 dólares. La llamada sesión “del terciopelo rojo” duró un par de horas, y Marilyn firmó el trato con el nombre de Mona Monroe porque no quería ser reconocida. Entonces ese tipo de escenas de desnudez eran consideradas, como poco, una vergüenza. Kelley vendió las imágenes por 900 dólares a la Western Lithograph, que las publicó como parte de un calendario de pin ups. Años después, Marilyn se haría famosa gracias a su aparición en películas como La jungla de asfalto o Niágara, y el rumor de que existían unas fotos de ella sin ropa circuló con avidez en la industria. Al final fue Hugh Hefner el que compró los derechos de reproducción por 500 dólares y las ofreció en el interior del primer número de su revista Playboy: “Por primera vez en cualquier revista, a todo color, la famosa Marilyn Monroe desnuda”, prometía la portada.

La reacción. Pocas cosas definen mejor el cambio de la sociedad norteamericana hacia el sexo que el auge de Marilyn como estrella y la aparición de la revista Playboy. El hecho de que ella fuese la primera “layboy Sweetheart”, el título que recibían entonces las playmates, resulta una coincidencia redonda. Además, el posado supuso un escándalo que podría haber dado al traste con la incipiente carrera de la joven. La entonces todavía muy pacata moral estadounidense solía castigar este tipo de actos, motivo por el que la Fox, el estudio que tenía contratada a Marilyn, le pidió que negase ser ella la joven de las imágenes. Pero la actriz decidió contar la verdad a la prensa y, para sorpresa de muchos, la reacción del público fue de comprensión. Sus contemporáneos sabían bien lo que era estar desesperado y sin un céntimo, así que lo que en otras circunstancias hubiera desatado la ira conservadora, se consideró un pecadillo perdonable. Al final, la sesión del terciopelo rojo ayudaría a afianzar su estatus como el icono sexual más importante del siglo XX. La historia también define cuál era la clásica trayectoria en estos casos: una modelo posa desnuda porque necesita con urgencia dinero, recibe un pago mediocre y otros se enriquecen mucho más gracias a su imagen. Marilyn nunca llegó a percibir más que los 50 dólares que cobró en el momento de posar para la sesión; el fotógrafo y la compañía ganaron mucho más por su desnudo y, desde luego, la publicidad aupó y contribuyó a crear la leyenda de lo que acabaría siendo el imperio Playboy.

El mismo John Lennon, activando el disparador automático de la cámara, sacó la foto en la que aparece junto a Yoko Ono sin ropa y que acabaría siendo la portada del disco “Two virgins”. Foto: Getty

John Lennon y Yoko Ono, en la portada del disco “Two virgins” (1968)

El desnudo. Lennon todavía estaba casado con su esposa Cynthia cuando Yoko Ono y él pasaron una tarde en la casa familiar en Montagu Square, en Londres. Tomaron LSD y con el equipo de música grabaron una serie de ruidos, chillidos y sonidos rítmicos que saldrían al mercado como el disco Two virgins, el primer disco en común de la pareja y un trabajo al margen de la música de Lennon con los Beatles. Después de terminar la grabación hicieron el amor por primera vez, de ahí el título de “dos vírgenes”. El mismo John sacó la foto de la pareja desnuda activando el disparador automático de la cámara que acabaría siendo la portada del disco, y disparó otra con su desnudo de espaldas que serviría de contraportada.

La reacción. En el año 1968, tras la eclosión del movimiento hippy, la desnudez no era algo proscrito a la prensa erótica o al cine de arte y ensayo, pero que uno de los miembros de la autoproclamada banda “más famosa que Jesucristo” apareciese enseñando los genitales junto a su amante en la portada de un disco todavía podía levantar iras y estupefacción. En Estados Unidos confiscaron 30.000 unidades del disco, tildado de pornografía, que al final fue distribuido tanto allí como en Gran Bretaña con una funda marrón en la que asomaban a través de un recorte las caras de la pareja. Él criticó así el acto de censura, en declaraciones recogidas en el libro John Lennon y Yoko Ono, de James Woodall: “La gente debe comprender de una vez por todas que eso es algo que no les incumbe y que estar desnudos no es ninguna obscenidad”. A alguno no se les escapó que muchas de las críticas venían porque los modelos de la imagen no tenían una pose sexi ni bella al modo canónico; eran dos personas con físicos corrientes y de atractivos medianos. Cuando Yoko arguyó que la portada era arte, sir Joseph Lockwood, el director de la discográfica EMI, respondió: “Entonces deberíais trabajaros unos cuerpos más vistosos”. No sería el último desnudo de la pareja. Muchos años después Annie Leibovitz les fotografiaría para la portada de Rolling Stone, el 8 de diciembre de 1980. En la imagen, un John desnudo en posición fetal besaba a su esposa Yoko. Ese mismo día fue asesinado.

Burt Reynolds posó desnudo en “Cosmopolitan” en 1972.

Burt Reynolds, en “Cosmopolitan” (1972)

El desnudo. En una grabación del Tonight show de Johnny Carson coincidieron como invitados Helen Gurley Brown, editora de Cosmopolitan y autora del revolucionario ensayo El sexo y la chica soltera, y Burt Reynolds, estrella de cine y televisión. Gurley Brown le propuso a Reynolds si aceptaría posar desnudo para para su revista y él aceptó. Ella esgrimía que quería demostrar que las mujeres tenían los mismos apetitos visuales que los hombres, a lo que Burt aduciría en sus memorias: “Me gustaría poder decir que quería mostrar mi apoyo a los derechos de las mujeres, pero simplemente pensé que sería divertido”. Después de beber un poco de vodka, posó para el fotógrafo Francesco Scavullo en diversas posiciones y encuadres. El resultado fue una foto a doble página del hirsuto actor desnudo sobre una piel de oso, con un cigarrillo en la boca y tapándose estratégicamente el pene con un brazo. El número de abril de 1972 de Cosmopolitan vendió millón y medio de ejemplares.

La reacción. “En aquel tiempo a los hombres les gustaba mirar a mujeres desnudas”, recordaba Hurley Brown en el libro de James Landers dedicado a la revista Cosmopolitan. “Bueno, nadie hablaba de ello, pero a las mujeres también les gustaba ver a los hombres desnudos”. En efecto, la imagen marcó un antes y un después en la consideración del deseo femenino y en la objetivación de los hombres como los deseados, y no al revés. Un año después llegaría al mercado la revista Playgirl, inspirada por la famosa foto. Sin embargo, Burt Reynolds se arrepintió de haber dicho que sí (aún antes de saber que la primera opción de Hurley Brown para el posado había sido Paul Newman). “Era muy joven y muy estúpido”, declaró, y aseguró que había perjudicado su carrera y acabado con sus opciones de ser candidato al Oscar por la su papel en Deliverance. La fotografía también catapultó su fama –aunque igual no la fama que él deseaba en ese momento- y le garantizó un lugar en la iconografía popular de nuestra era, mil veces emulada y parodiada.

En 1972, el desnudo de Marisol protagonizó la portada del primer número de “Interviú”.

Marisol, en “Interviú” (1976)

El desnudo. En 1972 el fotógrafo de cabecera de Marisol, César Lucas, sacó por encargo de Carlos Goyanes, marido de la actriz y cantante, unas fotos de la joven desnuda para un proyecto de película con Alain Delon que al final no salió adelante. Cuatro años después, ya roto el matrimonio con Goyanes, las fotografías aparecieron en el primer número de Interviú bajo la proclama Marisol desnuda y joven. La revista despachó un millón de ejemplares.

La reacción. Si para su primer número Playboy se había asegurado de dar la campanada con el desnudo de Marilyn Monroe, en España Interviú intentó hacer algo parecido para su estreno, y desde luego lo consiguió. El resultado es una de las imágenes claves de la Transición: suponía ver a la niña prodigio del desarrollismo como una mujer (aunque en 1976 ya había dado sobradas muestras de haber crecido; mantenía una relación con Antonio Gades y habían tenido una hija juntos) y la sexualización de la figura de Marisol, que en los siguientes años buscaría reconvertirse en Pepa Flores antes de decirle un “ahí te quedas” a toda la industria del espectáculo. El itinerario de las fotos fue azaroso: ni Marisol ni César Lucas cobraron por su publicación, y el fotógrafo llegó a ser procesado por escándalo público y atentado a la moral. Entonces Marisol y César Lucas ya no eran amigos, pero ella le ofreció su apoyo por si podía ayudarle en algo. Al final él salió absuelto del juicio y por Interviú acabarían pasando, con posados, robados y a veces ambas cosas a la vez, el grueso de los famosos españoles.

Enrique Tierno Galván y Susana Estrada, durante la entrega a la actriz de un premio del diario “Pueblo” en 1978. Foto: Marisa Flórez

Susana Estrada, en la entrega de los premios del diario “Pueblo” (1978)

El desnudo. La entrega de los premios del diario Pueblo del año 1978 reunió a nombres dispares de la política y la cultura española: Pilar Miró, Manuel Fraga, Felipe González, Amparo Soler Leal, Santiago Carrillo…, pero la protagonista indiscutible de la noche fue la actriz Susana Estrada. Cuando el futuro alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván le entregó un galardón, a Estrada se le salió un pecho. La fotógrafa Marisa Flórez recogió el instante que pasó a formar parte de la memoria inmediata de la Transición española.

La reacción. Susana Estrada ya había ganado notoriedad por desnudarse en el teatro y, junto a otros nombres como Nadiuska y Victoria Vera, se estaba convirtiendo en un emblema del destape, así que, a priori, que apareciese una teta suya en público no tendría que causar un gran impacto. Pero a diferencia de otros desnudos famosos (de la época o de este listado), que eran posados o formaban parte de alguna escenificación, este pertenecía a la vida real, era una situación formal pero casi cotidiana en la que una teta irrumpía deteniéndolo todo (años después, Sabrina en Televisión Española probaría que la mera aparición de un pecho femenino podía seguir paralizando un país). “Podría haberme tapado, pero no hubiese sido coherente conmigo misma, no había nada de lo que avergonzarse”, declaró ella a Valeria Vegas en Vanity Fair, además de negar que el profesor Tierno Galván le dijese la ya mítica frase: “Tápese, no vaya usted a constiparse”. La imagen de una mujer con un pecho al aire rodeada de señores encorbatados, en la que todos sonreían, era la demostración de cómo habían cambiado las cosas, de la libertad simbolizada, a lo Marianne francesa, en una teta. La misma Susana Estrada lo explicaba: “No hay que ver solo el pecho, sino un momento que refleja la apertura del país”.

Demi Moore posó embarazada de siete meses de su segunda hija Scout en 1991.

Demi Moore, en “Vanity Fair” (1991)

El desnudo. Para el reportaje de portada de Demi Moore en el número de agosto de 1991 de Vanity Fair estaba previsto que la actriz luciese un vestido verde del diseñador Isaac Mizrahi. Al final de la sesión, la fotógrafa Annie Leibovitz, amiga de Demi y su entonces marido Bruce Willis, sacó algunas imágenes más de la actriz desnuda, mostrando su barriga de embarazada de siete meses de su segunda hija Scout, al estilo de otras fotos que le había sacado ya durante su primer embarazo. Estaba previsto que esas imágenes fuesen para la pareja, pero cuando Tina Brown, editora de la revista, las vio, pensó que ahí había una portada increíble. Demi y Bruce accedieron sin rechistar. Las ventas del número More Demi Moore (Más Demi Moore) ascendieron hasta el millón de ejemplares y se desató un gran escándalo.

La reacción. La pose y el motivo de la mujer desnuda y embarazada son hoy ya un lugar común, pero a principios de los noventa la estampa de Demi resultaba subversiva y asombrosa. Era una visión de una mujer embarazada y poderosa, llena de fuerza e incluso sexi en una época en la que el embarazo no se asociaba en absoluto con esos valores. En algunos quioscos la pusieron a la venta con una funda de papel, como habían hecho con el disco de Lennon y Yoko Ono y se hacía con las revistas pornográficas. También hubo quién objetó que se trataba de la comercialización de una escena muy privada solo en busca de la publicidad; lo cierto es que Bruce y Demi estaban acostumbrados a utilizar la propaganda en la proyección de sus carreras, y esa imagen fue un escalón más en el camino a convertirla en una de las mujeres más famosas del mundo y de las actrices más reclamadas. La entrevista que acompañaba la imagen, por cierto, no era muy halagüeña y pintaba a Demi como una “egocéntrica y consentida”. Casi nadie recuerda hoy el texto del artículo, pero la foto es historia de nuestro tiempo.

Scarlett Johansson, en Internet (2011)

El desnudo. A principios de 2011 salió la noticia de que un grupo de hackers había logrado acceder a las cuentas de correo de hasta 50 famosas. Desde entonces, se había producido un lento goteo de fotos de famosas desnudas, sobre todo imágenes sacados por ellas mismas, pero fue en septiembre cuando dos selfis de Scarlett Johansson, uno sobre la cama en el que se le veía un pecho y otro de espaldas sacado en el baño, circularon por Phun y Reddit, de ahí a toda la Red y generaron titulares en todo tipo de medios. Algunos portales, como The NYC Independent, insinuaban que podría tratarse de una estrategia publicitaria, mientras que otros, como LA Weekly, comentaban que eran “mucho más elegantes de lo que suele encontrarse en cualquier cinta porno de una famosa”. En una entrevista a Vanity Fair dos meses después, Scarlett contaría sobre las imágenes: “Se las enviaba a mi marido”, refiriéndose a su ya exesposo Ryan Reynolds. “Sé cuáles son mis mejores ángulos. No hay nada malo en ello. No es como si estuviese filmando porno, aunque tampoco habría nada malo en ello igualmente”.

La reacción. La aparición de las fotos de Scarlett, en cuanto a su condición de símbolo sexual generacional y una de las actrices más famosas del mundo, corrió como la pólvora por Internet y fue recibida con alegría y alborozo. Pero también supuso la primera ocasión en la que gran parte de la población cobró conciencia de la vulnerabilidad de la privacidad de un dispositivo móvil, además de iniciar un cambio en la actitud hacia este tipo de hechos. Algunos señalaron la hipocresía de un mundo que adora ver a una mujer joven y atractiva desnuda, pero no ve ninguna contradicción en señalar que si esa persona no quiere que las imágenes no vean la luz pública, no se las haga. Cuando el culpable del robo de las fotos, Christopher Chane, fue condenado a 10 años de prisión, muchos fueron conscientes de que aquello que habían contemplado sin ningún remordimiento ni conciencia de estar participando de algo punible era un delito.

El “celebgate” del foro 4chan (2014)

El desnudo. A finales de agosto de 2014 aparecieron en Internet cientos de fotografías de famosas desnudas o en poses eróticas que habían logrado robar de sus móviles. Fueron publicadas en el famoso foro estadounidense 4chan y de ahí replicadas y compartidas en miles de páginas y redes sociales. Entre las famosas estaban Rihanna, Jennifer Lawrence, Kate Upton, Kaley Cuoco o Kirsten Dunst; siguieron apareciendo nuevas fotos de nuevas víctimas durante semanas. Hubo respuestas de todo tipo por parte de las implicadas; desde negar la autenticidad de las fotos a reírse de la filtración, pasando por múltiples denuncias y quejas sobre la seguridad de Google o ICloud. Pronto el escándalo pasó a ser conocido como celebgate o fappening.

La reacción. Si el caso de Scarlett había iniciado un cambio en la percepción del robo de imágenes privadas, este se verbalizó de veras con el infame celebgate. Frente a la idea extendida de “si no quieres que tus fotografías desnuda salgan de tu móvil, no seas tan tonta de hacértelas”, fue calando en la opinión pública la idea de que aquello era inmoral y podía ser constitutivo de delito. Muchos de los que las habían compartido, como el bloguero Pérez Hilton, las retiraron y se disculparon a los pocos días. El celebgate fue el caso más sonado de todas las filtraciones de desnudos en Internet, aunque no el único ni mucho menos. Fotos de famosas en las mismas circunstancias expuestas sin su permiso siguen apareciendo con cierta frecuencia, y ha quedado claro que no solo las celebridades son objetivo de este tipo de ataques. Hoy, vídeos y fotografías de mujeres anónimas practicando sexo o posando de manera erótica son a menudo distribuidos sin su consentimiento, y el revenge porn es una realidad. Algunos casos acaban en tragedia y otros, los menos, en condenas. Sí fue así con el celebgate; hasta hoy, cinco hombres -Ryan Collins, Edward Majerczyk, Emilio Herrera, George Garofano y Christopher Brannan- han sido condenados a penas de ocho a 18 meses de prisión.

En 2014, Kim Kardashian hizo arder las redes con su desnudo en la portada de “Paper mag”.

Kim Kardashian, en “Paper Mag” (2014)

El desnudo. Podría pensarse que por su práctica de exhibir distintos grados de desnudez en su Instagram día sí y día no, una portada de revista con un desnudo de Kim Kardashian no levantaría mucho revuelo, pero a finales de 2014 Paper mag la sacó (y ella por supuesto publicó también en su Instagram) enseñando el culo con el titular “rompe Internet” y, desde luego, estuvieron cerca de conseguirlo. La sesión de fotos corrió a cargo del fotógrafo francés Jean Paul Goude que recreó con Kim la icónica fotografía de disformia corporal que tomó a la aspirante a actriz Carolina Beaumont en 1976.

La reacción. La llamativa fisicidad de la imagen despertó cientos de miles de comentarios, la mayoría críticos, en los que aparecían agrupados todo el tipo de reacciones que generan estos gestos; desde avergonzarla con el “qué pensarían sus hijos”, con el “qué pensaría su padre”, o con el “ese culo no es real, es cirugía estética/Photoshop” a avergonzarla por haberse quejado de haber salido en el celebgate y luego aparecer desnuda por decisión propia. Otras críticas más elaboradas la acusaban de racismo por emular en una de las fotos –en la que abría una botella de champán mientras sostenía una copa sobre el trasero- un cliché asociado a las mujeres negras, grupo étnico al que además no pertenece, por lo que también la acusaron de apropiación cultural. Además de las diatribas sobre género, raza y clase social que suelen acompañar a los movimientos de las Kardashian, las fotos ratificaban un tendencia insólita para las generaciones anteriores: que un montón de personas fotografiaban y publicaban imágenes de sus cuerpos desnudos a cambio de nada a priori tangible, solo para recibir elogios, invitaciones a ligar o capital social –que luego tal vez monetizarían de alguna manera–. Al fin y al cabo Kim Kardashian era la prueba de que en un delito, como era la filtración de una cinta pornográfica casera, ella –o su madre– habían visto la oportunidad para levantar un imperio.

La revista “Cuore” publicó unas fotografías donde el actor Quim Gutiérrez aparecía completamente desnudo en la playa.

Quim Gutiérrez, Orlando Bloom y Justin Bieber, en la revista “Cuore” y “New York Daily News” (2016)

El desnudo. En agosto de 2016 aparecieron, con pocos días de diferencia, las fotografías de varios de los hombres más deseados completamente desnudos. Primero fue el actor español Quim Gutiérrez, fotografiado por la revista Cuore en Formentera con su pareja Paula Willems (segunda vez que se ofrecía su desnudo integral); luego el New York Daily News sacó al actor norteamericano Orlando Bloom de vacaciones en Cerdeña junto a su novia Katy Perry, y pocos días después el mismo medio publicó unas imágenes del cantante canadiense Justin Bieber (que ya había sido inmortalizado desnudo en Bora Bora un año atrás) con su novia de aquel momento, Sahara Ray, en Hawaii.

La reacción. Como se trataba de imágenes en lugares públicos –playas– y por tanto, legales, el público pudo disfrutarlas sin un ápice de culpabilidad, y en el caso de las fotos de Bloom y Bieber acabaron constituyendo un ejemplo de la llamada cultura de las celebridades: poder seguir, analizar y debatir cada acto de los famosos casi a tiempo real gracias a la cantidad de medios que se dedican a cubrir su existencias y que, en una inesperada vuelta del destino, muchos de ellos publican en redes cada uno de sus movimientos. Las fotos de Bloom y Bieber, como ambos tenían un historial de enemistad y peleas por la misma mujer –Miranda Kerr–, se consideró una muestra muda de rivalidad reducida a su más básica y elemental expresión: un demostrar quién la tiene más grande literal. Páginas de Internet crearon encuestas para comparar ambos penes y hasta Seth Rogen dio su veredicto en televisión.

Fuente: El País Icon. Autora: Raquel Piñeiro.